Lo que Kubrick no filmó

Stanley Kubrick revolucionó la historia del cine con obras maestras como '2001: una odisea del espacio', que cumple medio siglo. Pero el reconocido director también vivió la decepción de tener que aparcar varios proyectos tras años de trabajo, como su ansiado retrato sobre Napoleón. Una gran exposición en Barcelona revive su trayectoria e invita a (re)descubrir esa filmografía imaginaria.

Si un cineasta ha dejado huella por su impactante lenguaje visual, su audacia técnica y la vigencia de sus mensajes, es el neoyorquino Stanley Kubrick (1928-1999) . Y probablemente sea el único que ha hecho historia no sólo por sus 13 filmes, entre ellos joyas como Senderos de gloria o Eyes Wide Shut, sino también por esas películas que soñó y preparó minuciosamente pero nunca vieron la luz. Tres proyectos fallidos, aunque gestados durante años: Napoleón, un ambicioso biopic sobre el genio de la guerra, que imaginó escena a escena; Aryan Papers, su personal visión sobre el Holocausto nazi, que aparcó ante el éxito de La lista de Schindler (1994), e Inteligencia Artificial, que él mismo cedió a Steven Spielberg. La exposición Stanley Kubrick, en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona hasta el 31 de marzo tras recorrer medio mundo, revisa esa filmografía imposible, así como lo excepcional de su obra, desde sus inicios como fotógrafo en la revista Look.

“Le fascinaba Napoleón, cómo
un estratega con tal carisma 
y talento acabó destruido por 
su propia vanidad”, afirma 
el crítico de cine Jordi Costa

En 1969, Kubrick tuvo que encajar su primera gran decepción. Tras el éxito de su hipnótica 2001: una odisea del espacio (1968), que cumple 50 años, el director planeaba ponerse tras la cámara para filmar por fin su monumental película sobre el general Bonaparte. “Se preguntaba cómo un líder tan inteligente, carismático y brillante, que llegó a ser amo del mundo, acabó destruido por su vanidad y egocentrismo”, explica Jan Harlan, quien fue productor y colaborador, además de cuñado del cineasta (hermano de Christiane, su tercera esposa). Para Kubrick, la vida de Napoleón reflejaba las cuestiones esenciales de nuestra existencia, el hecho de que como seres humanos estamos determinados por la emoción más que por la inteligencia. Durante años recopiló información, documentos, cartas, leyó cientos de libros sobre el emperador y llegó a contratar a estudiantes de Harvard para que siguieran su pista por Europa y reconstruyeran al detalle el día a día del megaló­mano general, desde sus hábitos alimentarios hasta las condiciones meteorológicas de las ­batallas.

“Estaba obsesionado con Napoleón, le atraían su megalomanía, su estrategia militar y el conflicto entre inteligencia y vulnerabilidad, tan presente en su obra”, afirma Jordi Costa, crítico de cine, escritor y comisario de la muestra en Barcelona. 

Elaboró un borrador de guion en 1961, que fue modificando hasta la fecha prevista de rodaje, 1969. El actor David Hemmings (Blow-up, Gladiator) sería el protagonista, Audrey Hepburn rechazó educadamente el papel de Josefina, el gran amor del general. Se filmaría en Francia, Inglaterra y Rumanía (donde el ejército cedería efectivos para las escenas bélicas: se habla de ¡50.000 soldados!). Se realizaron pruebas de vestuario, plan de rodaje (32 secuencias, 236 minutos y 41 segundos) y se sabe que las escenas de inicio y fin conectaban por la figura de la madre y un oso de peluche en el cuarto de Napoleón. “No pretendía dar una lección de historia, sino mostrar la relevancia del personaje”, precisa Harlan. 

Pero aquel trabajo meticuloso y descomunal acabó por devorar al creador: el presupuesto para la película se elevó de tal modo que la Metro Goldwyn Mayer canceló el proyecto y no hubo productora que asumiera el riesgo. Durante unos años mantuvo la esperanza de retomarlo, pero el coste fue siempre inasumible, y acabó desistiendo. Hoy Harlan, que recuerda el disgusto ante aquel sueño truncado, confirma que se está trabajando con la productora HBO para realizar una miniserie sobre el proyecto de Kubrick. 
¿Fue un exceso de perfeccionismo lo que al final hizo inviable el filme? Jan Harlan es tajante: “¿Qué significa obsesivo para un artista? ¿Fueron Beethoven, Picasso o Bergman obsesivos? Todos necesitaban estar satisfechos con sus obras. Yo diría cuidadoso, que es distinto. Y lo plantearía de otro modo: ¿por qué no ha desaparecido ninguna de sus películas? ¿Cómo es que Lolita o Dr. Strangelove son igual de válidas hoy? Quizás por esa ‘obsesión’, por la pasión y el mimo por cada tema elegido y la mejor ejecución de este”. 

“¿Obsesivo Kubrick? ¿Lo fueron Picasso o Beethoven? Yo diría cuidadoso. Sus filmes siguen vivos por esa ‘obsesión’ al crearlos” dice su productor y cuñado Jan Harlan

Precisamente esa autoexigencia para elegir el tema de cada filme es la que le condujo a abandonar la que hubiera sido su mirada sobre el Holocausto: Aryan Papers, que le enfrentaba a su propia condición de judío. Inspirada en la novela Mentiras en tiempos de guerra, de Louise Begley, narraba la historia de Tania, una fugitiva polaca, y su sobrino en la II Guerra Mundial. Pero el azar hizo que Spielberg le adelantara con la misma temática en La lista de Schindler, que arrasó en los Oscars. Y Kubrick prefirió abandonar. La gran decepción fue para la actriz holandesa Johanna ter Steege, que preparó durante meses su papel protagonista y al saber que el rodaje se suspendía estuvo en cama dos días. El filme se iba a rodar en Europa del Este, donde el equipo halló escenarios vírgenes que parecían de inicios de los años cuarenta. Una breve línea en el guion indica que la película acabaría “en un bosque de cualquier parte de Polonia, es decir, en ninguna parte”. 

A.I. (Inteligencia artificial) fue su tercer proyecto frustrado: inspirado en el relato Los superjuguetes duran todo el verano, de Brian Aldiss, quiso filmar la historia de un robot abandonado por su madre, pero problemas de diversa índole le hicieron desistir, y la película se materializó como obra póstuma, confiada por el propio Kubrick a Spielberg, su amigo y, a su juicio, el mejor director. “El proyecto inicial era menos negro, aunque también mostraba nuestra tendencia a culpar a otros de la propia debilidad. Spielberg fue fiel al original al mostrar la destrucción de los robots como si fueran nuestros enemigos”, afirma Harlan. 

El resultado final no convenció. Parte de la critica opinó que no estaba a la altura del original y que los bocetos que el artista Fangorn realizó para Kubrick sugieren que su filme hubiera sido más interesante. 

Con todo, la frustración por los proyectos nonatos no pasó del desengaño temporal. “Amaba su cine, pero nunca miraba atrás. Vivía el presente. Sólo importaban el hoy y el mañana, no el ayer”, dice Harlan. 

Tim Heptner, experto del Deutsches Filmmuseum de Frankfurt y comisario de la exposición original, elogia “su ética y su habilidad para enamorarse de las historias que quería rodar, la capacidad para captar talentos y mantenerlos motivados largos periodos. Y el cuestionarse los asuntos técnicos e innovar siempre”. De hecho, su único Oscar a título personal se debe a su diseño de efectos especiales por 2001. 

Sobre su leyenda negra de misógino y ermitaño, los expertos afirman: “Vivía trabajando, pero tenía una faceta familiar, esposa e hijas. Y alegría. Lo que evitó fue el juego de Hollywood”

A su genialidad como creador le acompañó cierta leyenda negra: fama de ermitaño, por ejemplo. Según Costa, la muestra revela lo que realmente era: “Un artesano, un trabajador incansable. Hay pasión creativa en él. Y alegría”. Asimismo, se le tildó de misógino, algo que Harlan desmiente, airado: “¿Misógino casado desde 1957 y con tres hijas? Una invención periodística como tantas otras”. O de llevar al límite a los actores: “Levantó la voz en pocas ocasiones –añade–, y enojarse con alguien no significa que maltratase a los demás. ¡Trabajé con él 30 años! A los actores les gusta rodar muchas tomas para estar lo mejor posible”. A su juicio, se creó una imagen falsa. “No tenía imagen pública; se inventó. Era una persona autocrítica, reflexiva, con una mirada escéptica sobre la naturaleza humana. Y tenía un humor negro hilarante”. 

“Vivía creando, investigando, pero tenía su faceta familiar. Lo que evitaba era la cultura de la fama, protegía su intimidad. No jugaba al juego de Hollywood”, señala Costa. Fue, añade, el cineasta omnipotente. A partir de La naranja mecánica, logró la independencia y control total de sus filmes: desde el guion hasta la campaña publicitaria. Exigente, imponía que la traducción del guion en cada país la realizara un escritor de prestigio y fuese un cineasta quien dirigiese el doblaje (en España lo encargó a Saura y Camus), con actores conocidos. 

En Barcelona, la exposición ha incorporado contenido inédito, como la videoinstalación de Manuel Huerga que muestra a Kubrick trabajando: la faceta que mejor le define. Como explica Costa, su comisario: “Se han evitado reproducciones escenográficas, porque no estarían a la altura del recuerdo mitómano”. Sí se transmite la atmósfera fílmica y se exhiben recuerdos de rodaje, como el títere del feto de 2001 o vestuario de El resplandor, manuscritos, storyboards y pruebas de casting. Un cuantioso material que el cineasta atesoraba en su casa de Hertfordshire (al norte de Londres) y su familia divulgó cuatro años después de su muerte, en 1999, a causa de un infarto. 

La exposición del CCCB reivindica la actualidad de sus temas: la violencia, el deseo, la guerra siguen bien vigentes. Como otra de sus constantes: la incapacidad del hombre de comprender del todo el universo femenino. Como dice Nicole Kidman a Tom Cruise en Eyes Wide Shut: “¡Si vosotros, los hombres, supierais…!”.