Filosofía para aprender a pensar

Plantearse preguntas no es sinónimo de ignorancia sino de una curiosidad filosófica. Así lo entiende el programa Filosofía para Niños, que se aplica en las aulas para ayudar a los alumnos a desarrollar un pensamiento crítico y cívico.

De qué formas os gusta que os traten y de qué otras no?”, pregunta Ignasi Marín, maestro de 5.º de primaria de la escuela Pau Casals de Rubí (Barcelona), a la docena de alumnos de entre nueve y diez años que se congregan a su alrededor. Y un círculo de manos alzadas se agita para pedir la palabra. Cada respuesta de los niños va acompañada de una nueva pregunta del profesor. El maestro no se conforma con saber que a uno de sus alumnos le gusta que lo traten bien, con respeto, sin que le griten. Que a otra no le agrada “cuando otros niños hacen tonterías”. O que otra prefiere que las personas sean consecuentes y la traten de la misma manera que quieren que lo haga con ellas, “que no tengan un discurso para después hacer lo contrario”. 

Al docente no le basta porque quiere que además puedan retratar sus respuestas a través de ejemplos de su vida cotidiana. Quiere –les dice– que también acompañen su respuesta al qué con otras que expliquen el porqué. Por qué te gusta eso y no otra cosa. Por qué crees que te hace sentir de esa manera. Quiere que se cuestionen; que argumenten; que profundicen. Que puedan redundar en aquellos motivos que explican sus afirmaciones. El maestro quiere que sus alumnos hagan filosofía.

Filosofía para Niños no es una clase de filosofía tradicional. No es una hora curricular para aprender conceptos desarrollados por las grandes mentes de la disciplina. Es un espacio que asume la modalidad de taller y que pretende ser transversal. “No es un trabajo específico, sino que se traslada a otras asignaturas donde se utiliza la misma estrategia: hacer buenas preguntas para que ellos lleguen por sí mismos a una conclusión”, explica Rosana Martín Rodríguez, jefa de estudios de la escuela Pau Casals. 

El programa educativo Filosofía para Niños nace en EE.UU. en 1969, creado por Matthew Lipman, del Institute of Advancement in Philosophy for Children. Hoy en día, se aplica en más de 40 países. En España, cuenta con centros especializados en la mayoría de las comunidades autónomas. Aquellas que no disponen de uno propio se aglutinan en el Centro de Filosofía para Niños de España, con sede en Madrid.

Todos los centros imparten cursos, talleres, seminarios y congresos para brindar a los docentes las herramientas necesarias para implementar el proyecto en sus aulas y que, a la vez, puedan compartir e intercambiar experiencias.

El currículum original consiste en novelas didácticas dirigidas a niños desde los tres hasta los 18 años –es decir que, idealmente, pretende cubrir toda la trayectoria escolar–, que buscan disparar la curiosidad de los alumnos en torno a conceptos filosóficos como son la justicia, la verdad, la belleza, su lugar en el mundo, la identidad, la libertad... Asimismo, ofrece manuales a los docentes que desean aplicarlo para que puedan saber cómo debe guiarse el diálogo filosófico y respetar la estructura que ha de tener una sesión filosófica.

Glòria Arbonès, presidenta del GrupIREF, que promueve Filosofia 3/18 en Catalunya desde hace 30 años, explica que “el espacio de pensamiento que se genera no es amorfo, sino que hay una serie de condiciones necesarias para que se dé”. El docente “tiene en sus manos la responsabilidad de provocar preguntas que generen ese tipo de pensamiento crítico, sobre todo, el trabajo con las habilidades de pensamiento”, afirma. 

Desde su misma fundación, el GrupIREF se ha dedicado a la adaptación y traducción del currículo original del programa, creando materiales propios más cercanos a la realidad local y recursos complementarios como, por ejemplo, el trabajo a través del cine.
El Centro de Filosofía para Niños de la Comunidad Valenciana, que existe desde 1995, también imprimió al programa americano su propia huella, aplicándolo en ámbitos de educación no formal, a través del trabajo en cárceles o con personas con discapacidad intelectual que fracasan en el sistema escolar formal. 

Enseñar a pensar

El objetivo último es desarrollar habilidades de pensamiento para que los alumnos aprendan a pensar filosóficamente. Arbonès afirma que “eso le da un valor y una potencia impresionantes; en los chicos que pasan año tras año por este proyecto, esas habilidades de pensamiento que hemos ido trabajando se vuelven un hábito”. 

El proyecto educativo propone “enseñar a pensar”, contribuir a formar ciudadanos democráticos razonables, reflexivos y autónomos. “El objetivo no es crear gente más inteligente sino generar espacios donde la persona pueda desarrollar un pensamiento crítico, pero con sentimiento ciudadano, es decir, una conciencia crítica y cívica”, subraya Chema Sánchez Alcón, presidente de la Asociación de FpN de la Comunidad Valenciana. 

Glòria Arbonès asegura que “son muchos los efectos secundarios: trabajar el concepto democrático, la prevención de la violencia, el fortalecimiento de la autoestima; todo eso se consigue en la práctica”. La respaldan los resultados del informe de evaluación de la aplicación del proyecto Filosofia 3/18 en los diferentes centros educativos de Catalunya desarrollado por el Departament d´Ensenyament en el 2012. 

Para el informe se consultó a un conjunto de equipos directivos, maestros y alumnos sobre los efectos de la aplicación del programa en el alumnado. Entre otros puntos, el 92% de ellos apuntaba que contribuye a que los estudiantes piensen mejor; el 89%, que explica mejoras en su comprensión y expresión oral; el 86%, que promueve que tengan más conciencia democrática; el 85% observó mejoras en sus destrezas de convivencia, y el 83%, una mayor autonomía intelectual.

Comunidad de diálogo

La de hoy no es una sesión de Filosofía para Niños normal, explica el maestro de 5.º de la escuela del municipio catalán de Rubí. Como acaba de comenzar el ciclo lectivo, primero toca conocerse y establecer las pautas para conformar el profesor y los alumnos “la comunidad de pensamiento”. Antes de acomodar el círculo de sillas, el maestro acompaña la consigna de una pregunta: “¿Alguno sabe por qué nos sentamos de esta forma?”. La mayoría ya conoce el motivo porque esta es una de las filoescoles: forma parte de la red de centros educativos que aplican el programa Filosofia 3/18 impulsado por el GrupIREF. 

En el sistema educativo tradicional, hacer preguntas revela falta de saber, y el alumno escucha y recibe información de forma pasiva; aquí se trata de preguntar para pensar colectivamente

Dos de los niños explican que se sientan en círculo “porque así podemos vernos bien”. Y que también lo hacen “para poder conversar mejor con todos”. Además de disponer las sillas en círculo, es necesario establecer otras “reglas de juego”, como pedir la palabra antes de hablar. Glòria Arbonés explica que el profesor debe “ser cuidadoso a la hora de dar la palabra, de generar espacios para que todos puedan hablar y ser escuchados, pero sin olvidarse de que tienen que argumentar, dar razones; no todo vale, no cualquier idea es respetable si no está bien argumentada”. 

Lo que explica la presidenta del GrupIREF se replica en la sesión en la escuela: la mayoría de las intervenciones del maestro son para agradecer las aportaciones de quienes hablan e incluso felicitar muchas de ellas con un “qué interesante lo que planteas”, “me gusta cómo piensas”. Pero también, para hacer hueco a quienes más les cuesta compartir su palabra. “Vamos a dar espacio a quienes todavía no han participado”, dice, e invita a hablar a alguno de los niños más silenciosos. 

Rosana Martín Rodríguez explica que “se establecen normas colectivas con una mirada respetuosa, para que puedan ser críticos sin desmerecer al otro”. Las ideas y los argumentos del otro siempre pueden debatirse, pero sin anularlo. El maestro pedirá a los alumnos que dejen por escrito aquellas formas en las que les gusta y no les agrada ser tratados. La idea –explica– es ponerlas en el tablón del aula para que el resto de los compañeros pueda respetar eso a lo largo del curso. 

CAMBIAR los roles

La transformación del aula en una “comunidad de investigación” supone también un cambio fundamental en los roles del alumno y del docente. El maestro ya no es quien debe brindar las mejores respuestas sino proponer preguntas que provoquen curiosidad y guíen el diálogo filosófico. Un diálogo que invite a sus alumnos a pensar de forma crítica, razonar y construir argumentos para sostener aquello que piensan. 

Para la educación tradicional, hacer preguntas revela una falta de saber. Quien sabe es quien tiene las respuestas. El alumno escucha y recibe una batería de información de forma pasiva. Es un recipiente vacío que debe acumular los saberes que se le brindan. Para la Filosofía para Niños, en cambio, las preguntas no son un indicio de ignorancia sino que, por el contrario, funcionan como puentes para pensar colectivamente. Ana García, docente de adolescentes de entre 12 y 16 años en un instituto, explica que “la idea es hacerlos pensar a través de preguntas para que tengan que argumentar lo que dicen, dar razones”. 

El programa aparta a los alumnos de su rol pasivo y los anima a pensar. “Hay una demanda por los alumnos de esta manera de hacer clase en la que ellos son escuchados, donde son los protagonistas y todos aportan”, afirma Luis Alberto Prieto, presidente del Centro de Filosofía para Niños en Madrid. Ana García subraya que “se les da voz, se le da importancia a lo que tienen que decir”. Como docente, señala que el programa le significó “un marco de juego con el que poder desarrollar la docencia para hacer pensar ­críticamente”.

El programa surgió en EE.UU. en 1969 y se aplica en más 
de 40 países; en España, los centros que lo aplican lo hacen 
con currículos adaptados a la realidad local

Arbonés coincide en que “como docente, te cambia la perspectiva, yo ya no he podido nunca más enseñar como lo hacía antes. Se pone el acento en el grupo, en lo que tienen que decir los chicos”. “Como profesora te da una nueva mirada, te enseña a hacer buenas preguntas, a ser un vehículo y brindar herramientas para que ellos sean protagonistas. No es una transmisión unilateral de información”, añade Martín Rodríguez.

El saber circula y se construye entre todos. “Antes, el profesor explicaba y daba soluciones –explica Chema Sánchez Alcón–. Este programa propone transformar el aula en una comunidad de diálogo, desarrollar un espacio crítico y creativo”.

El protagonismo que se otorga al sentir y al pensar de los alumnos se termina de confirmar al cierre de cada sesión, cuando el maestro les pide realizar una evaluación de esta. En la sesión de la escuela de Rubí, Ignasi Marín muestra a sus alumnos una imagen con dos vasos, uno más grande y otro más pequeño. “Si tuvierais que asociar la sesión de hoy con uno de estos vasos, ¿cuál elegiríais?”. Uno de los niños elige el grande, porque le gustó el tema. Otra alumna escoge el mismo, porque sintió que esta vez pudo participar más que otras. Otra, el vaso pequeño, porque no encontró interesante el tema de discusión. Aquí no hay respuestas que no sean válidas o valoradas, lo importante es que aprendan a expresarlas.