Édouard Louis "Soy escritor y me han violado"

Hay escritores que, además de talento, tienen mérito y son valientes. Édouard Louis no empezó a leer libros hasta los 17años, pero a los 21 ya había publicado uno de éxito. Su último trabajo, 'Historia de una violencia', indaga sin tapujos en los límites del deseo y la violencia que él sufrió en sus carnes.

Édouard Louis tiene 25 años, es alto, rubio, atractivo y culto. Sabe hablar, viste a la moda y es uno de los escritores de éxito en un país tan exigente como Francia, donde vendió 300.000 ejemplares de su anterior libro, Para acabar con Eddie Bellegueule, que publicó con 21 años. Le gusta leer a Faulkner, Proust, Toni Morrison, Knausgaard... Es decir, no es el tipo de persona en quien las mentes con prejuicios piensan como víctima de una violación. Pero, en la Nochebuena del 2012, fue agredido sexualmente en su propia casa por otro hombre con quien acababa de mantener varias relaciones sexuales consentidas. Al ver que el chico le robaba al irse, la situación se puso tensa y todo degeneró en un estrangulamiento y posterior violación que cuenta en Historia de la violencia (Salamandra/Empúries), donde, meritoriamente, se esfuerza en comprender el porqué.

“Francia está estructurada por el pensamiento homófobo, el insulto más común en los patios de las escuelas es ‘maricón’, se crece respirando eso” 

La cita tiene lugar en una cafetería de su nuevo barrio parisino (“ya no podía vivir en la plaza de la République, en el piso donde sucedió todo”). La agresión le ha dejado secuelas, “ayer estuve en el hospital, sufrí una crisis de angustia tan grande que creyeron que era un ataque cardiaco, pero afortunadamente no fue así”. Francia tiene un problema serio con las agresiones callejeras. Poco antes de ver a Louis, el abogado Joël Deumier, líder de la asociación SOS Homofobia, explicaba a Magazine que las agresiones a gais han aumentado un 20% en el país que, en otras épocas, fue ejemplo de tolerancia y libertades y que hoy registra una media de seis agresiones diarias contra homosexuales y transexuales. El Ministerio del Interior ha ofrecido por primera vez estadísticas específicas: hubo 1.084 infracciones a la ley contra la homofobia en el 2017, y se han producido decenas de palizas en París. 

Son datos que no sorprenden a Louis. “Es el mundo en que vivimos. Hay muchos países en África donde la homosexualidad es un delito, las terapias para curarla causan furor en China, en Chechenia se han creado campos de concentración para homosexuales... y aquí en Francia no sólo nos pegan, es que ha habido manifestaciones masivas en la calle para evitar que tengamos los mismos derechos que las parejas heterosexuales, en especial el del matrimonio. Millones de franceses han salido a la calle, todos los días, para impedir que dos hombres o dos mujeres se puedan casar. Este es el inquietante contexto mundial. Ya no resulta extraño que te agredan, porque durante mucho tiempo previo se ha producido una justificación mental”.

Leyendo el libro, parece que usted siga seducido por la persona que le violó, por el modo en que habla de ella.
En realidad le odio, pero esto que cuento es una historia compleja. Un día, volviendo a casa, una persona me habla en la calle, nos caemos bien, se produce una atracción sexual muy fuerte. Yo le cuento mi vida, él me cuenta la suya, hacemos el amor varias veces... Y luego, tras ver yo que me está robando, todo se tuerce y se produce la violación. La realidad contiene esos dos elementos a la vez, la pulsión erótica y la violencia, eso es lo que quería explorar: ¿por qué pasamos de la pasión a la destrucción? Mi prioridad como escritor es comprender la situación, ver qué empuja a un cuerpo a destruir otro cuerpo, descubrir el mecanismo de la violencia.

Antes de la agresión, entre ustedes se establece una bonita relación...
Justamente lo que quería mostrar es que ambas cosas están ligadas, que todo forma parte del mismo proceso. Él es un chico gay que tiene ganas de irse a la cama con otro hombre. Lo hacen, pero en el fondo siente odio hacia su deseo, su mente tiene una estructura homófoba. Cuanto más lejos vaya en la pasión, más lejos irá en su autoodio, por eso había que mostrar la belleza previa de la sexualidad entre ellos. Francia está estructurada por el pensamiento homófobo, el insulto más común en los patios de las escuelas es maricón, se crece respirando eso. El deseo es una fuerza muy poderosa y, en una mente homófoba, produce locura. Hay una cosa de la que no se habla: varias de las personas que han cometido los últimos actos terroristas en Francia tenían un deseo homosexual, habían estado con hombres, algo que el islam no les permite. Esa no es la única explicación, por supuesto.

“Los grandes libros que han cambiado el mundo, el feminismo, el marxismo, el movimiento negro, el trans, han puesto el foco en la violencia que vivimos”

Es tan rápido el momento en que Reda se vuelve violento que da la impresión de que también hubiera podido no suceder...
No sólo nos determina el pasado, también el futuro: en el momento en que le pillo robando, él sabe que la sociedad no se lo va a perdonar, que eso se castiga. Y reaccio­na violentamente para salir de esa situación.
El mismo Louis, confiesa, robó de adolescente, “pequeñas cosas en tiendas... No quise hacer un análisis racista centrándome en el chico de origen argelino que roba, así que explico mi caso, un francés blanco del norte, y hago que lo cuente mi hermana, sin justificaciones mías”. Tras la violación, Louis se vuelve agresivo “unos días”, la víctima se convierte en verdugo, y eso “es el espejo de Reda, que es alguien que ha sido agredido toda su vida en Francia, por la policía, los empresarios, sus conciudadanos... Es el Estado francés quien ha destruido a este chico y lo ha vuelto violento, le han dicho que era una mierda y se lo ha creído. Yo denunciaría antes a la policía y al Estado que al chico. Difícil de entender ¿verdad?”. El propio autor se sintió “herido una segunda vez por el Estado, que nos utiliza, a las víctimas, para justificar su violencia, su pulsión represiva. Me sometieron a un interrogatorio absurdo, kafkiano: ‘¿Por qué dejó subir a un desconocido a su casa?’, como si no supieran cómo se liga”. Él dice que, “al igual que Simone de Beauvoir, me opongo a la vez a la violencia sexual y a la represión estatal. En nuestros sistemas, si eres violento, te aplican violencia: te agarran, te pegan, te meten en la cárcel, sabiendo que de la cárcel todos salen peor, mucho más criminales que cuando entraron, es algo irracional”.

Usted se convirtió en racista.
Me duró unos días, y era incluso físico, mi cuerpo tenía reacciones de rechazo hacia gente de la etnia del hombre que me había agredido. Lo que creo es que el mundo entero adopta esa actitud mía de entonces.

¿Le ha leído su hermana, que tiene un papel importante en el libro?
Mi familia no lee, sufre exclusión social, económica, somos de una zona con un paro del 60%, para nosotros la cultura era algo agresivo, el símbolo de la gente que estudia, que tienen el privilegio de leer, no formábamos parte de eso. Hay mucha ingenuidad sobre la literatura, que es también una violencia de clase, debemos practicarla de un modo que no agreda a la gente sino que la libere. Los libros representaban la vida que no tendríamos jamás y nos humillaba. No leí hasta los 17 años, Harry Potter fue muy importante para mí. La mayoría de los escritores procede de medios burgueses y no se dan cuenta de esto, no pueden dar por hecho que la literatura es la cara luminosa del mundo, no es verdad, hay muchos libros que no cambian nada, que hacen que el mundo siga funcionando del mismo modo.

No teme que el violador lea un día una entrevista con él y busque venganza. “Está bien denunciar a los violadores. No le excuso ni le perdono”. Cuando se le dice que, en ocasiones, su libro recuerda al húngaro Imre Kertész, superviviente de Auschwitz, por la narración fría de hechos horribles, su rostro se ilumina: “¡Kertész es inmenso! Se vale de una prosa clínica para encontrar la verdad. Es muy importante su aproximación: si comprendes la violencia del mundo, comprendes el mundo. Comprendes que la creación de cualquier comunidad supone la exclusión de otros. Los países se construyen excluyendo a gente, y Kertész narra el sufrimiento de las minorías”.

“No hay grandes escritores felices”, dice Vargas Llosa. ¿Tiene razón?
No sé. La felicidad es un estado complicado. Alguien dijo que era la melancolía en reposo. Yo no he escrito ninguna catarsis para permitirme ser feliz, no lo necesito, sé regular mi trauma sin literatura. Al igual que odio mi infancia y no me paso el día pensando en ella, ahora no me instalo en el sufrimiento. Lo pasé muy mal, pero ahora vivo el presente. Escribo para que la gente comprenda la violencia. Mi hermana, por ejemplo, no es consciente de la violencia en la que vive porque la sufre desde niña, ha crecido viendo a los hombres comportándose así con las mujeres y no se da cuenta de que está mal. Por eso hay que meter la violencia en el corazón de la literatura, no está bien hablar de cosas bonitas. Los grandes libros que han cambiado el mundo, el feminismo, el marxismo, el movimiento negro, el trans, han puesto el foco en la violencia que vivimos. Paradójicamente, cuanto más hablas de violencia, más posibilidades tienes de salir de ella.

“Mi familia no lee, sufre exclusión social, económica, en una zona con un paro del 60%, para nosotros la cultura era algo agresivo; yo empecé a leer a los 17 años”

Algo receloso, lamenta que “con otros periodistas he hablado horas de literatura y luego veo publicados artículos morbosos que sólo hablan del suceso con todos los detalles, eso me ofende hasta el llanto, porque una agresión sexual no es algo divertido, no es un show”. Su punto de vista le hace mostrar cosas que nunca solemos ver, como lo que piensa la víctima durante la violación: cómo debe gritar para no cabrear al violador, la posición más adecuada... “Represento de manera real ese hecho traumá­tico, es una cuestión de honestidad. ­Incluso hay lectores que dudan de que sea cierto, pero para mí la literatura sólo tiene sentido como instrumento para contar las cosas reales. La verdad es necesaria en un tiempo en que los estados se cimentan con ficción, por ejemplo, cuando Macron dice que no puede acoger a más inmigrantes. Eso no es verdad, lo que debería decir Macron es que no quiere hacerlo porque es racista.

¿Racista, Macron?
Los emigrantes nunca han sido tratados tan mal, se les priva de sus derechos más elementales, se les condena a la cárcel por haber emigrado. Con Macron, ha explotado la violencia policial.

Pero...
Macron es violento con las clases populares, le domina el clasismo, es un banquero que cree que quien no llega a rico es porque es vago. Para él, los pobres son perezosos, gente sin carácter que merece su suerte. Hay un vídeo en YouTube donde se le ve encarándose con unos manifestantes que le recriminan sus reformas laborales. Los obreros llevan una camiseta, le dicen que con lo que cuesta su traje podrían vivir unos meses y ¿qué les responde él? ‘¿Queréis trajes? El día que trabajéis os los podréis comprar’. Su historia es de odio hacia las clases populares. Probablemente Clinton, Hollande y Chirac ya sentían ese desprecio, pero, al menos, no lo decían en público. Con Macron y Trump es posible insultar a los pobres, llamarlos tramposos, fingidores, defraudadores. Cuando lo hace Trump todo el mundo le critica, pero como Macron usa el lenguaje de la cultura, la burguesía, la facultad de Ciencias Políticas de París, se lo aceptamos. Las reformas de Macron, recortando ayudas sociales, hacen que mucha gente se pregunte: ¿hoy voy a poder comer? O que los pobres ya no puedan ir más al dentista. Ese es Macron.