Las ciudades digitalizadas

¿Cómo serán las ciudades a mitad de siglo, teniendo en cuenta las transformaciones que imponen los avances tecnológicos? Es difícil de adivinar, más aún por el impredecible factor humano. Lo que sí se sabe es que no serán muy diferentes en apariencia, pero el cambio en la manera de vivirlas se prevé muy profundo.

Coches voladores, rascacielos extraños, complejos submarinos... los vaticinios futuristas de hace 50 u 80 años dejaban volar la imaginación al esbozar las ciudades de hoy. También ahora se plantean urbes dentro de dos, tres, cuatro décadas, en el mar, el espacio o en tierra, ahogadas por la contaminación y la basura, militarizadas, robotizadas... ¿Cuánto se hará realidad? Menos de lo que dibuja la ciencia ficción. Pero, desde una óptica realista, las ciudades y la vida a mitad de siglo serán muy distintas. Los cambios que conllevan los avances tecnológicos permiten definir algunas tendencias.  

“No creo que la ciudad del 2040 parezca muy diferente de la de ahora. Siempre necesitaremos los ‘Fundamentos’ de la arquitectura que Rem Koolhaas resumió en la Bienal de Venecia del 2014: suelos planos donde vivir, muros verticales para delinear espacios interiores y exteriores... Las ciudades del futuro serán distintas no tanto en su apariencia como en la forma en que viviremos en ellas; serán espacios de convergencia de los mundos físico y digital. Las tecnologías digitales alterarán radicalmente la forma como nos comunicaremos, moveremos…”, afirma Carlo Ratti, pionero en explorar cómo estas tecnologías modelarán el urbanismo desde su estudio turinés y desde el Senseable City Laboratory que dirige en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) de Estados Unidos.

“Las principales diferencias serán cómo las personas se relacionan con el espacio y cómo la tecnología permitirá un mayor conocimiento sobre la gente. Los edificios e infraestructuras, el transporte, el agua y la energía deberán estar más alineados con los usos de los habitantes. Por ejemplo, un edificio sólo gastará la energía necesaria para las personas que lo utilicen en ese momento”, explica Stefan Webb, jefe de proyectos y de planeamiento futuro en la plataforma pública británica Future Cities Catapult, que impulsa innovaciones en las ciudades.

COCHES SIN CONDUCTOR
“La tendencia más importante será ir a la desaparición de los vehículos privados de cuatro ruedas con motor de explosión”, sostiene el reconocido arquitecto Alejandro Zaera Polo. La expansión de vehículos sin conductor y menos contaminantes  (eléctricos o de otros sistemas de propulsión) cambiará el panorama urbano dominado hoy por el tráfico y la contaminación acústica y del aire.
El coche sin conductor podrá llevar a cada integrante de una familia a su destino y regresar al garaje de casa o a un estacionamiento fuera del centro. O hacer más viajes, ser un coche compartido por el vecindario o entre desconocidos. Ya hay empresas y apps que han abierto este camino, que apunta a una reducción del número de coches. “El efecto que el vehículo autónomo tendrá será significativo y desdibujará la distinción entre transporte privado y público”, advierte Ratti. 

UNIPERSONAL Y PÚBLICO
Zaera Polo cree que además de disminuir el número de coches, se generalizarán los vehículos unipersonales. Ya han empezado a tomar las calles: bicicletas, patinetes... ¿Habrá drones-vehículo? Por supuesto, todos eléctricos y de propiedad privada o compartida. Y ¿los monovehículos serán autónomos? En el MIT ya hay prototipos de bicicletas conectadas a internet.

Este arquitecto comparte, a la vez, otra opinión extendida: que las ciudades se estructurarán más en torno al transporte colectivo. Por ello, augura que “la sección de calle dedicada al tráfico actual de coches no me extrañaría que desapareciera en el centro (excepto vehículos colectivos y de servicios)”. Imagine el cambio visual.

¿Desaparecerán los atascos? Las opiniones se dividen: hay quien teme que habrá tantos o más vehículos (autónomos) que ahora, a menos que se apueste rotundamente por coches compartidos y el transporte público. Los expertos en vehículos autónomos señalan que el tráfico de estos será fluido y ordenado.

El vehículo sin conductor podría favorecer vivir en las afueras. Desde hace unos años, en Estados Unidos se analiza el declive de los suburbios (allí vive el 70% de la población urbana) al envejecer sus habitantes y porque quieren estar cerca del lugar de trabajo, los servicios y la oferta de ocio que concentra el centro urbano. No  conducir y la compra online podrían cambiar la tendencia.

ESPACIO LIBERADO
Si el coche autónomo hace innecesarias las plazas de aparcamiento en las calles del centro y muchos parkings públicos y privados, se liberarán miles de metros cuadrados en cada ciudad para otros usos. ¿Cuáles? ¿Más edificios de viviendas y oficinas? O los que se atisban el Día sin Coches: zonas ajardinadas, para mercados, áreas de fabricación manual (makers)... “¡Lo que queramos! Cada comunidad deberá decidir qué necesita. Podría ser muy excitante para las ciudades recuperar esos grandes espacios vacíos de automóviles y preguntarse ¿qué queremos construir aquí?”, dice el arquitecto holandés Winy Maas, cuyo despacho, MVRDV, es una de las firmas más innovadoras de Europa. Dependerá pues de los gobiernos municipales, de las demandas sociales, lo que se planifique. 

“Las ciudades del futuro serán distintas en la forma en que viviremos en ellas; serán espacios de convergencia de los mundos físico y digital”, dice Carlo Ratti, experto en tecnologías y diseño

Ratti vislumbra un “urbanismo flexible”: los espacios deberán ser más adaptables para ajustarse a necesidades cambiantes. La tecnología lo facilita. Una calle puede ser calzada para coches por la mañana, después cancha deportiva y escenario teatral por la noche. El diseñador turinés trabaja ya junto a otras empresas en proyectos de este tipo, como un estacionamiento en un edificio de oficinas de Singapur. O un pavimento inteligente (digitalizado) que permite distintos usos, emitir luz, proyectar bolardos o imágenes... y para ensayar en Quayside, el distrito futurista que Alphabet (empresa de Google) construye en Toronto. Hay que pensar que quizás no habrá en las ciudades semáforos ni señales, que no las necesitarán los coches autónomos. ¿Bicicletas, patinetes y peatones sí? ¿Podrían ser  digitales, de realidad virtual?

“Ya hay –dice Ratti– ejemplos de hibridación de funciones: las cafeterías Starbucks, por su conectividad, empezaron a ser oficinas para muchos. Esto irá en aumento”. Son modelos que proliferan. Abundarán los espacios compartidos de reunión y trabajo (networking, coworking). “Los locales de coworking han aumentado en casi un 400% en  EE.UU. en cinco años”, dice.

OTRO TIPO DE TIENDAS 
El comercio anima el paisaje urbano. ¿La compra online hará que desaparezcan las tiendas físicas? “Es una cuestión crucial –apunta Ratti–, un día lo comentaba con un concejal de París: ¡piense en lo diferente que sería París sin calles comerciales. O todas nuestras ciudades!”. La buena noticia es que no cree que “lo digital lo sustituya todo”. Piensa que se seguirán valorando muchas experiencias físicas, e ir de compras podría ser una. No cualquier compra. Alexa, Siri o múltiples apps se ocuparán de que nos traigan a casa el papel higiénico, la leche y otros artículos cotidianos. Pero habrá otra compra “de experiencia sensorial”. Y ahí las tiendas deberán competir para ofrecer más a los clientes. Es un concepto en el que ya comienzan a entrar marcas de lujo, pero incluirá alimentos frescos u otros artículos.

Ratti presentó un supermercado del futuro en la Exposición Internacional de Milán del 2015, con estantes inteligentes, con pantallas donde ver la procedencia o los datos nutricionales de los productos... Y el estudio de Maas creó el Market Hall en Rotterdam, una joya arquitectónica para disfrutar de un mercado hoy en día. Como los que se modernizan en Barcelona y otras urbes.

Stefan Webb considera que en los próximos años habrá un progresivo cierre de tiendas, por la compra online, pero a la vez aumentará ese comercio que irá más allá del tradicional. O los locales pop up (efímeros) para ventas-eventos puntuales. El comercio periférico saldrá más perjudicado que el del centro urbano, opinan los expertos.

COMER, OTRA EXPERIENCIA
Bares y restaurantes podrían vivir un futuro similar. En un par de años se ha convertido en un enorme negocio el encargo de comida a domicilio. Pero es previsible que se mantengan muchos locales por el factor de contacto humano. “Es más divertido ir a un restaurante de tapas en su ciudad que comer en la  mesa de mi cocina”, dice Ratti. Maas vaticina que incluso habrá más bares y restaurantes, eso sí, que ofrezcan algo especial: “Si se convierte en algo diario comer alimentos preparados en casa, ¿no querrá la gente salir, algo diferente?”.

Por cierto que las tendencias actuales de cocinar poco hacen que el arquitecto apunte si en los diseños de casas del futuro habrá que replantearse cómo debe ser la cocina, pieza crucial durante siglos: “Es un interesante desafío de arquitectura”.

¿VIVIENDAS EN RASCACIELOS?
De hecho, ¿cómo serán las viviendas del futuro? Los arquitectos punteros diseñan rascacielos cada vez más atrevidos y complejos. Si en el 2050, el 70% de la población mundial vivirá en ciudades, como se augura, las urbes deberán ser más densas y crecer en altura para ser eficientes. Pero Maas opina que habrá tanto rascacielos como edificios de poca altura y muchos edificios híbridos que combinen cualidades de ambos modelos.

“Podría ser muy excitante para las ciudades recuperar grandes espacios vacíos de automóviles y preguntarse: ¿qué queremos construir aquí?”, plantea el arquitecto holandés Winy Maas

Tampoco Zaera Polo cree en tendencias homogéneas: “En los centros urbanos probablemente aumentará la densidad y por tanto la altura de las edificaciones, porque el suelo urbano seguirá siendo cada vez más caro. Pero eso no quiere decir que ese sea el único modelo de desarrollo urbano”. 

Este arquitecto prevé viviendas cada vez más pequeñas y de precio prohibitivo, así que cree que habrá más “estructuras colectivas” (como pisos con servicios comunes). Alude al debate sobre los mínimos que debe tener una vivienda. En Barcelona, unos promotores han propuesto viviendas colmena de unos tres metros cuadrados. La opinión de Zaera Polo no se alinea con las autoridades municipales que vetaron el proyecto: “La oposición de algunos políticos a ese tipo de estructuras de habitación me parece demagógica –dice–, porque limitan el acceso a la ciudad a una gran cantidad de población que no tiene medios para vivir en ella y se ve forzada a vivir fuera y a desplazarse varias horas cada día. Para una persona sola, una vivienda cápsula en la ciudad no es sólo preferible en términos de calidad de vida, sino de consumo energético y emisiones de carbono”. Él mismo avanza que este debate crecerá.

En el futuro seguirá habiendo oficinas –espacios flexibles e híbridos también–, y a nivel de calle, los locales que dejen vacíos los comercios obsoletos serán puntos de coworking o pequeños talleres de producción (sea artesanal o tecnológica, como impresoras 3D). Maria Rubert de Ventós, que fue la primera catedrática de urbanismo en España, confía en que proliferen estos talleres. “Fue un error sacar la producción de las ciudades”, afirma (favoreció que miles de personas deban desplazarse cada día), más cuando hoy toda actividad debe ser no contaminante.

ENTORNO DIGITAL
Webb anticipa que en las ciudades futuras “se fundirán los reinos físico y digital”. Con la expansión de la conectividad, el big data, la realidad aumentada… toda organización y gestión cambiará. Se sabrán millones de datos y se podrá ajustar mejor todo al uso y necesidades. Ya se ensayan aspectos hoy, las llamadas smart cities. Habrá versiones digitales de edificios e infraestructuras para gestionarlos mejor. O la publicidad usará nuevos soportes e interactuará con los gadgets tecnológicos del ciudadano, que recibirá el anuncio en su móvil (que igual está integrado en su ropa o es una banda de grafeno en su muñeca). “Hoy se desconoce cómo funcionará todo, pero requerirá una nueva regulación porque la mayoría de nuestra normativa es sobre activos físicos fijos”, alerta Webb.

Habrá muchos cambios difíciles de explicar ahora, pero que se intuyen, dice Zaera Polo, que recuerda que se espera una reorganización de las estructuras de producción y consumo por la automatización. Muchas rutinas se automatizarán; igual que se extendieron los cajeros bancarios, lo harán las cajas de autopago o la atención automática en muchos servicios. También habrá una omnipresencia de sensores en la calle (para obtener datos de servicios como el agua, la contaminación...) o en los bienes de consumo (Amazon se plantea incorporarlos a sus paquetes para rastrearlos si hay un robo o pérdida). Y muchas cámaras (piense en los sistemas de reconocimiento facial al alza) y videovigilancia en tiempo real. ¿Será más fácil controlar todo? ¿Más difícil que haya delitos? Hay quien así lo afirma, aunque también se advierte de los riesgos para la ciberseguridad de estas urbes digitalizadas. 

VERDES Y LIMPIAS
El arquitecto madrileño espera igualmente cambios “por las tecnologías capaces de reintroducir los ciclos naturales en la fábrica urbana: mecanismos para disminuir el efecto de isla de calor, mantener la higrometría natural, purificar el aire, reciclar el agua y los desechos, aumentar la vegetación y el ahorro energético…”. Estos aspectos o  nuevos materiales ganarán peso en el urbanismo y la ­arquitectura. Hasta China experimenta ya con ecociudades. O para el 2020 California obligará a todo nuevo edificio a tener placas solares. 

El arquitecto Zaera Polo apunta que crecerá el protagonismo en el diseño urbano de tecnologías para reciclar desechos, controlar la humedad, purificar el aire, ahorrar energía...

“Es que lo primero en lo que hay que pensar es que dentro de dos décadas tendremos que haber cambiado drásticamente la forma en que vivimos para no destruir el planeta. Y las ciudades tienen un papel en el cambio: tendrán que ser mucho, mucho más verdes”, declara Winy Maas, que propone incluso crear edificios como si fueran bosques. Ya hay arquitectos que, aprovechando la tecnología, diseñan construcciones con vegetación, saltos de agua, que se autoabastecen de energía... Rubert de Ventós recuerda que las ciudades ya podrían ser hoy más verdes. Hace unos años reivindicó un árbol cada ocho metros, lo que habría supuesto medio millón más en Barcelona. Ya lo proponían urbanistas como Ildefons Cerdà, autor de la reforma urbanística de Barcelona en el siglo XIX. En las próximas décadas, menos coches y menos contaminantes podrían permitir ciudades más limpias y silenciosas.

“Debemos ser ambiciosos. Tenemos tanta capacidad tecnológica que podemos hacer casi todo”, anima Maas. E invita a pensar también qué tendencias culturales y sociales queremos: cómo hacer ciudades más abiertas, democráticas... La tecnología ha creado ya más vías de participación ciudadana. Rubert de Ventós espera que las urbes futuras no sucumban a barrios bunquerizados por la desigualdad o la inseguridad, ya que para ella “la maravilla de la ciudad es ser una obra colectiva”. “Debemos pensar cómo queremos las ciudades, no sólo dejarnos llevar por la tecnología”, aconseja Webb.

La visión de los futuros arquitectos Propuestas urbanísticas exprés

Los estudiantes de 2.º de la Escola Tècnica Superior d’Arquitectura de Barcelona (Etsab), en la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC), se inician este curso en el urbanismo, pero la profesora Maria Rubert de Ventós – junto a Eulàlia Gómez,Laia Alemany, Marina Cervera, Antonio Moro y Dani Navas– propuso a sus alumnos, de unos 19 años, imaginar la ciudad de mediados del siglo XXI. Lo trabajaron durante tres horas (con recortes improvisados, a lápiz...) y Magazine ha querido usar algunos de los esbozos de estos estudiantes (y no de arquitectos consagrados) para ilustrar este reportaje, para incluir así la visión de quienes serán los arquitectos y urbanistas de mañana. Todos los bocetos se basaron en espacios reales de Barcelona, aunque algunos se dejaron llevar más por la imaginación que otros. Más verde fue un elemento común a la mayoría. Y más espacio ciudadano conquistado en calles y azoteas. Casi todas las propuestas eliminan el tráfico rodado de la superficie –algunos imaginaron una Barcelona veneciana por la subida del nivel del mar, por el cambio climático–. “¿Y las personas? No las veo en vuestros dibujos”, se paseaba la profesora entre las mesas, “¿Dibujáis utopías o distopías? ¿La gente vivirá mejor o peor?”. Mejor, prometían los alumnos.