Fernando Aramburu ''España parece un vecindario mal avenido"

El escritor vasco Fernando Aramburu señala la edad, el apego a las rutinas, la distancia física y un carácter poco ambicioso como claves que lo han mantenido con los pies en el suelo tras el terremoto ocasionado con su novela Patria. Ahora que publica nuevo libro, Autorretrato sin mí (Tusquets), Magazine le ha visitado en su refugio de Hannover, aprovechando un hueco en su apretada agenda.

En un barrio noble de Hannover vive un escritor vasco felizmente abrumado. Este hombre, Fernando Aramburu, que lleva muy mal que lo arranquen de su mesa de trabajo y que de no verse obligado a pasear a su perra minimizaría todo lo posible su contacto con el mundo exterior, recibe entre dos y tres peticiones y/o invitaciones diarias y realiza entre cuatro y cinco viajes al mes. De forma inminente le aguarda un tour por Argentina y Nicaragua; a corto plazo, nueve presentaciones en Alemania y dos en Suiza, y más tarde visitará Polonia, Italia y Portugal –hay más destinos en el horizonte, afirma, pero debería consultar una agenda tan apretada que Francia se ha quedado sin hueco por falta de reflejos–. Prácticamente ha descartado ponerse a escribir un nuevo libro este 2018.

Si cualquier autor literario en España puede sentirse muy afortunado en caso de vender 10.000 ejemplares, Aramburu (San Sebastián, 1959) lleva superado el medio millón con Patria, su poliédrico acercamiento novelístico al conflicto vasco, que ha trascendido a fenómeno social, recolectado premios, generado las controversias y va camino de servir de base a la primera serie televisiva producida por HBO España.
El escritor recibe con café y pastas al periodista y al fotógrafo en el piso de Hannover en el que lleva residiendo desde el 2016 con su mujer, profesora de instituto que arrastró a su futuro marido a su ciudad natal hace 35 años. Pasaron de vivir en la periferia a mudarse al centro y compartir barrio con el excanciller alemán Gerhard Schröder. La vivienda es espaciosa, ordenada, diáfana y austera. El silencio que la rodea es tal que se diría protegida por una membrana. Afuera llueve ligeramente, y el cielo enlutado intimida.

Como es preceptivo entre desconocidos, se rompe el hielo hablando del tiempo. “Aquí por lo general hace un frío que pela –comenta Aramburu–. ¿Adónde vas a ir? El clima invita al recogimiento y te vuelve laborioso. Por suerte, soy hogareño en extremo. El problema de verdad es la falta de luz. De noviembre a marzo no se ven los contornos de las nubes, el cielo es una mancha uniforme. Me he fijado en que una forma de compensarlo que tiene la gente de aquí es comprarse coches de colores, no acostumbras a ver blancos y negros como en España. Pero todo esto no me entristece. No somatizo ni despotrico contra la lluvia. La literatura es mi refugio. Cojo un libro y soy feliz”. 

Es un hombre hogareño y de horarios muy pautados. “La literatura es mi refugio. Cojo un libro y soy feliz”, dice

“El contacto con el alemán ha tenido una injerencia muy positiva en mi prosa. Sólo cabe reírme cuando 
me buscan antecedentes en 
el siglo de oro”


El despacho del anfitrión está en perfecto estado de revista, ni un libro fuera de sitio, los galardones alineados con rigurosidad castrense. Las persianas a media asta porque así es como le gusta teclear en el ordenador. Comparte sus rutinas y metodología de trabajo. Asoma una persona disciplinada y metódica –“herencia materna; mi padre tenía muchas virtudes, pero el esmero no era una de ellas, de él he sacado su espíritu tolerante y liberal, mis hijas podrían dar fe”, dice–, fiel a unos horarios –levantarse a las 7 h, trabajar hasta las 18 h pues “más allá se me apaga el cerebro”, leer de 19.30 a 23.30–, que se impone objetivos y plazos que, de cumplirse, generan recompensas –“15 minutos de música o de Facebook, por ejemplo, porque de lo contrario me pasaría jugueteando todo el día”–.

Entre los rituales más insoslayables se cuenta la ingestión de una manzana (sustituible en ocasiones por un vaso de agua con zumo de limón y bicarbonato) antes de abordar la jornada laboral, en busca de “su efecto euforizante”. “Me libra de la modorra durante unos 45 minutos y con frecuencia da ideas útiles para mis libros”, indica.

En un recorrido por su biblioteca insiste en obsequiar al periodista con un ejemplar de El brezal de Brand de Arno ­Schmidt, cuya traducción en el 2006 para el sello Laetoli asegura que cambió radicalmente su estilo. “Me abrió infinidad de ventanas. Desde entonces disfruto enredando el mecanismo dentro de la comprensibilidad. Eso sí, me tengo prohibidas las metáforas y las comparaciones. El contacto con el alemán, que no conocía cuando vine aquí y cuyo aprendizaje me causó no poca psicosis, acabó teniendo una injerencia muy positiva en mi prosa. Sólo cabe reírme cuando me buscan antecedentes en el siglo de oro”, explica.

Aramburu siempre ha profesado afecto por las plantas, sentimiento que está convencido de que perciben y agradecen. En su anterior domicilio cultivaba amapolas, cuidaba de un manzano al que consideraba un hijo y tenía un boj. Hoy sólo conserva un cactus al que ha bautizado Mendizábal. “Me encanta que no pida nada, que sea todo cerebro, recogimiento y meditación. También que despliegue esas espinas para que lo dejen en paz y que posea una vida interior riquísima”.

Y, sin salir del campo de los afectos, de San Sebastián asegura que únicamente echa de menos el mar, al que califica de “gran madre”, pues nació a 500 metros y ha establecido con él varios rituales cada vez que regresa a casa. “En Alemania también tienen mar, pero está mal hecho; se retira diez kilómetros con la bajamar, no hace olas ni cuenta con rocas… Contemplar el mar me vincula muy poderosamente con la especie humana; si le quitas los barcos, tienes enfrente lo mismo que vieron tus antecesores hace miles de años”, reflexiona. 
Si al abandonar sus raíces Aramburu se lleva en el corazón una constante que compartimos con los primeros moradores del planeta, en su maleta nunca faltan las aceitunas, los pimientos, la horchata y la sidra. 

Adiós al anonimato
De camino a la estación central de trenes, donde el escritor, acompañado por su perra, va casi a diario a aprovisionarse de prensa española y alemana, y en cuyos aledaños suele ocuparse de recados varios, Fernando Aramburu rezuma pulcritud (ropa conjuntada, barba muy cuidada, gafas con montura al aire...) y en su aspecto se combinan detalles formales (gorra) y juveniles (zapatillas deportivas). Persiste una fina llovizna, y quien abre camino asume su plena responsabilidad: “Traigo conmigo la lluvia allá donde voy, está comprobado. Ha ocurrido en Lanzarote, en Córdoba, en Italia un verano…”.

“Vivir en Alemania me concede otra perspectiva. No saben cuánto se equivocan los que afirman que el alejamiento físico me invalida para escribir sobre el País Vasco”

 

Un trayecto de unos 15 minutos sirve para que el autor ejerza de guía de su ciudad de adopción, que fue destruida en un 90% por los bombardeos aliados durante la Segunda Guerra Mundial y que, en su opinión, a imagen del resto del país, hace un uso ejemplar de la memoria histórica –por ejemplo, hay visitas de escolares al cercano campo de concentración de Bergen-Belsen, donde murió Anna Frank–. Lástima, de todas maneras, que la ciudad sea tan horrenda. “Es víctima de burlas entre los alemanes. Para empezar, se ubica en una región plana y poco habitada. No hay edificios históricos en pie; genera pocas noticias a escala nacional; incluso su equipo de fútbol va subiendo y bajando de categoría. Uno sólo recala en ella para visitar a alguien o impelido por una tarea. Dicho esto, se vive muy bien, hay mucha tranquilidad social, los servicios funcionan a la perfección, la oferta cultural es rica y se habla un alemán muy puro, de aquí que me guste llamarla ‘la Valladolid de Alemania’”, cuenta. 

La paradoja es que sin Hannover no habría existido Patria, o por lo menos tal y como fue concebida y desarrollada. Si Aramburu no se hubiera afincado en una urbe desabrida, no estaría ahora conociendo mundo a toque de pito. Sin el recogimiento y sin la distancia crítica, su novela superventas muy probablemente habría sido imposible de escribir. “Vivir en Alemania me concede otra perspectiva. No saben cuánto se equivocan los que afirman que el alejamiento físico me invalida para escribir sobre el País Vasco. Soy como un ajedrecista que puede ver la partida completa desde fuera del tablero. Quizá la posición más ventajosa para describir la batalla sea observarla desde lo alto de la colina”. 

¿Y cómo se percibe España desde la atalaya de un general de los ejércitos? “Lo primero es tener en cuenta que su presencia en el mundo es bastante reducida –dice–. Aquí aparece en los noticiarios de uvas a peras, y tengo la impresión de que la cultura española ha experimentado una pérdida de vitalidad en los últimos años. A título personal, me sorprende la preponderancia que se le da a los temas locales y, a escala global, que parece antes un vecindario mal avenido que un país”.

La gentileza que ha mostrado Aramburu desde el primer instante culmina en su insistencia en comprarle al periodista el billete de tren al aeropuerto, recordarle tres veces que lo valide so riesgo de multa mayúscula y acompañarlo hasta la vía pertinente. En el exterior de la estación se halla el meollo comercial de Hannover, y a un paso, la librería predilecta del escritor, Hugendubel, un monstruo de varias plantas, pero de interiores muy acogedores. Entre las novedades destacadas que se exponen a pie de calle está la traducción alemana de Patria. Como ha ocurrido con muchos otros idiomas, se ha conservado el título en castellano dadas las “connotaciones tóxicas del término”, según su autor, que sube a la segunda planta, donde se encuentra la sección de biografías, el género al que dedica más horas de lectura.

“Tengo la impresión de que la cultura española ha experimentado una pérdida de vitalidad en los últimos años”

“No me considero antinacionalista 
en el sentido de que no dedico energía mental a una actividad pública contra el nacionalismo”


Sin embargo, antes de desembocar en él se produce un hecho que es representativo del momento excepcional que atraviesa Aramburu y que paradójicamente le infunde pavor: una representante del departamento de relaciones públicas de la librería le ha reconocido y se le acerca, toda sonrisas. “Me ha pedido si puedo venir próximamente a firmar ejemplares –comenta algo indispuesto minutos después–. Es terrible. Se me acaba el anonimato, una de las cosas que más apreciaba de esta ciudad”.

Por fortuna, tanto revuelo le ha sorprendido a una edad en la que, asegura, “uno ya ha criado piel gorda, la vida le ha dado sus palos y por tanto no se deja obnubilar”. “Patria –continúa–fue escrita con idéntico esmero e intensidad que mis anteriores libros. No puedo permitir que algo que no es estrictamente literario, como el éxito, y que además no es el espacio natural de un escritor, interfiera negativamente en mi trabajo. Por otro lado, no presto atención a las envidias, son poco productivas y uno no saca nada con ellas. Intento evitar todo aquello que vierta sombra sobre mi vida privada. Y no pierdo de vista mis años de estrecheces económicas, aquellos en los que el periodismo me mantuvo a flote. Ahora, como entonces, estoy libre de ambiciones y codicia. Ni siquiera tengo coche. Ni siquiera llevo las cuentas en casa. Jamás se me ocurriría comprar acciones, pongamos por caso, sólo me interesa la literatura. Y, ojo, que tampoco soy millonario. Digamos que disfruto del lujo de pagar las facturas sin angustias”.

La serenidad ante todo
Hannover conserva pocas cafeterías antiguas, pero, si hay una que puede considerarse una institución, esa es la Holländische Kakao-Stube. Reconstruida en los años cuarenta, elegante y refinada, es célebre por su repostería, aunque quizás algún día se la destaque también por invitar a Fernando Aramburu a tomar notas en sus suntuosos salones. Aquí, el premio Nacional de Narrativa se pone a hablar de temas serios: “Si uno acerca la lupa a las personas que profesan el nacionalismo se dará cuenta de que hay intensidades diversas”, apunta. “Cierto grado de nacionalismo –prosigue– está en los genes del ser humano, no me refiero a la política sino a una identificación con el espacio de los afectos; yo mismo me alegro si gana la Real Sociedad o me emociono bebiendo en Alemania un vaso de sidra de Astigarraga. No soy inmune a ciertos atractivos de mi tierra natal.

Ahora bien, tengo unos límites puramente humanísticos en todo esto, jamás lo dirigiría contra otros, no lo convertiría en una bandera, no lo presentaría como una misión colectiva ni lo utilizaría como recurso para expulsar de la comunidad a aquellos que no encajan, que discrepan, que tienen otro color de piel o hablan otro idioma. No me considero antinacionalista en el sentido de que no dedico energía mental a una actividad pública contra el nacionalismo, nunca he formado parte de una asociación política porque entra en contradicción con lo que más me gusta, que es el ejercicio público de la imaginación. Respeto las tradiciones, no tengo nada contra los bailes folklóricos, pero son espacios muy estrechos para mí, siempre he querido aprender el idioma del otro, no formar unciones a partir de unos rasgos identitarios”.

“Escribir sobre las víctimas del terrorismo ha partido de la compasión. Quien detecte esto en mí es que me ha comprendido”


La parada final es el Sprengel, el museo de arte moderno de la ciudad, ubicado junto al Masch-see, un lago artificial levantado por mano obrera nazi en los años treinta y que conserva un vertiginoso monumento de la época. Aramburu lo frecuenta poco hoy en día, pero le tiene cariño porque en el pasado traía con regularidad a sus hijas. Una vez franqueadas sus puertas, el vestíbulo de la pinacoteca se convierte en un espacio de confesión, espejo pues de los textos cortos e intimistas que reúne su último libro, Autorretrato sin mí, donde el autor explora en su interior y rememora gozos y cicatrices. 

Por sus páginas asoma, por ejemplo, el niño de familia humilde que no quiso seguir los pasos de su padre en una fábrica e intuyó que la escapatoria está en manejarse bien con las palabras, o el joven rebelde que alejó de sí la tentación de la violencia abrazando el credo de Albert Camus según el cual uno ha de aportar algo positivo durante su paso por este mundo. Cuando a Fernando Aramburu se le interroga sobre si la reiteración del concepto de “serenidad” en la obra responde a una suerte de escudo que se pone ante el talante taciturno o melancólico que se le intuye en sus páginas, el cactus Mendizábal que lleva dentro baja la guardia. 

“Me da mucho miedo la tristeza –explica el escritor–. La tristeza no me da tristeza, me da miedo. Le tengo más miedo que al miedo. A que se coloque en el centro de mi ser y no poder controlarla ni intervenir sobre ella. Cuando la noto se me disparan las alarmas y desarrollo toda clase de recursos para que no penetre. Quizá me viene de mi madre, que se enfada y se endurece cuando está cerca de una tragedia. Digamos que soy frágil por fuera, pero por dentro necesito tener una fortaleza básica, sin la que no puedo estar ni trabajar. He escrito sobre víctimas del terrorismo porque desata en mí una enorme pena, una tristeza que me la saco de encima y que la canalizo a través de la literatura. Escribir sobre ellas ha partido de la compasión. Quien detecte esto en mí es que me ha comprendido”.

“Por otro lado, la serenidad –agrega–, que entiendo sinónimo de estoicismo, supone uno de mis mayores motivos de orgullo. Me ha costado muchos reveses vitales y muchos libros alcanzarla. Entiendo que es un estado gris, poco propicio a la aventura o al riesgo, pero me causa un gran placer todo lo que me da tranquilidad. Por ejemplo, ahora me ha dado por los sudokus, me entretienen, pero además me ralentizan el ritmo cardiaco. Mis últimas cartas en la vida van a consistir en huir de todo aquello que me provoque tristeza y conservar la serenidad. Soy de los que acuden al aeropuerto dos horas antes de que salga mi vuelo”.