Hawaiki Nui, epopeya en el Pacífico

Es una de las competiciones deportivas más agónicas, fascinantes y desconocidas del mundo: un periplo de tres días en el que más de cien piraguas sortean corrientes, olas y arrecifes sin más GPS que el coraje y la intuición, igual que hicieron siglos atrás los primeros pobladores polinesios.

Tamara, la madre, acuna en brazos al bebé mientras el padre, Maimaro, se le acerca y le da un beso mínimo para que no se despierte, un milagro, pues a su alrededor la gente aplaude, vocifera, anima, se abraza, ríe y llora. Caras de emoción y caras desencajadas por tanto esfuerzo. A unos pocos metros se oyen los motores de las lanchas; un poco más lejos, cinco percusionistas con camisas de flores azules hacen sonar sin descanso unos troncos huecos que escupen un sonido hipnótico. El estruendo hace que la tierra tiemble. Sin embargo, el recién nacido no se inmuta. Su padre se seca el sudor y esboza una sonrisa. No le quedan casi energías, pero está contento. “Ha sido muy duro, el agua se levantaba...  ya queda menos”, declara. El sol pega como Muhammad Ali en sus buenos tiempos, y ni siquiera es mediodía. Suerte que hay muchas sombras: las de las palmeras, acacias, árboles de mango... A Heivanui, que es como se llama el bebé,  le podrán explicar dentro de unos años que aquel día era miércoles  en la localidad de Uturoa, Raiatea, la isla sagrada de los polinesios; que olía a fruta; que en las roulottes de comida había pollo caramelizado a la brasa con patatas y que toda la familia se desplazó allí para abrazar a su padre; y que este llevaba un collar de flores, el equivalente a una medalla olímpica, a una corona de laurel. Le podrán explicar que se la pusieron nada más acabar la primera etapa de la Hawaiki Nui Va’a, una de las competiciones deportivas más agónicas, fascinantes y desconocidas del mundo. Salitre, sudor y drama. Tres etapas, cuatro islas, seis participantes por piragua, más de un centenar de equipos llegados de cuatro continentes: por delante casi 150 kilómetros por recorrer, miles de olas que embestir y muchas barreras de coral que evitar. 

La Hawaiki Nui es una epopeya deportiva, pero sobre todo es un regalo, una herencia que une a todos los territorios que los polinesios poblaron hace muchos siglos: desde Nueva Zelanda (Aotearoa en maorí) hasta Rapa Nui (la isla de Pascua), desde las islas Cook hasta las Marquesas, de Tonga y Samoa a las Gambier. La competición va más allá del deporte: es un canto cultural e histórico de los pueblos del Pacífico que exploraron una extensión equivalente a dos continentes europeos sirviéndose de su instinto y sin más tecnología que la observación de las estrellas y la dirección de las corrientes. 

¿El momento más fascinante? Es difícil elegir entre los destellos deportivos o todo lo que rodea a la carrera: el festival culinario en Huahine o la explosión de alegría del público en la meta final de las playas de Bora Bora

Maimaro todavía se tiene en pie y se dirige a las duchas, instaladas al aire libre, donde los remeros de diferentes equipos se pasan un buen rato refrescándose, comentando las condiciones del agua, el viento. Están aliviados, pero no exultantes: no pueden permitírselo. Todavía quedan dos etapas durísimas. Siguen llegando las piraguas y se siguen reuniendo las familias. El puerto de Raiatea, como todas las islas que acogerán la carrera, está plagado de niños por las vacaciones escolares de noviembre. 

Hay quien defiende que la magia de la prueba es la salida del primer día: decenas de piraguas de colores surcando las vetas azuladas de las aguas polinesias y con las montañas acolchadas de palmeras, helechos y acacias de telón de fondo. Hay quien cree que la llegada de la última etapa, en la playa Matira de Bora Bora, con el público metido en el agua recibiendo a los deportistas, es única. Y hay quienes sostienen que la mejor parte de la prueba es la previa, en la humilde y exuberante isla de Huahine.

Es el día en que llegan los equipos, los superpoderosos que viajan en avión y los más humildes que van en un ferry que pertenece al gobierno. Unos dormirán en hoteles y otros en colchones alineados en escuelas o edificios municipales. Unos tienen entrenadores y fisioterapeutas y otros se pasan el año organizando rifas para poder pagarse el vuelo de Air Tahiti Nui desde Brasil, California, Francia, Japón o Chile, origen de algunos de los equipos no polinesios.

La llegada a Huahine es embriagadora y mareante, una explosión de verde, furgonetas con remolque aparcadas a lado y lado de la carretera parcheada. Aroma de barbacoa. Chavales trajinando sacos. Chicos con la flor de tiaré en la oreja. Chicas tocadas con coronas de flores en el pelo que beben agua de coco, refrescante y efervescente, también un poco picante. Aquí, el coco se consume de todas las maneras: bebido, rallado, cocido, salado, dulce y gomoso. Cuando se vacía, la cáscara sirve de plato para ir degustando todas las delicias que las mama, las abuelas de la isla, han preparado y que el visitante nunca ha probado antes. Plátano con cerdo, pollo con fafa (una especie de espinaca), pescado crudo marinado, pasta de coco dulce prensada y un sinfín de tubérculos: taro, uru, ñame, batatas violetas y cuatro clases distintas de plátanos cocidos. De postre, mango, papaya, sandía y melón de kilómetro cero-cero. Es día de fiesta, y los lugareños colocan su puesto de mercado mientras ven el trasiego del puerto y como, un poco más allá, las piraguas (o va’a) se van alineando en un gran descampado a pocas horas del inicio de la competición. Todas las embarcaciones, características porque llevan un balancín que sirve para no volcar, muestran su nombre y una publicidad común: compañías aéreas y operadores de telefonía móvil locales y también una campaña de “No a las drogas”, ante el creciente consumo de marihuana entre los jóvenes de las islas.

Cuando llega la hora de la salida, muy de mañana, la tensión se concentra primero y se evapora después cuando centenares de remos empiezan a batir el agua. Es como si el mar se evaporara a cámara rápida. En la orilla, miles de personas. Entre las olas, una comitiva de barcas, yates y buques de la organización, de las televisiones que dan la prueba en directo. 

En la Hawaiki Nui, además de la prueba deportiva, se ve la camaradería de la caravana, pues esta se nutre de pescadores que durante esos días se toman un respiro y hacen de chóferes. Magazine viaja a bordo del Maite Hei, una poti marara, lancha tradicional de la zona, capitaneada por James Tapeta. Le acompaña su ayudante Jean Tagaroa y un amigo de ambos, Vetea Teuira, que vive en Tahití y se ha tomado unos días para seguir la prueba. 

La salida en el puerto de Huahine es endiablada. Primero arrancan los veteranos, y diez minutos más tarde, los séniors, “que no suelen tener más de 25 años, a partir de ahí ya son mayores, la prueba es muy dura”, ilustra Frederic Chinfoo, un buen conocedor de la carrera, que también viaja a bordo. Son tres y hasta cuatro horas seguidas remando sin descanso, bebiendo, pero sin casi posibilidad de comer nada. El calor no baja de los 30 grados. “Si algún miembro del equipo se colapsa o se encuentra mal, se tira al agua para que le recoja el bote de asistencia”, cuenta Chinfoo. Lo que más desean los competidores durante la agonizante prueba es poder echarse agua al rostro para refrescarse, pero sólo pueden hacerlo cuando cruzan la meta.

Hay dos tipos de equipos, los poderosos y los humildes. Unos dormirán en hoteles y otros en escuelas. Unos tienen todos los lujos y otros se pasan el año organizando rifas para costearse el viaje 

Los azules se van sucediendo a lo largo del día, en las orillas luce el turquesa que ha hecho tan famosas a estas islas. Mar adentro, domina un color añil que se rompe cuando el capitán pone la quinta marcha y a la barca le salen dos alas de azul hielo al estilo Corrupción en Miami. Mientras, los participantes semejan una armada que más que atacar, parece huir del peligro y de cabeza a la tormenta. Si los surferos vieran esas olas, se morirían de la envidia. 

La lancha se adelanta tanto a la carrera que el capitán decide pasar por casa. Ha notado que una correa del motor no funciona como es debido y quiere sustituirla. James vive en Raiatea, en una casa bonita a la orilla del mar, con su mujer y sus hijos. Esos días también está Rava, la mujer de Vetea, que invita a un tentempié rápido: pescado crudo macerado con lima y leche de coco y luego unas rodajas de melón. Los niños juegan con unos perritos o echan carnaza al agua para atrapar unos peces color plata casi circulares y muy veloces.

Antes de la partida, James y Jean muestran orgullosos en una de sus cámaras frigoríficas su pesca de ayer: una decena de atunes rojos y de aleta amarilla recubiertos de hielo que cuando acabe la etapa llevarán a un restaurante de Bora Bora. El motor ya vuelve a funcionar bien. Suerte de tener a bordo a Vetea, mecánico de barcos.

La llegada de los primeros participantes se intuye con los tambores. Los comentaristas de Polynésie 1, la cadena de televisión que viaja quilla con quilla con el Maite Hei, se desgañitan de emoción. Los favoritos entran entre las primeras posiciones, entre ellos el OPT, siglas del servicio de correos polinesio, que llega tercero. Entre su tripulación, Maimaro Tetuanui, que en unos instantes besará a su mujer y a su hijo. El reguero de va’a que llegan es inacabable, las que se deslizan sobre el agua como si nada y los amateurs, que llegan derrengados con sus caras de tragedia griega.

La segunda etapa de la Hawaiki Nui es breve, alguien podrá pensar que un paseo: 26 kilómetros entre Raiatea y Taha’a. Sin embargo, la manga es demoledora, porque se compite a toda velocidad gracias a las aguas calmas de la laguna que une ambas islas. La salida es muy tensa: a algunas piraguas les cuesta mantenerse detrás de la línea de salida, y el director de carrera amenaza con descalificarlas. Hay dos salidas nulas, pero la tercera es buena. Entonces los remos hacen que el agua, que antes parecía tejida por hilos azules y verdes, se levante y entre en ebullición.

“Vamos, OPT”. “Vamos, Paddling”. “Vamos, Air Tahiti Nui”. “Bravo, Havai’i”. “Ánimo, ánimo”. En la isla de Taha’a, paraíso de la vainilla, un grupo de mujeres jalea a los participantes a la altura del templo protestante de Fare Pure, aún lejos de la meta situada en Patio, la capital. En la Polinesia Francesa, la carrera levanta tantas pasiones como la Heiva, el festival de danzas, o la elección de miss Tahití. En la orilla hay aficionados que parecen caminar sobre las aguas, muy cerca de donde pasan las canoas. En realidad se han plantado encima de coral que está muy cerca de la superficie. Otros se apoyan como garzas en los pilones de madera de viejos embarcaderos. Martine, Maire y Tatiana, las mujeres animadoras, siguen aplaudiendo y tomando fotos mientras ven pasar a los veteranos de Bora, a un equipo de militares, a los japoneses o a los dos equipos franceses, donde la afición a la va’a va en aumento.... En la meta de Patio el cansancio hace mella. Prohibido preguntar “¿Cómo ha ido la etapa más corta?”.

El lector optimista pensará que a los esforzados remeros sólo les queda una etapa. Pero los que conocen la prueba avisan que la tercera manga de la Hawaiki Nui entre Taha’a y Bora Bora puede ser inacabable, terrorífica o ambas cosas. El alba promete pesadilla. Ni sol radiante, ni verdes esmeralda, ni azules aguamarina. El Pacífico falsifica su pasaporte y cambia de apellido. Las nubes se yerguen volcánicas y espesas, tanto que los peñascos de Bora ni se adivinan. El aguacero transmite una melancólica tristeza tropical: los frutos y las flores de los árboles caen al suelo. Los cocos flotan en la orilla.

La última etapa, la más larga, puede ser inacabable, terrorífica. Sucede cuando llueve a mares y el Pacífico cambia de apellido y se irrita dando paso a una bella tristeza tropical  

A la hora de la salida, el parte no es tan malo, y las piruetas de unos cuantos delfines roban protagonismo a los equipos. Sus timoneles tendrán que afinar los sentidos para no desviarse de la buena ruta (el único GPS permitido es la intuición) y no perder un tiempo precioso para llegar al único acceso navegable a Bora. Por un momento, el cielo se aclara, pero al fondo, las cortinas de agua prometen una jornada dura que sólo dulcifica la llegada, uno de los grandes momentos de la prueba. Durante un buen rato llueve a mares. El capitán James no se inmuta y sigue en modo Miami Vice hasta que amaina. Luego sortea el arrecife y se dirige hacia la llegada. La playa Matira es una fiesta, las mujeres van tocadas con coronas de flores; a lado y lado de la meta, la gente se refresca, bebe algo, conversa con el de la lancha de al lado. En teoría, sobre la arena, el alcohol está terminantemente prohibido para evitar peleas. Por si acaso, se pasean los llamados mediadores, hombres del tamaño de armarios que, de momento, están ociosos.

Zoë, una niña, mira con sus prismáticos de juguete a ver si llegan las primeras va’a. De lejos se ve al equipo Paddling Connection, la gente les jalea, les aplaude, y sobre todo, les tira agua, algo que los competidores agradecen aunque la meta ya esté cerca. La megafonía enloquece. Vuelan las coronas de flores. Aparecen las sonrisas y las muecas de dolor. Las entrevistas son dentro del agua. El equipo Edt se lleva el triunfo final... El grupo de percusionistas sigue a lo suyo, como si no hubiesen parado de tocar desde el primer día. El equipo OPT de Maimaro alcanza la meta, derrengado. Todos sus componentes se dan la mano y luego, algunos se cubren la cara por el esfuerzo. ¿Sudor? ¿Lágrimas? Y también alegría y dolor. En el mismísimo paraíso, la odisea, la epopeya, toca a su fin.