El niño que quiso reinar

¿Genio o payaso? El primer ministro británico, Boris Johnson, es un personaje con múltiples caras, difícil de catalogar. Culto, simpático y europeísta durante sus años de alcalde de Londres; hoy encabeza la línea más dura del Brexit con polémicas decisiones que han sido calificadas de “golpe a la democracia”

En el enmoquetado comedor del Trefeddian Hotel, frente al campo de golf de Aberdovey, en la ventosa costa noroeste de Gales, un grupo de jubilados de clase media leen a la hora del desayuno el Times y el Daily Telegraph, biblias conservadoras del Reino Unido. Es un día lluvioso del mes de agosto y Boris Johnson planea en secreto con su núcleo duro (Dominic Cummings) suspender el parlamento para proteger la estrategia de salida de Europa sin acuerdo... Ajenos a esa conspiración palaciega que la oposición acabará calificando de “golpe a la democracia”, una de las señoras, que podría haber interpretado a la gemela de la abuela de Downton Abbey, levanta los ojos del diario y tras un sorbo a la taza de té afirma: “Creo que Boris puede ser nuestro nuevo Churchill”; otra de las damas le replica sin mucho entusiasmo: “será un inútil como primer ministro”.

Esta conversación retrata una de las características que desde su infancia han acompañado a Alexander Boris de Pfeffel Johnson (Nueva York, 1964) –un británico muy americano y con sangre francesa, turca y alemana– como una soga al cuello y que no dejan de atormentarle: provoca admiración o repulsa, aplauso o crítica, sin término medio, ni matices. Fue el político más popular y querido del Reino Unido como alcalde de Londres durante los Juegos Olímpicos del 2012 (¡Boris, Boris! clamó el estadio); ahora con sus maniobras para un Brexit duro tiene el honor de ser el dirigente más odiado desde Tony Blair.  El semanario The Economist plasmaba esa dualidad en una de sus portadas del pasado mes de junio. Con medio rostro de Johnson pintado como un payaso, se preguntaban en el titular “¿Qué Boris tendrá el Reino Unido?”.

Con los años ha ido construyendo un personaje excéntrico, campechano, un antidandi intelectual, con el que se ha ganado el cariño de muchos británicos y la incompresión lejos de las islas

Payaso o genio. Tal vez las dos cosas. Y muchas más, porque la oscilante personalidad del líder conservador (una de sus amantes dijo que tenía la cabeza “repleta de remolinos” y no precisamente en el pelo), así como su heterodoxa carrera política, en la que fue capaz de ganar la alcaldía de un bastión laborista con un discurso europeísta y cosmopolita, para ahora ponerse al frente de los halcones anti-Bruselas, resulta difícil de etiquetar. Sólo echando la mirada atrás, a la infancia y los años de adolescencia, se puede entender algo un personaje con tantas aristas. Él mismo admite la influencia que ha tenido su entorno familiar de acomodada bohemia intelectual, así como su paso triunfal –consiguió encandilar a profesores y alumnos–  por dos de los centros que han forjado durante siglos a las élites británicas: el colegio Eton y la Universidad de Oxford. Lloyd Evans, uno de sus compañeros, lo define en el libro biográfico que escribió Andrew Gimson como un “líder de guerra”, una “de los dos o tres personas más extraordinarias que he conocido, la gente adoraba su liderazgo”.  

Pero antes de esos días universitarios de vino, rosas y Homero (uno de sus autores de cabecera), hay que poner la lupa sobre la niñez de Boris, con el mismo pelo rubio desordenado, sus torpes maneras y la mirada entre burlona y nostálgica, siempre próximo a una familia que había actuado como un clan hasta que irrumpió el Brexit en escena. Hasta los ocho años tuvo que mudarse en 32 ocasiones, entre Europa y Estados Unidos, debido a los empleos de su padre Stanley (político, escritor, mujeriego…). Un periodo en el que emergen dos rasgos de su personalidad que todavía hoy le acompañan. Uno es su competitividad, una obsesión casi enfermiza por ser el primero, ganar, dar la respuesta acertada…  “Seré el rey del mundo”, aseguraba a sus allegados cuando era un niño retraído y poco sociable por una sordera pasajera. La otra característica es un deseo irrefrenable de ser querido, amado por todos, también por aquellos que lo critican y rechazan.

“Ve la vida como una competición y él quiere estar en la cima”, ha confesado su hermana Rachel, política y periodista también y estrella en varios reality shows, conservadora pero que hizo campaña contra el Brexit.  Como también su otro hermano político, Jo, quien dimitió el 5 de septiembre como viceministro porque no podía resistir la “división entre la lealtad familiar y el interés nacional”. Un duro revés para Boris, que durante años hizo gala de la unidad familiar, también de ganarse el apoyo de sus equipos de colaboradores.  “Conseguía que todos los que trabajábamos con él se sintieran bien”, explica en un documental de la BBC una antigua asistente en Londres respecto a su papel de charming man, que tanto le ha servido para sobrevivir a numerosas crisis.
Pero con Boris siempre hay un matiz, un trazo tembloroso que altera el retrato. Su antigua compañera en la oficina del Telegraph en Bruselas, Sonia Purnell, en su biografía Simplemente Boris, explica que pese a inspirar simpatía y lealtad entre los que le rodean, “nunca devuelve el favor, es un tipo amigable pero rara vez amigo”.

Conserva desde pequeño dos obsesiones comunes en muchos dirigentes: ganar siempre en todo y a todos; ser querido y aplaudido, también por aquellos que lo detestan y critican 

Nadie se acaba de fiar del todo de Boris Johnson, nadie le toma en serio. ¿Genio o payaso? La gran duda que tienen muchos británicos y las cancillerías europeas. Desde pequeño todo apuntaba a que iba a ser un niño prodigio, muy influenciado por su madre, Charlotte, pintora, bohemia, extremadamente cariñosa, que cultivó su lado más artístico –también la ironía como escudo frente al mundo–, y cuyo internamiento en un hospital por una crisis nerviosa en 1974, previa a la separación de su marido, es una de las heridas sobre las que el primer ministro, siempre tan locuaz, guarda silencio. 

Las anécdotas sobre la genialidad infantil de Boris son interminables. Toby Young recuerda en un detallado perfil en la revista Quillette como con diez años, durante unas vacaciones en Grecia, preguntó a un grupo de académicos si podía jugar con ellos al Scrabble. La primera vez que les ganó pensaron que había sido suerte, luego el asombro fue general al salir victorioso partida tras partida. Una capacidad intelectual que exhibe siempre que puede, utilizando referencias históricas en sus intervenciones, así como frases en latín y griego. Ilustrativo es el delicioso debate que mantuvo sobre las diferencias entre la Grecia clásica y Roma con la historiadora Mary Beard. Un toma y daca (Boris defendió a Grecia y “su espíritu de libertad”) de más de una hora y media, sin papeles, ni apuntes… “Es un hombre educado e inteligente, con mucho encanto personal. Y se ha convertido en un tarugo populista de la peor calaña”, ha declarado recientemente el escritor Ian McEwan. 

Es en las patricias aulas de Eton, rodeado de jovencitos de familias incluso más acomodadas que la suya, donde Boris empieza a construir ese personaje público de despistado aire aristocrático, esnob, un antidandi algo bufón y gamberro; con ese look de recién levantado de la cama (pantalones demasiados anchos, camisas arrugadas…) tras una larga velada en un selecto club, que le hizo muy popular entre sus compañeros y profesores. Un personaje que bebe de Churchill –su modelo, casi una obsesión– y con el que sigue seduciendo a millones de compatriotas y que, en cambio, es tan incomprendido fuera de las Islas Británicas,  donde a menudo se le presenta como un personaje cateto, torpe, el reverso inglés de Donald Trump.

Admite tener un ego insaciable, una suerte de escudo que le ha permitido sobrevivir a polémicas políticas y escándalos sexuales  

Si a su familia les confesó tempranamente que quería ser el “rey del mundo”, a sus compañeros en Eton les hablaba de otro sueño, ambicioso pero más factible. “Entre bromas, pero con la cara seria, nos avanzaba que algún día entraría el 10 de Downing street”, recuerda un viejo etoniano, hoy empresario de éxito. El escritor y crítico literario James Wood, también compañero de Boris en el centro, ha retratado en London Review of Books el ambiente de nostalgia por un pasado imperial que se vivía y que se detecta hoy en muchas de las posiciones ideológicas del primer ministro y su gabinete. “El director nos dijo que el etoniano es alguien que puede entrar a cualquier habitación, mezclarse con cualquier grupo social, sentirse tranquilo y tranquilizar a los demás”, explica Wood sobre unos códigos de conducta que Boris ha sabido adaptar a la perfección durante una carrera plagada de gestos sorprendentes. Mitad ocurrencias, mitad genialidades, como cuando después de las revueltas de Londres en el 2011, transformó las quejas de los vecinos en ovaciones al coger una escoba y empezar a limpiar la calle de los desperfectos causados.    

En Eton, Boris fue elegido capitán (figura parecida a la de delegado) y tuvo bajo sus órdenes al ex primer ministro David Cameron, empezando entre ellos una historia de amor y odio. Mientras Cameron era un discreto y guapo alumno, Johnson se convierte en una desbordante celebridad de la institución; como también atesora fama en Oxford. En la ciudad universitaria, tras fracasar en su primera intentona, se hace con la presidencia de Oxford Union (logra convencer tanto a los estudiantes conservadores como a los laboristas), una sociedad de debate fundada en 1823 en la que se han fogueado muchas clases dirigentes. Además gana en seguridad social y empieza a descubrir sus dotes seductoras con las mujeres. Conocerá a quien será su primera mujer, la rica y popular heredera Allegra Mostyn-Owen, con quien se esposará nada más graduarse en 1987, inaugurando una larga lista de matrimonios, romances e hijos. 

Lejos ya de las magnas aulas, Boris se topa con la indiferencia de la dirección del Times cuando recién licenciado decide trabajar como periodista. Ni su carrera académica ni su peculiar personalidad seducen a los veteranos periodistas. Pese a sus influyentes padrinos sólo consigue un empleo como becario del que es despedido al poco tiempo por haber “reforzado” un artículo con una declaración inventada. Este es su primer escándalo público. No será el último. Pero lejos de avergonzarse –sí ha admitido que fue un “grave error” que sus adversarios políticos siguen esgrimiendo como el temprano ejemplo de su falta de escrúpulos–, no tarda en ser fichado por The Daily Telegraph, que le premia con la corresponsalía de Bruselas en 1989. Tenía 25 años.  

Admite tener un ego insaciable, una suerte de escudo que le ha permitido sobrevivir a polémicas políticas y escándalos sexuales  

En la capital política y administrativa de Europa, Boris encuentra el escenario ideal para ganar en notoriedad e influencia, con impactantes noticias plagadas de exageraciones e inexactitudes, presentando la Unión Europea como una oscura madriguera de burócratas vagos e incompetentes, y con agresivas preguntas en las ruedas de prensa. El “estilo Boris” le convierte en estilete del discurso antieuropeo de un sector del ala tory, amén del periodista preferido de Margaret Thacher. Los corresponsales extranjeros que compartieron horas de trabajo y alguna copa con el británico se dividían entre los que le consideran un brillante y divertido polemista –capaz de recitar de memoria poemas de Shakespeare en la barra del bar–, pero poco riguroso y siempre dispuesto a disparar contra la UE,  y quienes lo veían un “loco” peligroso que actuaba como un publicista de sí mismo. 

Precisamente, el director del Telegraph que lo salvó tras ser despedido, Max Hastings, y que no tuvo reparos en aprovecharse de su periodismo sensacionalista, ha sido después uno de los críticos más feroces. En un artículo en The Guardian lo calificó de divertido showman pero “cobarde” e incapaz de gobernar un país porque “no le interesa nada más que su propia fama”. Toda la carrera periodística, que continuará ya en Londres en 1994 como columnista del Telegraph y agitador de tertulias televisivas, será una mezcla de provocación y activismo político, combinando incluso la dirección del  semanario Spectator con su entrada en el parlamento en el 2001.

Son años en los que acumuló  una retahíla de escándalos sexuales, ocupando portadas de tabloides, y una conversación telefónica con un amigo sobre la posibilidad de dar una paliza a un periodista incómodo. Cualquier otro hubiera visto su carrera profesional truncada, pero no Boris, siempre inmune a todo revés, merced a un ego que reconoce que es “insaciable” y que le permitirá sobrevivir a puñaladas de propios y extraños. 

Sin convicciones firmes, supo ver que el Brexit era una oportunidad para derrocar a David Cameron, viejo compañero en Eton 

Cuando en el 2005 Cameron asume el liderazgo de los conservadores y es elevado a los altares como el anti-Blair, entiende que Boris intentará robarle algún día el trono. Es el único diputado tory con voz propia y tirón mediático, por lo que optará por tenerlo siempre cerca, pero en un segundo plano. Lo sitúa como portavoz de educación en su gobierno en la sombra para hacer oposición a Blair y no dudará, después, en sacrificarlo en el 2007 entre sonrisas y muestras de apoyo con un destino envenenado: pelear por la alcaldía de Londres, fortín laborista. En esa lucha por el control de la metrópolis emerge, no obstante, un Boris muy diferente al actual: cosmopolita, europeísta, pro inmigración (con extravagancias y gestos populistas muy aplaudidos); cosecha su primer éxito político y se sitúa en la avanzadilla de la marea conservadora que llevará a Cameron a Downing Street. 

El papel, de nuevo secundario, que le reservará Cameron, un ministerio sin cartera en el 2015, su deseo de protagonismo y su instinto de supervivencia le empujarán a dar un cambio radical a su discurso respecto a Europa. Johnson conocía como pocos las corrientes antieuropeas de la sociedad británica (que él alimentó desde Bruselas) y cuando Cameron, ese chico que siempre le pareció “tan poquita cosa”,  decide convocar el referéndum, Boris huele la oportunidad de ponerse al frente de un movimiento que puede llevarse por delante al primer ministro y arrasar con un partido al que se siento ajeno –“escoger un partido es como escoger un caballo, hay que elegir el rocín que te lleve más lejos y más rápido”– y un establishment que lo ha tratado con cierto desdén. 

Junto a Cummings, el cerebro de la campaña del Leave, explotará su repertorio más tramposo: mentiras, cifras y consecuencias del divorcio con Bruselas exagerados, paseos por Londres en  un autobús con un lema tan grande como falso: “UK envía a diario a la UE 350 millones de libras” y martilleará sin piedad a los conservadores y laboristas que quieren seguir en Europa. Un juego tan sucio como eficaz. Boris fue el gran vencedor del referéndum del 2016, aunque Theresa May se cruzara en su camino, pero tres años después ha dilapidado el cariño que se ganó como alcalde de Londres. 

Muchos antiguos votantes y compañeros se preguntan hacia dónde dirige al Reino Unido, mientras él persiste en grandilocuentes discursos, llamadas a la unidad y la promesa de que el 31 de octubre abandonarán, con o sin acuerdo, Europa.

El indescifrable Boris quizá puso algunas claves negro sobre blanco en su ensayo sobre Winston Chuchill, al que ha elevado hasta la parodia como ejemplo a seguir. El factor Churchill utiliza la figura del iconónico líder para plasmar una  filosofía de vida  –“un sólo hombre puede marcar toda la diferencia”– y recuerda como tuvo que hacer frente en 1940, para acceder al cargo de primer ministro, a las reticencias de su propio partido –“era considerado un oportunista, chaquetero, fanfarrón, egoísta, bribón, cateto, granuja...”–. Boris parece justificar así no sólo su actuación ahora como primer ministro, sino también un código moral que le permite elevarse por encima de la norma en pos del bien final del pueblo británico.

Muy criticado en su juventud, Churchill voltéo esas impresiones iniciales hasta ser una leyenda. Resta por ver, si dentro de unas décadas alguien escribirá un ensayo llamado El factor Boris, cantando sus hazañas o no pasará de ser la oscura crónica del dirigente más nefasto de una de las democracias más antiguas del mundo. 

DOMINIC CUMMINGS

El anarquista del algoritmo

El presente y futuro del Reino Unido serían muy diferentes sin Dominic Cummings (1971), apodado el Rasputín de Boris Johnson. Si este estratega político, licenciado en Historia Antigua y Moderna en Oxford, no se hubiera puesto al frente de la campaña del Leave,  el Brexit, como apuntaban toda las encuestas, seguramente no hubiera sido la opción más votada y Johnson no sería hoy el primer ministro. Calificado por David Cameron como un  “psicópata”, por sus propuestas y decisiones en su etapa de asistente de Michael Gove en el departamento de Educación, Cummings actúa como asesor plenipotenciario de Boris, quien le ha confiado su futuro con dos misiones: conseguir que el Reino Unido abandone la UE el 31 de octubre y preparar las próximas elecciones. Cuenta para ello con una base de datos descomunal que recogió durante la campaña del referéndum, en la que trabajó con la oscura Cambridge Analytica, de cuya interpretación  apostó por plantear esa consulta en términos estrictamente sentimentales, con su lema “recuperemos el control”, mientras la campaña europeísta se esforzaba en explicar los datos negativos que supondría ese divorcio. Temido tanto por los diputados de la oposición como por los conservadores, Cummings es más un intelectual que un estratega al uso; un filósofo tecnoanarquista, un libertario del algoritmo que odia el sistema –de ahí su obsesión por sacar al Reino Unido de la Unión Europea– y las viejas clases dirigentes. Sin una ideología política clara (en el eje clásico de la izquierda-derecha), muy vinculado con el pensamiento embrionario de Silicon Valley –su blog está repleto de extensas reflexiones sobre el uso de las nuevas tecnologías, el big data y la gobernanza con estrategias a largo plazo–, cree en  la necesidad de demoler las estructuras actuales para construir nuevas instituciones más capacitadas para solucionar los problemas y desigualdades del siglo XXI.