La mirada del turista

España recibió casi 83 millones de visitantes en el 2018. ¿Cómo nos ven y cómo los vemos nosotros? He aquí las postales de la cara B de un sector vital para la economía y que no se explica sólo con cifras.

Hazte periodista. Vivirás momentos irrepetibles. Aventuras, viajes... Eso le dijeron. Y aquí estamos, en un tablao, junto a un animoso grupo de asiáticos. 

Obviamente, esto requiere una explicación.

El 2018 batió récords. Recibimos más de 82,6 millones de turistas: a cada español le correspondieron casi dos visitantes. Llegaron de todo el mundo, pero británicos, alemanes y franceses ocuparon el podio, con los países nórdicos cada vez más cerca de ligar bronce, es decir, de la tercera posición.

Estos y otros invasores se dejaron en sus vacaciones 89.678 millones de euros, un 3,1% más que en el 2017. El gasto y la estancia media fueron de 1.082 euros y 7,4 días. El sector contiene la respiración. Un dato revela la importancia de que se repitan los buenos resultados: este mercado supone el 12,2% de las afiliaciones a la Seguridad Social. Pero la macroeconomía no lo explica todo, como decía el profesor Fabián Estapé.

El turismo es un vodevil en un teatro llamado España. Nuestro lugar está en la platea, aunque para destapar la cara oculta de la Luna hay que estar en primera línea, en una primera línea invisible, al otro lado del escenario, entre bambalinas.

Los guías asisten a escenas dignas del teatro del absurdo, con actores que llaman ‘Bonifacio’ al botafumeiro o que buscan pueblos ‘aztecas’ en Galicia

Esa podría ser la definición de las oficinas de turismo. La de Santiago de Compostela, en la Rúa do Vilar, 63, es un palco inmejorable para saber cómo nos ven y cómo los vemos. Cada año atiende a 200.000 personas de cien países, lo que la convierte en un Eldorado, un reino de Jauja de las anécdotas.

“Quiero información –pidió una argentina– sobre sitios cerca de Santiago pero sin piedras. Estoy cansada de tantas piedras. ¡Cuántas hay!”. Son frecuentes quienes confunden Muxía y Murcia. Restos celtas y aztecas. Zamburiñas y oubiñas. El año jacobeo y el jacobino. El botafumeiro y el Bonifacio. La Torre de Hércules y el faro de Ulises. El Museo do Pobo Galego (del Pueblo Gallego) y el del Pulpo. El jubileo y la jubilación. O que quieren ir a Corrol y Ferruña, es decir a Ferrol y A Coruña.

Un recién llegado preguntó si, además de mapas, tenían cartas astrales. Otro, “qué día, de qué mes y de qué año se puso la primera piedra de la catedral” (“nos extrañó –dicen en la oficina– que no quisiera saber la hora”). Estas astracanadas definen a seres extraordinarios. Mujeres y hombres despistados, entrañables y marxistas (de Groucho), dignos del teatro de Enrique Jardiel Poncela o –estamos en Galicia– del humor de Wenceslao Fernández Flórez.

“¿En los hórreos se entierra a los muertos?”, “¿Vigo es España?”, “¿Cómo se dice en español patatas cocidas? ¡No más patatas fritas!”, “Lo azul del mapa es el mar, ¿no?”, dijo alguien, que añadió: “¿Qué puedo hacer en el mar?” (“¿Además de ahogarse?”, pensaría el guía). Tras la marea de las hoces y los martillos del 1 de Mayo, dos canadienses quisieron saber “si hay posibilidades de que se instaure el comunismo en España”.
–¿Dónde hay un sex shop y cuántos habitantes tiene Santiago?– inquirió un inglés.
–En esta calle y unos 90.000.
–¡Tantos y sólo un sex shop!

No todos los miembros de la plantilla de la oficina de turismo han nacido en Galicia. Nolwenn, por ejemplo, es bretona. Un día la felicitó un compatriota:
–Enhorabuena por tu francés.
–¡Es que soy francesa!
–Sí, pero lo hablas muy bien.

Un alemán hizo otra vez una peculiar petición por correo electrónico: “Por favor, ¿podrían enviarnos brochas de afeitar para nuestro camino de Santiago?”. El traductor de Google le jugó una mala pasada. Broschüren significa folletos en alemán. Reise es viaje. Y rasieren, afeitar. Mézclelo todo y sírvalo frío: brochas de afeitar, también conocidas como folletos de viaje.

Todos estos, desde luego, no son paisajes y paisanajes exclusivos de Galicia. A juzgar por sus ruegos, los turistas creen que las oficinas de información son la versión moderna de la biblioteca de Alejandría. Y los informadores, demiurgos omniscientes. Así se desprende de solicitudes que han recibido estos profesionales en Castilla-La Mancha, Asturias y el País Vasco: “¿Hay brujas en las cuevas de Altamira?”. “¿Tienen los horarios del vaporetto de Venecia?”. “¿Cómo puedo ir de Polonia a Ucrania en bus?”.

Un brasileño desorientado abordó a un guía junto al Museo de San Telmo, en la plaza Zuloaga de San Sebastián, porque buscaba “el otro, el que parece una lata de sardinas”. Se refería al Guggenheim de Bilbao, a 108 kilómetros de distancia.

No vivimos una época de cambios, sino un cambio de época; hace diez años no existía Airbnb, que ha irrumpido en la hospedería como un elefante en una cacharrería

Enric Capdevila es un experimentado cicerone de la agencia Paso Noroeste, de Madrid, que promueve “viajes alternativos en grupos reducidos”. Sus anécdotas nos recuerdan que nosotros también somos guiris en el extranjero. En el 2010, en su primer viaje a Tailandia, alquiló una moto para ir a Kanchanaburi. Esta zona saltó a la fama por su polémico Templo de los Tigres, que las autoridades cerraron en el 2016 porque era una tapadera para el comercio ilegal de animales salvajes.

La peripecia de Enric, sin embargo, no fue salvaje, sino muy apacible. “Yendo por una carretera interior me paré junto a unos tenderetes donde creí que se celebraba un ritual religioso. Yo no habló tailandés y allí nadie hablaba inglés. Por señas me animaron a ponerme una túnica blanca. Cuando lo hice, me indicaron que cruzara un puente. Al otro lado, había un jardín y muchas personas vestidas como yo. Unas rastrillaban el césped, otras oraban. Todos sonreían. Me sumé a lo que parecía una plegaria conjunta. Dos horas después, devolví la túnica y me fui. Deduje que me dijeron que volviera cuando quisiera. Ya en el hotel me explicaron dónde había estado. En un psiquiátrico”.

Es una locura. No vivimos una época de cambios, sino un cambio de época. Hace 10 años, Airbnb, Uber y otras plataformas de la llamada economía colaborativa no existían. Hoy, los gestores de las mayores redes de alojamientos y flotas automovilísticas no tienen ni una cama ni un coche en propiedad. Junto a estas empresas, ha aparecido un nuevo tipo de turista que arrastra sus maletas por la ciudad en busca de su piso...

Y que elige destino a última hora en un vuelo de bajo coste, otro signo de los tiempos. Esta tendencia propicia que muchos no sepan ni dónde aterrizan. Nil Molina, que fue guía en el Bus Turístic de Barcelona y que ahora trabaja en un museo, ha conocido a viajeros que creían que el Santiago Bernabeu está en Catalunya o que el italiano era la lengua local. Y que buscaban el Museo Disney porque leyeron mal un cartel en catalán del Museu del Disseny o museo del diseño. A veces no sólo es desconocimiento del idioma, sino algo más profundo: una turista se vino abajo cuando supo que para ver Notre Dame tendría que viajar a Francia.

Como descubrió Colón, que quería ir a las Indias occidentales y acabó en América, antes de hacer las maletas hay que informarse bien. Wikitravel.org es una de las páginas más consultadas en internet. Alterna informaciones fehacientes con otras que... Bueno, con otras como esta: “El 50% de los estudiantes de León se marchan a otros países y les llaman cazurros porque son los más inteligentes de España”. Ya sabe, cuando le tilden de cazurro (“torpe, lento en comprender”, según la RAE), tómeselo como un elogio.

Según Wikitravel.org, los guardias civiles lucen “un peculiar gorro de charol negro”, como si aún llevasen el tricornio a todas horas. Murcia tiene “una catedral románica fundada por Santiago Apóstol” (sic) y muchas ciudades disfrutan de “una noche interminable”. Los textos coinciden con Victoria Beckham: En España “se usa mucho la cebolla y el ajo”. Y hay que evitar dos cosas. Una, “las mujeres que ofrecen romero: querrán leerle el futuro y le leerán el bolsillo”. Y dos, “las discusiones sobre si los catalanes, gallegos o vascos son españoles o no”.

Las guías impresas sobre España destacan sus grandes atractivos culturales, gastronómicos y paisajísticos e ironizan sobre los tópicos de la Carmen de Prosper Mérimée (1803-1870), como no podía ser menos. Pero incluso las editoriales y los expertos más aplaudidos no soslayan fugaces reflexiones sobre los estereotipos de la siesta, las tapas y la vida nocturna.

Los imprudentes pensarán que un tablao en la Rambla, ‘el kilómetro 0 de Catalunya’, es un oxímoron perfecto, pero se equivocan

Anthony Ham, autor de un excelente volumen sobre Madrid, opina que esta es posiblemente la ciudad del mundo “con más bares”. Las coctelerías y discotecas “combinan glamur y una continua animación”. La noche de la capital española, agrega, “es legendaria” y “el visitante se verá arrastrado por una marea de gente dispuesta a bailar hasta el amanecer”.

Brendan Sainsbury, Isabella Noble, John Noble y Josephine Quintero han escrito una recomendable obra coral sobre una tierra “de sol y de fiestas”, cuna de “poetas con guitarra, arrojados toreros, heroínas operísticas y cantaores gitanos que lanzan jipíos”. ¿La Rioja? ¿Castilla y León? No, Andalucía. Los clichés, admiten, “son exageradamente románticos y simplistas, pero tienen una pizca de verdad”. 

Sin duda, también hay “una pizca de verdad” en las monografías que afirman (los entrecomillados son suyos) que Bilbao es “obrera y artística”, que San Sebastián es “seductora y soleada”, que en Eivissa “las fiestas duran toda la noche” y que en Fuerteventura hay una curiosísima combinación: “Una amplia variedad de bares en primera línea de playa y muchas cabras”.

Y qué decir del cine. El turbador drama Tenemos que hablar de Kevin (2011), que dirigió Lynne Ramsay y protagonizó Tilda Swinton, refleja con fidelidad la Tomatina de Buñol. Sin embargo, una comedia más reciente, Walking on sunshine (2015), trasladó esta fiesta valenciana a Italia. “Fue una licencia poética”, dijeron los productores.

Tenemos que hablar de Tom. De Tom Cruise y sus licencias. En Noche y día (2010) mezcló los Sanfermines y la Semana Santa en una Sevilla delirante. Y no era la primera vez: el totum revolotum de la segunda entrega de Misión imposible (2000) incluía las Fallas y, de nuevo, las procesiones. Son pifias debidas al magnetismo de los iconos, ya sean diminutos, como el Torico de Teruel, o hiperbólicos, como la Sagrada Família de Barcelona (reciente portada de Time), que recibe unos 4,5 millones de visitantes al año y esa es sólo la punta del iceberg, los turistas que entran en el recinto; muchísimos más se quedan fuera.

El peligro de los símbolos es que se conviertan en metonimias y se confunda la parte con el todo: Gaudí con Barcelona, la Mezquita con Córdoba y el Pilar con Zaragoza. Pero las ciudades son más que el más exitoso de sus símbolos. Pamplona es más que los Sanfermines, Sevilla más que la Semana Santa y Valencia más que las Fallas.

“Tampoco Granada es sólo la Alhambra. Ni la Alhambra, sólo el patio de los Leones, aunque las instituciones se empecinan en su uso para su promoción”, se lamenta un italiano enamorado de España. Jago Sermasi pertenece a Walk in Granada, cuyo lema es “Por un turismo responsable”. Este turoperador atiende a estadounidenses que elogian la Alhambra de Málaga. Y a musulmanes que no aceptan las especifidades del Islam de Al Ándalus ni sacrilegios como las pinturas antropomorfas de la sala de los Reyes.

Muchos turistas sucumben al final ante la belleza de los valles del Darro o del Lecrín, de Sierra Nevada y su vereda de las Estrellas... Pero todos o casi llegaron atraídos por la tópica visión del patio de los Leones. La vecina Jaén se desespera por la ausencia de un imán así. En realidad, sí lo tiene. Su catedral es una perla del Renacimiento, un prodigio de la armonía, la obra de un genio llamado Andrés de Vandelvira (1509-1575). Sólo otro tesoro, pero este del gótico, le puede hacer sombra, la catedral de Burgos. Y los argumentos de Jaén no se acaban ahí. Le sobran hechizos. Los Baños Árabes medievales (los más grandes y mejor conservados de toda Europa), la judería, los palacios y castillos mudejares y renacentistas, las casas señoriales del siglo XVIII...

A los atractivos monumentales hay que añadir los naturales. El parque natural de las sierras de Cazorla, Segura y las Villas, el océano de los olivos, Sierra Mágina, Despeñaperros... “¿Qué estamos haciendo mal?”, se pregunta la guía Eva María de Dios Martínez cada vez que escucha: “Venimos a Jaén porque es la única capital española que nos quedaba pendiente. La hemos dejado para el final porque aquí hay poco que ver”.
¿Poco?

¿Por qué algunos destinos corren el riesgo de morir de éxito y otros no tienen tanta suerte como se merecen? Walk in Granada defiende la Alhambra (récord de visitantes en el 2018: más de 2,7 millones de personas y, como en la Sagrada Família, esas son sólo las que entran). Y las postales del Albaicín y el Sacromonte (que los norteamericanos llaman Sacramento), pero Jago Sermasi y sus compañeros luchan contra los encasillamientos. Su último intento es una novedosa ruta olfativa que matiza la rima de Francisco de Icaza (“Dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada / como la pena de ser ciego en Granada”). También el olfato puede guiar al viajero. 

Y el oído. ¿Puede hacerlo el oído? El niño que buscó en el periodismo momentos irrepetibles, aventuras y viajes se puso a buscar respuestas con el eco de unas reflexiones: “Vinieron a Granada por el tópico y descubrieron la realidad”. Y qué mejor lugar que un tablao para buscar la verdad tras el cliché. Un imprudente podría pensar que un local flamenco en la Rambla, el kilómetro 0 de Catalunya, es el oxímoron perfecto.
Esto promete. En la oscuridad de la sala, en primerísima fila, hay un grupo de asiáticos. El matrimonio ideal para los amantes de los lugares comunes. Guiris y flamenco. Pues la primera, en la frente. El Tablao Cordobés no es un negocio para extranjeros, sino para amantes de la razón incorpórea, como decía el gran Antonio Mairena. Y da igual su procedencia. Muchos clientes son extranjeros, es cierto, pero lo mismo pasa en el Picasso y nadie dice que es un museo para turistas.

Por aquí han pasado y pasan los mejores. Camarón, Paco de Lucía, Farruco, el Farru, Isrrael Galván, Pastora Galván, el Junco, Jesús Carmona, Eva Yerbabuena, Manuela Carrasco, Miguel Poveda... La abogada y bailaora María Rosa Pérez, la actual propietaria, recuerda un día mágico. Ella era una niña y sus padres –la también bailaora Irene Alba y el cantante Luis Pérez, Adame– dirigían entonces el establecimiento. En el escenario cantaban Fernanda y Bernarda de Utrera. Quienes las vieron creerían que Miguel Hernández escribió estos versos para ellas: “Bravo como el viento bravo, leve como el aire leve”. 

¿Qué sabrán de todo esto los chinos de la primera fila? ¿Y los rusos, los estadounidenses o los británicos que se mezclan con el público local? Seguramente, nada. Y qué más da. Con el flamenco pasa como con el colesterol, que lo hay del bueno y del malo. Y el lenguaje del bueno es universal. La mirada del turista no es tan diferente a la nuestra. El mismo pellizco.

Antes del espectáculo, un virtuoso gaditano, David Palomar (“Pa mujeres bonitas / las de mi Caiz”), calienta su piano. La voz. En otro camerino, la bailaora Sara Barrero acaricia las golondrinas que pronto echarán a volar de sus manos. Asegura David Palomar que “hay momentos de éxtasis en que uno no sabe ni dónde está”. “Era la misma / pena cantando / detrás de una sonrisa”, dijo Lorca.

¿Fue el día del reportaje testigo de uno de esos fogonazos? “Ahora cinco minutos extra de tanguillos de Cádiz para que all the people, tutti il mondo, nos haga fotos”, concedió David Palomar al final de la actuación, mientras exhibía su móvil.
Y todos le obedecimos.