Najwa Nimri "Yo quemaría todas las banderas"

Irrumpió en el cine, a los 19 años, sin saber si quería ser actriz. Ganó dos Goya como musa de Julio Medem y envuelta en un aire de mujer misteriosa. Tras unos años volcada en la música, Najwa Nimri (Pamplona, 1972) vuelve a convencer, con la televisiva Vis a vis y dos filmes: El árbol de la sangre y Quién te cantará.

A Najwa Nimri le encanta jugar a parecer. Más áspera de lo que es. Más insólita de lo que se siente. Incluso físicamente es más liviana de lo que aparenta en pantalla y más angulosa; el rostro es pura geometría. Su voz es como un latigazo, pero la mirada no es tan provocadora como se espera.

Lo que revela es curiosidad. Nacida en Pamplona, hace 46 años, iniciada en el cine por el que fuera su marido, el director Daniel Calparsoro, fue Julio Medem quien la convirtió en imprescindible. Ganó sus dos Goya al interpretar dos películas suyas: Los amantes del círculo polar y Lucía y el sexo, y tiene otros dos en apartados musicales.

Le debe a la televisión su vuelta al foco tras unos años oscuros, en los que se dedicó a cantar y componer. Viviendo aún el impacto de la tenebrosa Zulema, su personaje en la serie Vis a vis, dos películas marcan su actualidad: El árbol de la sangre, de Medem, y Quién te cantará, a las órdenes de Carlos Vermut (Magical Girl), en la que encarna a una estrella de la música que pierde los recuerdos. Es un pretexto para reflexionar sobre la identidad que le ha servido para rebuscar en una personalidad escurridiza incluso para ella misma. “Yo, a los 19, ya trabajando en cine, no sabía si quería ser actriz”.

¿Entonces, cómo empezó todo?

Tuve un novio director que me apuntó en una escuela de interpretación sin decirme nada, cuando yo trabajaba en una pizzería, porque veía algo en mí. Yo venía de una familia de médicos, muy artistas a su modo, pero nada que ver con este mundo. Lo que me interesaba era la música, pero como siempre he estado muy sobrada de energía hacía deportes de riesgo, como skate y surf. A los 19 me casé con él, con Calparsoro, hicimos Salto al vacío, que rompió esquemas, y, de pronto, me vi irrumpiendo en este circo, con una atención desmesurada y sin saber qué hacer.

¿Y cómo gestionó ese “salto al vacío”?

Fatal. Me pinté los ojos de negro y me acurruqué en el silencio. Me cerré en banda. Tuve un encuentro con Almodóvar y me dijo unas cosas alucinantes; de hecho, produjo Pasajes, la segunda película que rodamos Daniel y yo. Siempre he creído que me relaciono con las cosas con cierta sencillez aunque no soy muy social, pero en aquel momento no fue así. Para nada comparado con cómo lo gestionan las chicas de ahora.

¿Ha aprendido?

Me he hecho mayor. Ahora sé que todo ese barullo que rodea mi profesión es parte del trabajo. De todos modos soy muy de útero: de trabajar en el estudio o el plató, donde se cuecen las cosas y puedo crear, más que de ofrecer conciertos o hacer espectáculos frente al público. Hay gente a la que le gusta la exposición y para la que lo importante es el aplauso. Sufren más cuando este falta que alguien como yo. Yo he sido una persona con una enorme suerte, que casi es lo más importante.

¿Más que el talento?

Sí. Ahora soy consciente de ello. Sé que hay gente con mucho que jamás saldrá a la luz. Pero no creo en el merecer. En esa cosa de que al que le va mal, por algo será. Esto que voy a decir es demencial en el mundo actual, pero yo he tenido el privilegio de vivir sin mirar la cuenta corriente porque siempre había dinero en ella. Cuando dejó de ser así, me sentí medio tonta. El mejor consejo que me deberían haber dado de joven es que aprendiera a ahorrar.

 

¿Qué conserva de la joven que se afeitó el pelo con la forma de la palabra “vacío” en la nuca?

Eso fue cuando se estrenó esta película de la que hablábamos. Pues de aquella a la Zulema de Vis a vis –hay señoras que se apartan cuando me ven pasar–, hay muchos años y no tantas diferencias. Así empezamos y así seguimos. Y ahora Carlos Vermut ha hecho que me reencuentre con aquello que fue mi pasión. Yo me desenamoré del cine y supongo que el cine también se desenamoró de mí.

¿Echa de menos aquella edad de oro en la que se desarrollaron esos cineastas que mencionaba y Álex de la Iglesia o Bajo Ulloa, por ejemplo?

Todos vascos, por cierto. Hicimos algo importante; logramos que los jóvenes volvieran a ver cine hecho aquí, junto a Armendáriz o Uribe. Salto al vacío, que costó nueve millones de pesetas, estuvo en cartelera más de un año. En el cine de al lado hacían cola para ver Historias del Kronen. Si comparabas a los chavales de una y otra cola, daba para una tesis sociológica. Sólo tenían en común que eran jóvenes. Acción mutante la lió parda… Claro que lo echo de menos.

Pero llegó la televisión…

Gran parte de la energía que antes estaba en el cine se ha trasladado ahí. Donde trabajan Álex Pina o Jesús Rodrigo, que me dirigió en Vis a vis y es la persona con la que más me he reído del planeta y siempre sabe lo que se trae entre manos… Pero ahora he hecho dos películas. El cine no ha muerto para mí.

En Quién te cantará interpreta a una diva de la música que no se recuerda a sí misma…

Tengo que aparentar que estoy vacía por lo de la amnesia. Espero que el espectador se dé cuenta de lo que cuesta hacer que no eres nada. Es una reflexión muy lúcida sobre la identidad. La gran pregunta sigue siendo quiénes somos.

¿Ha tenido algún fan tan extasiado por usted como la que aparece en la película?

Sí, pero no soy un ejemplo de nada ni para nadie. Esa fijación que tienen algunas personas con actores y músicos la acepto desde la lejanía. No me lo tomo en serio, y si sube el champán, voy para arriba, y si baja, bajo con él. Porque entre tanto, las plantas crecen, voy al baño, y llega el invierno y me constipo. Desde que tuve a mi hijo es más fácil relativizarlo todo; preocuparte del “caca-culo-pedo-pis” es muy potente.

¿Cómo observa asuntos de los que tanto se habla hoy como el empoderamiento femenino?

Lo que pienso sobre eso y sobre muchas cosas más lo expreso a través de mis personajes y de mis canciones. Tengo mi opinión como persona, pero no soy un político y no tengo un discurso elaborado. Ni sobre esto ni sobre la guerra de Irak o sobre los terroristas vascos, y mira que me frieron a preguntas en su momento. No creo más que en la acción y en que a la gente que más se mueve nunca se la ve. Yo soy un payaso; una ­intérprete.

Que no representa a la “señora de…” o a “la novia de”…

Creo que acabaremos con eso. Pero hay que echarle convicción y ser igual de atractivas que los hombres al representar el poder ante la cámara. Al preparar la Zulema de Vis a vis nunca pensé en su género, sólo en lo potente que era. No me quise desnudar porque no se me viera femenina y por tanto, según el cliché, vulnerable. No era conveniente para este personaje, pero lo puede ser para otros.

¿Cómo enfrenta el paso del tiempo, siendo actriz y mujer?

Lo bueno de haber sido siempre la femme fatale y nunca la tía buena es que todo es más fácil. Soy rubia natural, pero siempre he hecho de morena. Tengo alma de morena. Si tu energía sólo está centrada en tu físico, el paso del tiempo te hunde. No es mi caso. Estoy en un momento estupendo, con casi 50. Envuelta en proyectos o inventándomelos yo. En lo único en que noto que me hago mayor es en que cuento los amigos que tengo. Doy mucho valor a la amistad. Mis grandes disgustos han sido las decepciones en ese sentido.

Ya ha dejado claro que se guarda sus opiniones, pero: ¿qué le preocupa de este mundo?

Por distintos motivos he tenido la posibilidad de viajar y filtrar lo que he visto. Mi padre es jordano. Cuando salió del país para estudiar aquí, ya había muchos refugiados sirios que llegaban allí en condiciones desoladoras. He estado en Israel. He visto lo que pasa. En cuanto pisas África te das cuenta de que vivimos en Disneylandia, preocupados por que al perrito no le falte de nada e inseminándonos para traer más criaturas al mundo mientras otros niños mueren de inanición. Hay temas con los que no me permito ser frívola. Hay gente que siente la necesidad de expresar todo lo que piensa y andar todo el día sacando banderas. Yo las quemaría todas.  

¿Qué tal convive con lo que se piensa de usted? ¿Se reconoce en adjetivos como rara, misteriosa o carismática…?  

No sé si soy carismática. La mayoría de los artistas tienen algo: duende, ángel, magnetismo, y luego están los grandes trabajadores que suplen eso a base de esfuerzo. Sigo siendo la rara por más que yo me encuentre muy normal. La madre de mi exmarido decía de mí que o era muy natural o muy buena actriz. Me estaba dando un zasca en toda regla, muy elegantemente. Vivo en un valle rodeada de árboles y de agua dulce. Paseo por el bosque y miro las vacas. Me encanta el mar. La naturaleza me coloca. Estamos muy desconectados de lo natural.

Entonces, ¿la intensidad de sus personajes domina su imagen pública? 

Y no soy nada intensa. En el día a día no salgo por la noche a chuzarme para hablar de cosas que son un coñazo. Soy solitaria y la gran mayoría de las relaciones sociales me parecen intensísimas. Sí creo que mis personajes tienen una energía diferente; que, con la voz, acaban envueltos en cierto misterio.

Ahora se reencuentra con Medem en El árbol de la sangre. ¿Qué papel le ha tocado?

Una esquizofrénica. Si es que… Yo quiero llevar pistola en un filme, hacer una comedia negra o una histórica, para borrarme completamente en un personaje que ya existió. En realidad, queda tanto por hacer…