Postales del antropoceno

Edward Burtynsky lleva décadas documentando el impacto medioambiental del hombre sobre el planeta. Su último trabajo, Antropoceno, es el más ambicioso y, también, el más urgente. Porque, como testimonian las fotos de este reportaje, si no hay una contundente reacción global, los daños pueden ser irreversibles.

La huella del hombre sobre la tierra es tan grande que estamos en una nueva era geológica? Para una parte de la comunidad científica, los cambios que la humanidad ha dejado sobre los ecosistemas terrestres ya marcan un nuevo periodo. Se trata del antropoceno, la edad de los humanos, a la que el fotógrafo Edward Burtynsky ha dedicado su último e impactante libro, Anthropocene, de la editorial Steidl. “Creo que el consenso general es que ya estamos en esta nueva era. Hay demasiadas evidencias que corroboran que el planeta está cambiando muy rápidamente debido a la acción del hombre”, explica el autor a Magazine, en conversación telefónica desde Canadá, donde vive. La cuestión ahora es definir el inicio de esta nueva era. Hay teorías que sostienen que empezó con el desarrollo de la agricultura, otras que afirman que fue con el descubrimiento de América, y otras, con el inicio con la revolución industrial. De todos modos, como señala Burtynsky, hay un momento clave con el que muchos parecen estar de acuerdo: el de la primera detonación nuclear —la prueba Trinity—, en Nuevo México, en 1945. “Fue la primera bomba nuclear que explotó en el mundo. Desde entonces hubo unas dos mil más –contando, naturalmente, las de Hiroshima y Nagasaki–. La era nuclear fue abrazada por muchos países, y esas dos mil explosiones crearon una nube radionuclear bastante uniforme, que se posó sobre el planeta. Su marca está en el hielo, en los corales… En todas partes. Es la que muchos científicos consideran la más adecuada para señalar el antropoceno”.

¿Cuando empezó esta? Hay varias teorías, en el nacimiento de la agricultura, el ‘descubrimiento’ de América, la revolución industrial o los ensayos nucleares


Un marca minúscula en el registro geológico que es mucho más visible en la fisonomía de la tierra: sobre llanuras, montañas, mares, ríos, costas y otros paisajes que el hombre ha alterado con una efectividad casi suicida. Esta destrucción es el hilo conductor del trabajo de Edward Burtynsky desde sus inicios como fotógrafo, a finales de los setenta. Fue entonces cuando, acabados sus estudios, conoció algunas de las industrias madereras y mineras más potentes de Canadá. “Al principio estaba interesado en el paisaje, pero pronto empezó a interesarme cómo se alteraba ese paisaje”. Cómo desaparecía la naturaleza prístina y salvaje que tanto había disfrutado de adolescente en su Ontario natal. Allí, en las excursiones a la montaña, aprendió a apreciar un entorno sin mácula. “Pero un día supe que, 12.000 años antes de que yo estuviera allí, pescando, en lugar de los lagos y los árboles de los que disfrutaba había una capa de hielo de tres kilómetros de espesor que recubría la tierra... Me di cuenta de que todo el planeta es un sistema dinámico, que cambia continuamente. Quizás por eso siempre he estado interesado en plasmar cómo el hombre lo está transfor­mando”.

Una transformación cada vez más acelerada, eficiente y a mayor escala, que se refleja en sus impecables fotografías, tomadas en cuatro continentes. Aunque los cambios, explica, son especialmente patentes en la mayoría de los países occidentales y en China: “Si vuelas sobre Europa o Estados Unidos ves que el paisaje está dominado por el hombre: ¡todo lo que puede ser una granja es una granja! En China, el deterioro del ecosistema ha sido muy dramático y rápido: si vas a la frontera este no verás un bosque ni nada que se asemeje a lo que la naturaleza creó para esa zona”, lamenta. 

La agricultura, la actividad transformadora del paisaje más intensa, está plasmada en su libro. A través de fotografías aéreas de los invernaderos de El Ejido, en Almería, cuyas casi 40.000 hectáreas de plástico comparten páginas con las grandes extensiones de selva en Malasia arrasadas para plantar aceite de palma. También hay capítulos dedicados a los efectos de la urbanización: de los inacabables barrios de chabolas en Lagos y Bombay a las autopistas de varios carriles en California, que dividen el paisaje como inmensas cicatrices de asfalto y cemento. La industria extractiva tiene asimismo un espacio relevante: imágenes a vista de pájaro de las enormes refinerías de petróleo en Texas, de las minas de fósforo en Florida y de los ríos contaminados por la extracción del petróleo en el delta del Níger. Los efectos del fracking en el paisaje y las montanas talladas como escaleras gigantescas, fruto de la minería de carbón, son otros de los paisajes del antropoceno que brinda Burtynsky. Sin olvidar los inmensos vertederos de plásticos y otros futuros “fósiles humanos”, además de las heridas de la deforestación, otros de los temas que denuncia.

 

“En el ser humano parece no haber freno a la búsqueda de alimento, confort, cobijo y sexo. Esta insaciabilidad provoca que asaltemos el planeta”, afirma Burtynsky

El mensaje de todas las imágenes es la falta de sostenibilidad de estas alteraciones. Azuzadas, como afirma, por la codicia humana: “A diferencia de otras especies, en el ser humano parece no haber freno a la búsqueda de alimento, confort, cobijo y sexo. Las necesidades fundamentales de nuestra supervivencia hoy se buscan de forma exagerada, mucho más allá de nuestras necesidades existenciales. Y esta insaciabilidad humana ha provocado que, literalmente, asaltemos nuestro planeta”. 

Burtynsky documenta muy bien este asalto medio ambiental. De hecho, su arte y su técnica son tan buenos que algunas de sus imágenes de destrucción resultan, incluso, hermosas: ¿no es un riesgo para su objetivo de denuncia? “No lo sé –responde–. Mi forma de despertar conciencias es mediante mis fotografías: creo que tengo una posición privilegiada para hacerlo y la estoy aprovechando… Es verdad que pueden provocar una contradicción, porque las imágenes son estéticamente atrayentes pero: ¿qué hago? ¿No hago nada atractivo?”. En cierta manera la obra de Burtynsky refleja la contradicción en la que muchos vivimos: “Nadie quiere sacrificar, por ejemplo, unas vacaciones de vez en cuando, aunque nos demos cuenta de que nuestras vidas y acciones tienen un impacto en el medio ambiente. Creo que este tipo de contradicción también existe en mi trabajo. Muchos vivimos en una culpa perpetua”. 

Antropoceno forma parte de un proyecto multidisciplinar en el que también participan los cineastas Jennifer Baichwal y Nicholas de Pencier, autores de un documental con el mismo título. En el libro, hay poemas de Margaret Atwood. Lo acompaña asimismo una exposición itinerante, con un amplio programa educativo. Porque, pese a toda la destrucción de la que ha sido testigo, Burtynsky cree que todavía estamos a tiempo de salvar el planeta. “Creo que aún es posible cambiar de rumbo, que nos ajustemos. Ese es el punto clave: la sostenibilidad. Evitar la destrucción de la vida que sostiene los ecosistemas. Existe la tecnología para hacerlo; lo que falta es voluntad política y urgencia: no nos queda demasiado tiempo para corregir lo que está pasando”.