Pedro Almodóvar: "Envejecer me resulta durísimo"

Al filo de cumplir los 70, Pedro Almodóvar vuelca destellos de su vida en su película número 21, 'Dolor y gloria', mientras reflexiona sobre la vejez, la soledad y el futuro: “Intentaré seguir haciendo películas, pero no sé si voy a hacer otra”, confiesa.

Resulta difícil de imaginar que un adjetivo como sereno podría cuadrarle a alguien como él. Y, sin embargo, el que fuera rey de la modernidad, abanderado de la incorrección, cineasta de lengua incontenible y humor apabullante del que aún se recuerdan aquellas ruedas de prensa multitudinarias con los periodistas a carcajada limpia –e incluso entregado transformista en sus actuaciones junto a McNamara, que han quedado como el paradigma de lo divertida que fue, siglos atrás, la noche madrileña–, transmite tranquilidad desde su despacho situado al lado de la madrileña plaza de las Ventas, donde recibe a Magazine.

El despacho está lleno de premios de todas las nacionalidades que llevan su nombre al dorso, libros de películas, carteles de sus trabajos, fotografías con los grandes nombres del cine mundial. Y en el centro de ese universo propio, parapetado tras una amplia mesa, está él. Almodóvar. Al filo de los 70, que cumplirá el próximo septiembre. Con el pelo cano apuntando al cielo quizá como un último signo de rebeldía. Con ojos tristes de los que han visto mucho y no todo bueno. Casi cuarenta años después del estreno de Pepi, Luci y Bom y con 21 filmes a sus espaldas, el más icónico de los directores españoles decide mostrar, en su nuevo trabajo, Dolor y gloria, cuánto hay de lo uno y de lo otro en su vida actual, lastrada por sus problemas de salud. Y también cuánto ha habido en algunos momentos clave de su viaje: la infancia junto a su madre o la primera vez que descubrió su sexualidad, entre ellos.  Nunca pareció tan honesto, aunque, subraya, “es realidad pasada por el filtro de la ficción”. Por cierto, lo de la serenidad no era para tanto. Sólo estaba calentando.      

Se le había quedado mucho en el tintero. Quién lo diría.

En este proceso que une mi vida a las películas que he hecho, he ido contando algo aquí, algo allá a lo largo de todo este tiempo. Ahora soy más consciente de lo que hago; no soy tan joven y tan alocado y el vértigo es mucho mayor. Tengo mucho que ver con ese hombre sombrío que interpreta Antonio Banderas al que las cosas físicamente le van mal –con lo cual mentalmente está fatal también–, y que se acaba deprimiendo hasta que un guiño del destino –la aparición de una acuarela que se perdió y en la que alguien lo dibujó de niño– le impulsa a salir de su mal momento y volver a ponerse ante la máquina de escribir.

Habría un detonante para este ejercicio de desnudez en la realidad…  

Pues empezó siendo comodidad y mire dónde hemos acabado. Estaba escribiendo un guion en el que me atasqué  y decidí que no quería hacer nada que me obligara a documentarme. Y yo, sobre mí mismo, ese proceso no lo tengo que hacer. Quería algo más íntimo, que dependiera de mí y de mi imaginación y paciencia, y que toda la información que necesitaba estuviera cerca. Eso no significa que yo haya experimentado todo lo que aparece en la película. No he vivido en una cueva ni he tomado heroína jamás en la vida, pero podría haber ocurrido. Todo podía haber sido o se parece a lo que fue.

¿Es consciente de que novelamos los recuerdos?

Totalmente. Se está estudiando ahora. La memoria no es del todo fiable y fabrica recuerdos o los adorna para que nos gusten más. Pero mirar para atrás tiene algo sanador, y consigues entender por fin aquello que ocurrió  y que, a menudo, actuaste sin comprender lo que pasaba,  por lo que lo hiciste fatal. Lo que sí tengo claro es la profunda inutilidad del rencor.

Al escribir sus recuerdos se entiende que no, pero ¿qué ocurrió a la hora de rodarlos? ¿Sintió pudor?

Lo siento ahora cuando la película se va a enfrentar con ese monstruo sin rostro que es el público, que me aterroriza. Pero en el momento de escribir o rodar yo no tengo sensación de que alguien me esté mirando, de que eso después significa que estaré desnudo ante todo el mundo. Si fuera consciente de lo que me implico en algo, no lo haría con libertad.

Tiene detrás ahora mismo una foto colgada en la pared de Billy Wilder, un gran creador que siempre se quejó de que la industria lo jubiló antes de tiempo…

Cuando yo le conocí tenía cerca de 90 años y de cabeza estaba  impresionante. Me dijo algo interesante: que no hacía cine porque “ya no conozco a la gente joven”. Adonde quiero llegar es a que uno no es siempre consciente de cuándo ha perdido la conexión; de cuándo se ha quedado antiguo. Igual ya me ha llegado, pero me empeño en continuar y si, como les ha ocurrido a tantos antes que a mí, la propia industria me excluye, intentaré seguir haciendo películas pequeñas. Aunque me aterra pensarlo, no sé si voy a poder hacer otra película; no parece que las circunstancias ayuden. Pero la necesidad de contar historias sigue intacta desde que la descubrí siendo niño. Era y es mi vocación y es más fuerte que cualquier otra cosa. Discutí con mi familia –la única vez que tuve un encontronazo con mi madre–, y me fui sin siquiera ser mayor de edad abandonando un puesto en un banco para toda la vida.  Llegué a Madrid para matricularme en la escuela de cine donde estudió Pilar Miró o Jaime Chávarri y Franco la acababa de cerrar. Así que me busqué un  trabajo, me compre una cámara de súper-8 y me eché a la calle a sentirme director de cine.


¿Siente que a ese joven lo ha traicionado el cuerpo? ¿Cuando las pastillas para mitigar los males entran por la puerta, el humor se va por la ventana?

Divertida forma de verlo. Hombre, hay una parte del humor que siempre permanece, pero sí es cierto que en el momento en que empiezan a aparecer dolencias y que visitas más a los médicos que a los amigos y todo lo que te recomiendan tiene más que ver con la salud que con la emoción o la diversión, el humor va desapareciendo. A mi pesar, mi vida es mucho menos divertida que hace treinta años, desde luego. Y yo mismo también la digiero de un modo menos  agradable, con más pesadez.

¿Ha llegado a ese punto en que cosas que se hacían sin darse cuenta ahora cuestan un montón?

Con lo que conlleva de nervios y de angustia. El sentimiento de pérdida no se produce sólo cuando alguien se va. Ver que se te escapan las capacidades… Yo me imagino a la gente que ha sido bellísima y de pronto un día se miran al espejo y eso que daban por descontado ha desaparecido. A partir de los sesenta ese sentimiento de pérdida te acompaña permanentemente; y se me hace muy duro. A mí envejecer me está resultando durísimo. Por mucho que lo entienda y que vea que forma parte de nuestra naturaleza.  Hace mucho tiempo que me retiré de la noche, y no es que lo que me apetezca sea salir, pero dentro de mí yo siento las mismas necesidades que cuando era joven y no puedo llevarlas a cabo en absoluto. El sentido común es el primero que me lo desaconseja. Y lo tengo. Tengo mucho más sentido común de lo que esperaba.

Usted parecía siempre el más acompañado. ¿Cómo se lleva en la vida real con esa soledad que muestra el filme?

Aún no es severa, pero sí estoy replegado sobre mí mismo. Lo que se ve en la pantalla es mi propia soledad, prima hermana de la nostalgia que es la que hace aflorar la mayoría de los recuerdos. El de un amor que murió cuando aún estaba vivo y al que todavía recuerdo muy bien. El del momento del descubrimiento del deseo. Creo que ahí encontré la sutileza necesaria para contar lo que le ocurre a ese chavalín. Él no lo entiende aún, pero el público sí. Estoy muy orgulloso de ese tramo porque recoge su pureza y su sorpresa.

¿Le ocurrió algo parecido?

No. Sí vivimos en casas muy precarias de adobe en València en un pueblo con las calles sin asfaltar que parecía del salvaje Oeste. Y enseñé a leer y a escribir a un montón de labriegos que nos querían mucho a mí y a mi familia. Más que en el pueblo de La Mancha de donde veníamos. A mi madre se le ocurrió la idea de convertirme en maestro a los 9 años. Pero no me enamoré de un albañil casi adolescente que vino a casa a hacer unas chapuzas, como figura en la película. Yo lo descubrí dos o tres años después. Ya en el colegio de curas. Es muy importante ser consciente de las primeras pulsiones del deseo, de cómo eran, de qué personas las provocaban.

O sea que su productora no se llama El Deseo por casualidad…

En absoluto. El deseo es el carburante de la vida. La determina incluso si decides darle la espalda, que no es mi caso. Los célibes están marcados por eso, diría que de un modo más fuerte incluso que los que no lo somos. De hecho, el celibato es uno de los grandes problemas de la Iglesia, y mientras continúe, siempre va a ir a más. El que ha ido a un colegio de curas sabe. Callará o contará. Pero sabe. Y esto se evitaría aboliendo el celibato tanto para curas como para monjas. Estas cosas que dice este Papa sobre prohibir la pluma en los seminarios. O sea, el que tenga pluma no puede ser sacerdote. O lo que es lo mismo, todo cura homosexual es un acosador. O no llegamos durante siglos o nos pasamos de frenada. Y las monjas, ¿por qué no pueden confesar y consagrar? Me sorprende que no se hayan puesto en pie de guerra, aprovechando este momento de empoderamiento femenino.

Ha hecho, casi por primera vez, una película en la que los personajes en primera línea son masculinos. ¿Cree que en estos momentos al hombre se le entiende? ¿Al que es igualitario sin problemas, al corresponsable de su hogar e hijos?

A mí me alegra infinito todo lo que está pasando y queda mucho, porque esto a las mujeres de otras culturas y religiones no les llega y tardará décadas en que sea así. Pero creo que es urgente hablar sobre qué es ser  hombre en este momento, pero parece un tema incómodo sobre el que ahora no interesa debatir. Esto no puede ser una guerra de mujeres contra hombres o al revés. La masculinidad se está viviendo de otro modo, pero se la está mirando bajo un prisma antiguo, de otra época, y la igualdad sólo se consigue si vamos de la mano unos y otras.

Cuando era joven hizo usted películas que ahora organizarían un auténtico escándalo. Átame, ¿Qué he hecho yo para merecer esto?...

Yo me atrevería a hacerlas ahora perfectamente. Pero tengo la impresión de que tendría graves problemas con la distribución y la exhibición a causa de esos sentimientos nuevos, que antes no conocíamos, que hacen que tanta gente se sienta herida, que te levantas por la mañana y sin abrir la boca ya has ofendido a siete colectivos. Es muy triste, vamos claramente a peor en ese sentido.

¿Cree que alguna vez existió ese “vive y deja vivir” que es la base del respeto o fue un espejismo?

Seguramente algo de espejismo tuvo, pero es obvio que la libertad de expresión no pasa por su mejor momento. Y las hipersensibilidades son tan molestas. Esta dictadura de lo políticamente correcto es nefasta para todo, para la vida y para la creación. Si te dedicas a escribir películas o al humor, lo llevas claro. Porque además crea, en muchos casos, un problema tremendo que es la autocensura, que es peor que la oficial.

Pero… ¿respetar el proceso creativo no debería ser políticamente correcto?

Y no hay por qué ofenderlo, efectivamente. Tiene sus normas y son de cumplimiento obligado. En el momento de crear, la auto­cen­su­ra no puede estar en la mesa de trabajo. Después ya toma toda la conciencia que quieras. Pero es imprescindible que te sientas absolutamente libre de ti mismo. Yo, con esta película y con algunas otras, he visto que tenía que tirar de experiencias que no me apetecían, pero el guion manda sobre ti. Y tienes que obedecer, porque ese es el único modo de ser honesto y, además, de ser interesante.

¿Es capaz de separar la obra del artista que se ve denostado en lo privado por comportamientos presuntamente execrables?

Es obligado hacerlo. Yo no voy a renegar ahora de todo lo que he aprendido de la vida viendo películas de Woody Allen porque su honorabilidad esté en entredicho que, hoy por hoy, ningún juez ha dicho que lo esté. Pero Amazon, sin esperar más, le ha negado poder estrenar su último filme y seguramente no hará más. No se puede borrar a Kevin Spacey de una película porque sea un presunto acosador. Sigue siendo el mismo excelente actor que fue siempre y debe ser juzgado y condenado si lo merece, pero, incluso así, borrar sus expresiones como creador es puro estalinismo. Mire, a veces pienso que incluso todo eso tan tremendo que le podría haber pasado en la vida ha contribuido a su profundidad como artista, que no como ser humano, por supuesto. Lo de Weistein es otra cosa. Le conozco bien porque distribuyó internacionalmente algunas de mis películas y creo que en otra sociedad estaría en la cárcel desde los 20 años.

¿Hablamos de política?

Bueno, ahí procuro entrar poco, me da mucho miedo, pero tengo claro que este es el peor momento que hemos vivido desde la llegada de la democracia a nivel social, político, de libertades. Todo impregna además a lo ­cotidiano. Soy cineasta; mi trabajo no es aportar una solución. Pero urge.

Hablar de política, ahora mismo, es hablar de Catalunya…

Amo Barcelona, el rodaje de Todo sobre mi madre allí fue idílico. Estoy como en casa y siento que pertenezco a esa cultura, pero el independentismo es algo que no comparto. Hay una parte de los catalanes que tienen ese sentimiento y hay que lidiar con eso. Pero estoy en contra de cualquier nacionalismo excluyente y de las fronteras en general. Más aún cuando ya hemos cedido parte de nuestra soberanía para borrar lo que nos separa y hay decisiones que se toman desde Bruselas; para eso se hizo la Unión Europea. Crear ahora otra frontera nueva que nos aleje a los que llevamos unidos desde hace siglos y con tantísimas cosas en común no lo concibo. Pero claro, este asunto es ya de tal magnitud que hay que solucionarlo, porque nos va la vida en ello.

¿Cree que se han cometido errores?

Muchos y por todos lados, pero el principal tiene nombre y apellido: Mariano Rajoy y el Partido Popular. Hace diez años este problemón no existía. Él con su silencio y su inacción no sólo han sido incapaces de solucionarlo sino que lo han multiplicado. Se les olvida, menos para lo que les conviene, que la ley atañe a las personas, que son entes cambiantes, y por tanto esto se debe tener en cuenta a la hora de aplicarla y no agarrarse a ella como a un clavo ardiendo. En otros lugares han aparecido problemáticas similares con soluciones políticas democráticas. Que aquel al que le toque tome nota.