Nuevos rasgos para una nueva sociedad

La inmigración ha traído a España el mestizaje. Cada vez hay más parejas mixtas, más recién nacidos de un cónyuge español y otro extranjero y más adopciones. Esta evidencia empieza a modificar el rostro estereotipo que identificaba a los pobladores de la península Ibérica

La oleada migratoria que ha recibido España este siglo ha llenado los patios de los colegios de cabecitas de todos los colores y ha motivado que convivir con una persona nacida a miles de kilómetros sea algo normal. La mayoría llegó con el cambio de siglo. Y su impronta genética es todavía débil, pues los hijos de la primera generación de migrantes que llegaron a España en los años noventa del siglo XX son todavía tan jóvenes como Ibra Ndiyae, un senegalés espigado de 17 años a quien no importaría que su futura mujer fuera valenciana. “Me gustaría formar una familia aquí”, admite este alumno de español de la Universidad Popular de Valencia.

Hace algunos años, la revista Time dedicó su portada a una seductora mujer mestiza con el titular La nueva cara de América. Sus ojos, con un leve toque hindú o tal vez hispano, el color de su piel, más cetrino que el de la mayoría de los anglosajones, y el vigor de su cabello, transmitían la sensación de estar frente a alguien familiar, que podría vivir en una ciudad multirracial como Los Ángeles, Toronto, Londres, París o Barcelona.

La portada de la revista quiso reflejar que vivimos en una sociedad globalizada de fronteras borrosas, que intenta integrar en una sola cultura tradiciones y creencias diferentes. Sin embargo, pese a esta retórica, el mestizaje todavía está mal visto en muchos lugares. La imagen de Time fue creada por ordenador a partir de fusionar fotografías de diferentes grupos poblacionales, ya que la palabra raza está dejando de formar parte del vocabulario científico. “Hay una sola raza, la humana”, explica Manuel Pérez-Alonso, catedrático de Genética en la Universidad de València y autor de tres investigaciones publicadas en la revista Nature. De promedio, “cada uno de nosotros es más de un 99% idéntico genéticamente a cualquier otra persona; hay menos de un 1% de variantes genéticas que nos diferencien”, dice.

El reto de visualizar qué aspecto tendremos conforme la mezcla entre los diferentes grupos étnicos vaya en aumento lo abordó también la revista National Geographic en el 2013. El resultado no fue combinar capas usando Photoshop, sino un compendio de fotografías reales que pretendían poner rostro al ciudadano “promedio”, según las estimaciones de la Oficina del Censo de EE.UU., del año 2060.

Acometer este proyecto en España comporta no pocas dificultades. Los hijos nacidos aquí de migrantes forman todavía la segunda generación, cuando en la mayoría de países de nuestro entorno (Francia, Gran Bretaña, Alemania, Bélgica…) existen ya terceras, cuartas y quintas generaciones. Pese a ello, estos jóvenes de unos 20 años son la punta de lanza de un fenómeno nuevo que está cambiando el paisaje social y que se ha repetido muchas veces a lo largo de la historia.

El Instituto Nacional de Estadística (INE) indica que los niños nacidos de una pareja mixta (un integrante de origen español y otro extranjero) han pasado de ser un 1,81% en 1995 al 10,1% en 2017, porcentaje que se supera en comunidades autónomas como Baleares (15,7%), Catalunya (14,1%), Madrid (13,0%) y Canarias (11,9%) y, sobre todo, en Ceuta (26,6%) y Melilla (30,5%).

 

La incidencia relativa de los matrimonios mixtos es mayor en entornos rurales que en grandes urbes, en contra de los que podría pensarse

Es curioso observar cómo se comportan los extranjeros a la hora de tener descendencia en España. Así, mientras hay comunidades muy cerradas, caso de la pakistaní o la china, que en más del 85% de los casos alumbran un hijo con un compatriota, entre los italianos, rusos, colombianos o argentinos residentes en España sucede lo contrario: lo habitual es que la madre o el padre sean españoles.

Según una tesis sobre inmigración y matrimonios de la demógrafa Joana Serret, desde que los extranjeros llegaron en masa a finales de los años noventa hasta que acabó la bonanza económica en el 2008, la mayoría (el 60%) de los hombres españoles que se unieron a inmigrantes lo hicieron con mujeres de América Latina. Las españolas que se unen a extranjeros,  en cambio, se inclinan más por europeos.

“Cada vez más, los hombres buscan a mujeres que ‘ya no existen’, mientras que las mujeres se inclinan por hombres que ‘aún han de existir’. Una manera de resolver esto es juntarse con alguien llegado de más allá de nuestras fronteras”, sugiere Albert Esteve, director del Centro de Estudios Demográficos y autor de diversas investigaciones en revistas internacionales de referencia. “Mientras los hombres españoles –precisa– buscan a un tipo de mujer más tradicional que probablemente está dejando de existir en España, las mujeres aspiran a encontrar a hombres más modernos todavía que los suecos en cuanto a su concepción de la pareja”.
“También se observa que comienza a haber un grupo de mujeres que replica el modelo de hombre de mediana edad que se casa con mujeres mucho más jóvenes”, desliza.

Contra lo que se pudiera pensar, el epicentro del cambio genético que está empezando a tener lugar en España no está en las grandes urbes. “La incidencia de los matrimonios mixtos es más elevada en entornos rurales. Si miramos solo a los hombres, probablemente donde más se mezclan con mujeres de origen extranjero, en términos relativos, es en pueblos de menos de 500 habitantes”, anota el experto.

Sin embargo, aunque el 14,7% de los matrimonios que se celebran  en España son mixtos (un porcentaje que crece con las segundas nupcias y las parejas de hecho) el rastro biológico que dejan estos enlaces es todavía pequeño. En el momento de llegar a España acostumbra a haber una explosión de la tasa de fecundidad entre las mujeres extranjeras (más que nada, porque tras permanecer separadas, tienen oportunidad de volver a juntarse con sus parejas), pero al cabo de un periodo, cuando se desvanece el efecto llegada, mimetizan las tendencias de los autóctonos a la hora de tener hijos. 

Hoy, si la tasa de fecundidad de las españolas se sitúa en 1,25 hijos por mujer (la más baja desde 1941), en el caso de las de origen foráneo asciende a 1,70. Eso sí, salvo las ciudadanas chinas, el resto de mujeres nacidas fuera tienen, en promedio, menos hijos en España que las tasas de sus países de origen. 

“La prueba de fuego del mestizaje no se produce en la primera generación (pues muchos emigrantes llegan con pareja y sin conocer el idioma), sino con los hijos de esa primera generación nacidos en España”, indica Esteve.

Otra fuente de diversidad son las adopciones. Entre 1997 y 2017, un total de 54.792 niños de otros continentes (con Asia, Europa del Este y África a la cabeza) han sido adoptados por familias españolas. Para los expertos, será interesante observar hasta que punto el peso de sus rasgos físicos y del color de su piel se neutralizarán en España. O lo que es lo mismo: cuáles serán las pautas de emparejamiento de estos niños –de, por lo general, familias de clase media con un cierto nivel educativo, pero con recorridos vitales distintos– en sus interacciones con los nacidos aquí.



“Lo que es evidente es que a mayor mezcla, habrá mayor variedad en el color de la piel, el de los ojos y en el tipo de cabello de los españoles: cuando se juntan dos poblaciones distintas siempre aumenta la variación genética”, interviene Francisco Rodríguez-Trelles, miembro del grupo de Bioinformática de la Diversidad Genómica de la Universitat Autònoma de Barcelona.



Ana María López, investigadora del grupo de Genética Forense y de Poblaciones de la facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, está de acuerdo: “A nivel teórico, prevemos que cada vez se incrementará más el mestizaje. Si introduces genomas distintos, el resultado es un incremento de la variabilidad. Tendremos una gama más amplia: más gente con diferente color de pelo  (más tonos castaños, más tonos dentro de los rubios, de pelirrojo)”, explica. “Lo mismo ocurrirá con los ojos. Hasta no hace tanto, el color preponderante en la población española era el marrón. A partir de ahora, habrá más gente con ojos avellana, ámbar, verdes, azules o grises. ¿Cuánto tiempo tardará ese proceso de mestizaje? La verdad es que nadie lo sabe…”, responde López.

Otro tanto ocurrirá con el color de piel. A diferencia del tono mayoritariamente blanco de la generación de baby boomers, diversos estudios señalan que la piel, el pelo y los ojos de los estadounidenses se oscurecen cada año por el mestizaje, lo que provoca comportamientos tan insólitos como los de algunos defensores de la jerarquía racial, que cuelgan en las redes sociales fotografías bebiendo leche para reafirmar su blancura y probar la superioridad de los caucásicos frente a asiáticos o africanos, que no digieren tan bien la leche, según denunciaron especialistas en genética reunidos en un congreso en San Diego (EE.UU.) Lo cierto es que es una interpretación equivocada, ya que se dio la misma mutación entre los pastores del este de África.

“Al margen de los cambios que puedan estar registrándose en el aspecto físico, cada vez somos una sociedad más global en lo cultural, religioso y lingüístico”, indica Francesc Calafell, investigador del Instituto de Biología Evolutiva, centro ligado al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y a la Universitat Pompeu Fabra.

Para los expertos, ningún muro, por alto que fuera, podría tapar esta realidad incipiente en España, aunque a día de hoy sea imposible pronosticar en qué medida y a qué velocidad evolucionará el mestizaje con los seis millones de nacidos en el extranjero.

Históricamente, tanto españoles como portugueses han tendido a mezclarse con población de procedencias geográficas dispares, especialmente durante la conquista de América. Pero los ejemplos de libro de mestizaje no son de países, sino de ciudades como Hong Kong, Singapur o Manhattan, en Nueva York.

Lo que parece claro, indica Ana María López, es que intentar hacer un retrato robot del tipo medio puede que no sea lo más adecuado, “cuando lo que más se incrementa en España es la variabilidad”, dice.
En lo que hay coincidencia es que este proceso podría beneficiar a nuestra genética. “El mestizaje –señala Pérez-Alonso¬ es la mejor opción que puede tener una pareja que pretenda fundar una familia. Juntarse con alguien procedente de un lugar del planeta lo más alejado posible, provoca generalmente que los hijos experimenten un fenómeno biológico llamado en genética vigor híbrido y que se traduce en que los hijos tengan una probabilidad más baja de padecer enfermedades genéticas”.

“El mejor antídoto contra el racismo –opina Rodríguez-Trelles– es buscar en el árbol genealógico e ir atrás en el tiempo. En la mayoría de casos, lo que se desprende de los registros parroquiales y civiles es mestizaje y ancestros procedentes de lugares alejados del lugar donde se viva ahora”. Una historia que arranca en África hace miles de años, que hace escalas en las civilizaciones que nos han precedido (musulmanes, judíos, visigodos, celtas, fenicios…), hasta fundirse con la instantánea de la España actual. 

¿Quién se empareja con quién?

En los últimos años, diversos estudios han analizado cómo se emparejan los ciudadanos españoles y los venidos de otro país, como las tesis doctorales “Flores de otro mundo: inmigración internacional y mercados matrimoniales. España en perspectiva comparada”, de Joana Serret y “¿Quién se empareja con quién?”, de Clara Cortina o también análisis del Centro de Estudios Demográficos a partir de datos del INE. Así, se ha constatado que los hombres españoles que se unen con mujeres originarias de otros países lo hacen, en su gran mayoría, con aquellas procedentes de América Latina (más del 60% de casos), de Europa del Este (15%) y de África (8%). En cambio, las mujeres españolas se decantan a la hora de emparejarse con forasteros por hombres europeos (de Francia, Alemania, Italia...) En municipios menores de 500 habitantes, los hombres españoles se casan principalmente con brasileñas y rumanas, mientras que en ciudades de más de un millón de habitantes lo hacen con colombianas y ecuatorianas. En cambio, las españolas se casan en los municipios más pequeños sobre todo con franceses y argentinos. Otro dato es con quién se tienen hijos: El 61% de los italianos que tuvieron un hijo en España, por ejemplo, lo hicieron con una española, mientras que solo el 17% fue con otra italiana. Otro tanto sucede con los argentinos: sólo el 13% de hombres y el 14% de mujeres que tuvieron un hijo en España fue con un compatriota. En cambio, el 97% de los hombres y el 91% de las mujeres originarios de China tienen descendencia con personas de la misma nacionalidad. Algo similar ocurre con los inmigrados de India, Pakistán y Marruecos. Entre 2002 y 2016, 317.327 hombres españoles tuvieron un hijo en el país con una mujer de otro origen y  256.844 españolas alumbraron un bebé con un padre procedente del extranjero.

¿Algunos grupos poblacionales tienen una genética más fuerte?

Priyanka Yoshikawa, Miss Japón 2016, hija de madre japonesa y padre indio, fue criticada por algunos nipones que le reprochaban no ser una japonesa “pura”. Pese a ser nativa de Tokio, veían en su cara a una hindú, lo que originó un debate: ¿Los rasgos de algunos grupos poblacionales son más fuertes que los de otros? “No hay grupos poblacionales que tengan genéticas más fuertes, esto no existe”, aclara Ana María López, investigadora de la Complutense, “lo que ocurre es que nos fijamos más en lo que nos diferencia que en lo que nos une”.

Los hijos de matrimonios mixtos ¿se parecen más fenotípicamente al padre o a la madre?

“Heredamos una mitad de nuestro genoma de la madre y la otra del padre. Esto significa que cada uno de ellos sólo nos transmitió una mitad de su genoma. Pero determinar qué genes concretos van en la mitad transmitida depende del azar”, contesta Francisco Rodríguez-Trelles, de la Autònoma de Barcelona. Por este motivo, es muy complejo predecir la trasmisión de un rasgo u otro. Algunos genetistas comparan este fenómeno con el acto de barajar las cartas. 

¿Hay rasgos faciales que se hereden en mayor medida?

No. Aunque alguna investigación sugiere que hay facciones que se heredan en mayor grado, caso de los pómulos, la punta de la nariz y los extremos de ojos, los expertos aclaran que heredamos absolutamente todo. “Otra cosa es que se manifieste ese patrimonio genético que heredamos, pero no hay ninguna diferencia a la hora de heredar entre las diferentes partes del cuerpo”, indica Rodríguez-Trelles. En todo caso, “hay algunas variantes genéticas que son dominantes y otras que son recesivas”, añade.