Éric Vuillard "El pueblo despierta temor"

La novela El orden del día, una original aproximación al ascenso de Hitler al poder, convirtió a Éric Vuillard, licenciado en Ciencias Políticas y Antropología, en una de las sensaciones del panorama narrativo europeo. Magazine ha paseado con él por París para conocer su no menos peculiar visión de la Revolución Francesa, que ha plasmado en la obra 14 de julio (Tusquets/Edicions 62)

En el lado sudoeste de la Place de la Bastille de París, entre una sucursal bancaria y un quiosco de prensa, diluidas por el paso de los siglos y millones de pisadas, unas piedras rectangulares dibujan un círculo en el suelo.  Aunque nadie se fija en ellas, suponen uno de los contados vestigios físicos de la Revolución Francesa. Su trazo marca el lugar donde se levantaba una de las ocho torres de 24 metros de altura que, a finales del siglo XVIII, acogían a presos. Circundaban dos patios y una armería, después de que el cardenal Richelieu mandara transformar un baluarte defensivo a las puertas de la ciudad en cárcel estatal.  

El cineasta, dramaturgo y novelista Éric Vuillard (Lyon, 1968) anima al fotógrafo a que inmortalice esas piedras y se olvide de la Colonne de Juillet que preside la plaza, erigida para conmemorar un levantamiento posterior y de muy distinta índole, la burguesa Revolución de Julio de 1830, pese a que es un error muy común entre los turistas asociar el monumento con la caída de Luis XVI en vez de con la de Carlos X. Vuillard está tan familiarizado con los pormenores del lugar 230 años atrás, señalando las disposiciones, usos y evoluciones de los edificios, los puntos de acceso y flancos más vulnerables, los recorridos de las masas sublevadas y los actos puntuales de heroísmo de unos escogidos que, en un momento dado, una anciana comete la equivocación lógica de tomarlo por un guía y se detiene a escuchar sus explicaciones sobre el fantasmagórico complejo.

Sus tan profusos y minuciosos conocimientos históricos parten del proceso de documentación de cara a la escritura de 14 de julio, una novela corta que aborda el episodio más célebre de la Revolución Francesa, la toma de la Bastilla, desde la perspectiva del pueblo llano, centrándose en los individuos anónimos que se alzaron, tomaron las armas y dieron sus vidas para acabar con un régimen opresivo y atroz.

“Me entusiasma la ironía detrás del hecho de que un complejo diseñado originariamente para frenar la entrada de la gente procedente de los arrabales y de los extranjeros cayera por la unión de esfuerzos de los parisinos, los cuales, para más inri, contaron con la ayuda determinante de individuos que se encontraban en el interior del mismo”, señala exultante un Vuillard que, contra el tópico del novelista francés distante y altivo, rebosa cercanía y gesticula para reforzar sus palabras. Sí que responde en cambio a otros clichés, como el de la elegancia en el vestir y cierta densidad intelectual en el manejo de referentes: sociólogos como Weber y Durkheim o pensadores como Voltaire o Sartre irán punteando su discurso. 

La publicación en España de 14 de julio llega poco después de que El orden del día –aparecida con posterioridad en el mercado francés– propulsara al autor a la primera fila de la narrativa europea, granjeándole el máximo galardón de las letras francesas, el Premio Goncourt en el 2017, superando aquí los 30.000 ejemplares vendidos, y asomando por las listas de mejores ficciones del año según las votaciones de los críticos de un amplio número de periódicos.

“La Revolución Francesa formuló unas verdades irreversibles, como que todos los individuos nacen libres e iguales. Las revoluciones que siguieron no han resuelto el problema de la desigualdad”


Éric Vuillard convenció con un acercamiento novelístico a la Historia que rehúye los grandes marcos, las gestas y las figuras de dominio público para apoyarse en detalles reveladores, episodios más o menos desconocidos y personajes sólo en apariencia secundarios. Si El orden del día suponía la crónica del ascenso al poder de Hitler en base a connivencias tapadas, actos mezquinos e incluso chapuzas silenciadas en los libros escolares, 14 de julio es –en un nuevo ejercicio de ingeniería inversa literaria, de lo particular a lo general– una mirada al levantamiento popular por excelencia en el que el lector se infiltra en las filas de los oprimidos, soñando, sudando y sangrando con ellos.

“Me encontré con una diferencia muy notable, o mejor dicho con un desajuste, entre los relatos y crónicas de los historiadores del siglo XIX en torno a la toma de la Bastilla y los elaborados a partir de una consulta rigurosa de los archivos modernos y de una visión sociológica de los hechos –comenta el escritor sobre los orígenes del libro–. Topé con un abismo vergonzoso entre lo que era claramente una seducción literaria y un posterior análisis escrupuloso. Detectar esta anomalía en mis conocimientos me provocó una suerte de malestar que me impulsó a profundizar en el tema y, a la postre, consagrarle una novela. Me di cuenta que en los discursos oficiales sobre aquel episodio latía una puesta en escena y se concedía protagonismo a quien no lo merecía. El resultado era un relato teatral y artificial, sospechosamente compacto y claramente ideológico. Me propuse averiguar más sobre la composición real de las masas aquel 14 de julio, así que comencé a bucear en los archivos hasta poder tirar de ciertos hilos que garantizaran una reconstrucción más fiel de los hechos, que reflejara en definitiva la historia del pueblo, es decir, una historia colectiva y fragmentada”. 

Vuillard conduce a este periodista y al fotógrafo hasta un parque en las inmediaciones de la plaza de La Bastille. Está en medio de una rotonda, desprovisto de cualquier encanto, diminuto y con cuatro columpios oxidados. En un lateral, se alza un conjunto rocoso. De forma chocante, ni una triste placa advierte que se trata de un fragmento del complejo cuyo asalto cambiaría la historia. “Debemos recordar que, pasado el susto, el poder decide arrasar de inmediato y por completo  todos los edificios que lo formaban –apunta el autor–. Borrón y cuenta nueva. No dejar rastro. Un comerciante muy avispado se agencia algunas piedrecitas y empieza a hacer negocio con ellas, a la manera de los que recolectaron trocitos del muro de Berlín con fines puramente especulativos. Ahora bien, de bloques más o menos grandes sólo se conserva el de este parque, uno incrustado en la parada de metro Bastille y un tercero en uno de los puentes que mandó construir Bonaparte. Ningún gobierno ha querido dedicarle un monumento a la Revolución Francesa en París, simple y llanamente porque el pueblo les despierta temor”.

“Sólo podemos entender el pasado desde el presente. La historia no debe dejar de releerse, de reescribirse, porque no se ha acabado”

Durante casi tres meses, París ha sido uno de los escenarios principales de las protestas de los gilets jaunes (chalecos amarillos), un movimiento transversal  y espontáneo de ciudadanos que han salido a las calles a denunciar la pérdida de poder adquisitivo de las clases medio-bajas y el empobrecimiento de los servicios públicos, entre otros puntos. Vuillard, que dice que jamás acepta invitaciones de políticos o embajadores, que tilda de “desastre” al presidente Emmanuel Macron, que agradece con sorna que “nos hayamos llevado” a Manuel Valls a competir por la alcaldía de Barcelona y que ha señalado la devaluación de los derechos fundamentales a nivel global y la lejanía de su país de los principios de libertad, igualdad y fraternidad en los que se fundó, a nivel particular, como acicates para su escritura, apunta que no puede dejar de “celebrar una movilización como no se veía desde la Comuna de París”.

 “Pensemos en la pintada ‘Los chalecos amarillos vencerán’ aparecida en el Arco del Triunfo –indica el escritor–: el último monumento de la República que fue víctima de un ataque fue la Columna Vendôme y se produjo en tiempos de Napoleón. Su aparición supone una nueva prueba de que quedan muchas cosas de la Revolución Francesa y no sólo en Francia. Además de unos efectos inmediatos, tuvo otros de carácter universal que llegan hasta hoy. Un joven se inmola en Túnez y la sociedad se subleva. Aquí intentan imponer una tasa al carburante y ocurre lo mismo. La Revolución Francesa formuló una serie de verdades irreversibles, como que todos los individuos nacen libres e iguales, y en consecuencia abrió una secuencia histórica que aún no se ha cerrado. Aunque sin duda se han hecho progresos, las revoluciones que siguieron no han resuelto el problema de las desigualdades, al contrario, han ido creciendo en los últimos 40 años”.


“Durante el Antiguo Régimen –continúa–, la aristocracia suponía un 10% de la sociedad, y hoy la oligarquía que concentra el dinero y el poder es más reducida, tenemos a 42 personas acumulando más fortuna que 3.700 millones de personas. Por eso los chalecos amarillos me recordaban que, al escribir sobre el 14 de julio, lo estaba haciendo sobre una historia abierta, en marcha. En su insurrección hemos visto formas de solidaridad y discursos articulados, gente con proyectos detrás. Yo quiero enraizar mi literatura en este marco, comprometerla con la realidad como hicieron Víctor Hugo o Balzac. Contra lo que se suele pensar, no es el pasado lo que nos permite leer el presente, sino lo opuesto, siempre escribimos a partir del presente, sólo podemos entender el pasado desde el presente. La Historia no debe dejar de releerse, de reescribirse, porque no se ha acabado”.

Éric Vuillard destaca la importancia que el hecho de montar él mismo sus películas –no estrenadas comercialmente en España– ha tenido a la hora de buscar un relato fragmentario en sus novelas históricas, una estructura que asegura que es el único elemento subjetivo en sus páginas. Pues bien, podría decirse que esta entrevista también ha sufrido de un ensamblaje caprichoso. El encuentro con el escritor arrancó en las oficinas de su editorial francesa, Actes Sud, en el número 18 de la rue Séguier. Una sala de reuniones de techos altos y amplios ventanales, utilizada por el personal de la empresa durante la pausa para el almuerzo. Lo primero que sorprendió al periodista fue el castellano más que digno del autor, fruto de una estancia de año y medio en Latinoamérica. “Llevaba unos años viviendo en París sin gozar de muchas oportunidades y de golpe se me presentó la oportunidad de marcharme. Para el tipo de prosa poética que entonces practicaba no requería de casa, ni de despacho ni de biblioteca, podía ejercerla en condiciones muy precarias y sin dejar de viajar. Mi libro Conquistadores nació en Perú, de la lectura de las cartas que Hernán Cortés le dedicó al país, donde me pasé seis meses montando a caballo y viviendo en una hacienda”, explica.

Ha transcurrido casi una década desde la publicación de aquella obra y hoy su responsable ya no es un medio secreto que circula entre minorías más o menos exquisitas del ámbito estrictamente local, sino alguien que, en el trayecto en taxi hasta la plaza de La Bastille, recibe de su agente un correo electrónico con elogiosas reseñas de medios anglosajones e invitaciones a presentaciones por media Europa.

 

El escritor se mudó a Rennes por necesidades laborales de su mujer. “No soy rentista, vivo de lo que escribo, y estar en París me llevaría a escribir otro tipo de libros”, asegura

Preguntado por el modo en que el Premio Goncourt le cambió la vida, Vuillard empieza por disertar sobre el género del folletín, Dickens, Marx, Saint-Simon, Chateaubriand, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución Francesa y el sentido de la literatura moderna, hasta concluir con que ha supuesto una locura de aviones. Al final de esta cita, que se alargará durante cuatro horas, el escritor cogerá un tren con destino a Rennes, adonde se mudó por necesidades laborales de su esposa y asegura ser feliz. “Residir en provincias no es peculiar para los de mi gremio, en los últimos 20 años hemos sido muchos los que hemos abandonado París. El metro cuadrado en el barrio en el que nos encontramos se cotiza a 20.000 euros. No soy rentista, vivo de lo que escribo, y estar en París me llevaría a escribir otro tipo de libros. Rennes me permite trabajar con tranquilidad, a mi ritmo, rodeado de gente normal y no de joyerías ni tiendas de ropa cara”, señala. 

En el transcurso de la entrevista en la sala de Actes Sud –con Vuillard tomando notas antes de responder a cada cuestión– el fotógrafo ha tenido tiempo de imaginar una fotografía perfecta donde la combinación de tres elementos resulte en la plasmación cromática de la bandera de Francia. Éric Vuillard se niega educadamente a posar con ellos aduciendo que, igual que ni la columna de la plaza de La Bastille ni el cuadro de La libertad guiando al pueblo de Delacroix simbolizan la Revolución Francesa, el blanco, el azul y el rojo no son los colores de la misma, sólo este último, el propio del gorro frigio de los protagonistas de su novela. El rigor, los detalles.