¿Qué hemos aprendido del 2017?

Qué puedes subir a recoger un Oscar aunque no lo hayas ganado. Que Donald Trump ha enfadado a casi tanta gente en el planeta como Kim Jong-Un. Que Leonardo Da Vinci sigue teniendo ases en la manga aunque lleve 500 años muerto. Que el mundo ya se mide en precuelas y secuelas. Que Nadal y Federer tienen más vidas que un gato. Que la masculinidad tóxica y violenta tiene que acabar ya. Ah, y que el cambio climático es como las meigas, algunos no lo ven, pero haberlo, haylo.

Querida lectora, querido lector, bienvenidos al último acorde del último bis del último concierto del 2017. El telón está a punto de caer sobre el escenario, pero antes de que la carroza vuelva a ser calabaza, aún queda tiempo para echar la vista atrás y recordar situaciones y personajes, hechos y anécdotas, pero sobre todo qué enseñanzas nos ha dejado el año viejo. ¿Qué hemos aprendido del goteo, ducha, lluvia, y hasta aguacero de las caras, fechas, cifras y noticias, de los tuits y tertulias con las que le han acribillado estos 365 días? El 2017 nos deja muchas lecciones, algunas universales, casi todas cíclicas, verdades que, si se olvidan, acaban por regresar y golpearnos. Con su permiso...

Es mejor prevenir que prever. Hace justo un año, Magazine le daba primero la enhorabuena por haber resistido al goteo, ducha, lluvia, etcétera del 2016 y después le daba la bienvenida y le explicaba con todo lujo de detalles y una bola de cristal casi infalible todos los acontecimientos que irían dibujando un año que se presentía movidito, y que ha acabado siéndolo más todavía. Así, la primera enseñanza del 2017 es que no todas las previsiones que hicimos el pasado 1 de enero se han materializado, aunque, para ser justos, la principal sí se cumplió: el asteroide 2012 TC4, piedra no precisamente preciosa de unos cuantos kilómetros de diámetro, pasó cerca de la Tierra, pero no impactó en ella. Y aquí seguimos, que nadie destruya el planeta… que ya lo destruimos nosotros. En todo caso, la cocina hawaiana no inundó nuestros platos como se aventuró, ni el proyecto Uber Elevate (helicópteros volantes transportapersonas) ha levantado el vuelo. Tampoco hemos podido ver Toy Story 4. Estaba previsto que se estrenara después del verano, pero, entre otras cosas, una huelga de guionistas reclamando mejores salarios la retrasó. Fans, tranquilos, para ver la nueva entrega no habrá que esperar hasta el infinito y más allá, sólo al 2019. El resto de las previsiones que dimos, casi todas acertadas. En la asignatura de Modestia, nos ponemos un sobresaliente raspado. 

Inesperados castillos de naipes. Todo, incluso los planes mejor detallados, estudiados y revisados, puede fallar. Puedes estar un año entero organizando algo que durará unas horas y equivocarte en un detalle, el último, el definitivo. En febrero, Hollywood, el fabricante de finales felices por excelencia, protagonizó uno de los guiones más rocambolescos de la meca del cine. Con la distancia, puede parecer que el colofón de la fiesta de la entrega de los Oscar estuviera preparado, es decir, que Warren Beatty y Faye Dunaway (los eternos Bonnie & Clyde) erraran el tiro a posta y leyeran la tarjeta equivocada que coronaba a La La Land como la mejor película, cuando la verdadera ganadora era Moonlight. Ya habían hablado tres de los productores, “Se lo dedico a fulanita y a menganito…” Hasta que dos minutos más tarde de leer la tarjeta, los organizadores se dieron cuenta del error. “Hay un error, Moonlight, vosotros habéis ganado el Oscar. No es broma”. En la organización rodaron cabezas. Fue un final de película azuloscuracasinegra. Muy Hollywood, pero al revés.

Desde que Hollywood se cargó el “and the winner is” nada es igual, pero de ahí a dar el premio al filme que no gana... En pleno discurso, el equipo de ‘La La Land’ dignificó la gala con su gesto: “Hay un error, ‘Moonlight’, habéis ganado, no es broma”

Todo puede ir a peor. Trump se mofó de los organizadores de los Oscar al grito de “amateurs”. Él, que en su primer año en la Casa Blanca se ha saltado todos los guiones posibles. Ha dicho y se ha desdicho. Ha prometido sin cumplir, se ha peleado con media humanidad, para luego querer congraciarse con ella. Este suplemento no se ha cansado de preguntar a científicos, escritoras, activistas sobre su comportamiento, y la respuesta siempre ha sido: “Creía que con él la cosa iría mal, pero no tanto”. Trump nos ha enseñado que la política puede ser mucho más retorcida de lo que uno pueda imaginar y que sus reglas no sirven para nada. Es una vieja historia que cuando alguien obtiene el poder o se hace rico, le aparecen amigos y familiares desconocidos. Trump, que es rico y poderoso, también hace trizas esa regla: de su equipo inicial, muchos colaboradores han sido cesados o han tenido que dimitir. La poderosa huella de su hija y su yerno ya no lo es tanto... Y sólo lleva once meses in office. En Los Ángeles ya venden camisetas con el logo “Michelle Obama 2020”.

Hay récords que no tienen límites. Hace 30 años, la sala Christie’s subastó un Van Gogh (Jarrón con quince girasoles) por 39 millones de dólares (89 de los de hoy). Una barbaridad para la época. En realidad, aquel fue el pistoletazo de salida de una escalada de precios que ha empequeñecido y dejado en el campo base aquel hito. En el mundo del arte no existe techo, ni cielo, ni galaxia desconocida, sólo hace falta que un vendedor tenga una pieza única y un comprador (la lista Forbes está plagada) que quiera darse un caprichito. Hasta el pasado 15 de noviembre, el cuadro más cotizado de la historia era Interchange, de Willem de Kooning, por 303 millones de dólares. No un Picasso, ni un Van Gogh, ni un Warhol, ni un Basquiat. Nombres que copan los grandes titulares y los golpes de maza. ¡Vendido! El segundo era el célebre Jugadores de cartas de Cézanne, por 280 millones. Cifras que han quedado a la altura del betún después de los 450 millones que el heredero al trono saudí ha pagado por Salvator Mundi, una tela que se atribuye a Leonardo Da Vinci. ¿Qué hubiera costado si la autoría estuviese certificada al 100%? ¿Qué pintor logrará romper ese récord? Y sobre todo, ¿cuántos ases le quedan todavían en la manga, don Leonardo?

El mundo es una secuela. La gran virtud del Da Vinci es que, hasta la fecha, es un cuadro único, como lo fue La Gioconda durante siglos. La pieza única es oro puro en un mundo regido por la copia, la secuela, la precuela y el spin-off. Ordeñar siempre la misma vaca hasta la última gota. En el 2017 han visto la luz Fast & Furious 8, Blade Runner 2, Trainspotting 2, Guardianes de la Galaxia 2, Kingsman 2, Cars 3, Gru mi villano favorito 3, Star Wars… ¿8.523? ¿Hay alguien que lleve bien la cuenta? ¿Para cuando un culebrón romántico con Chewbacca como protagonista? Hay filones que no acaban nunca, y con Trump a favor de seguir explotando recursos fósiles, tal vez haya Guerra de las galaxias hasta después de que el mundo deje de serlo.

La vida es puro cómic. Sí, antes era puro teatro, pero ahora el tebeo, la viñeta y el bocadillo han tomado cartas en el asunto y han pedido su cuota de pantalla, que es respetable. “¡Hemos venido aquí a hablar de nuestra peli-tebeo, oiga!”. DC Comics, Marvel, Vengadores, Fantásticos… Es normal, con lo mal que está la hucha de las pensiones, habrá superhéroes que tendrán que estar en el tajo hasta más allá de la tumba. Ahí está Superman, que en junio cumple 80 años, y no para. Su primo Batman cumple otros tantos en el 2019 y sigue cotizando, qué remedio. Spiderman, que este 2017 acaba de cumplir 55, ya sabe lo que le espera. De los villanos, mejor ni hablamos… Pero de Mortadelo y Filemón, sí. Felices 60. ¿Se confirma que siguen con el sueldo inicial de aprendiz?

Gallina de los huevos de oro. Si hay que otorgar la victoria a los enemigos, les negamos la evidencia con todas las armas posibles. Es lo que defienden los negacionistas del cambio climático que asumen que el calentamiento global debe de ser cuestión de mala suerte. Una de las lecciones del 2017 es que nada es para siempre, especialmente si no se cuida. En un momento de la historia en el que hay menos guerras, menos epidemias y más progreso (sólo hace falta comparar con otras épocas), el ser humano en general y alguno de sus máximos dirigentes en particular están en guerra con su propio planeta, y eso empieza con la emisión descontrolada de gases, las sobreexplotación de todo tipo de recursos hasta extinguirlos, la depredación de ciertas especies vegetales y animales o el desperdicio de un tercio de los alimentos que compramos. Querer matar a nuestra gallina de los huevos de oro parece tan natural como el agua (cada vez más preciada) que bebemos o el suelo (cada vez más cotizado) que pisamos. El resto, incendios, desprendimiento de glaciares, inundaciones en medio planeta por la crecida de las aguas, deforestaciones masivas, polución de tierra, mar y aire, deben de ser seguramente “plagas bíblicas”. 

La pieza única es oro puro en nuestro mundo, regido por la copia, la secuela, la precuela y el ‘spin-off’. ¿Para cuándo un culebrón romántico de ‘Star Wars’ con Chewbacca como protagonista interestelar?

Resistir es poder. El planeta resiste como puede, porfía por tener un futuro. No se rinde. ¿Quién se copia del planeta, Rafa Nadal y Roger Federer?, ¿o viceversa? En un año sin grandes acontecimientos deportivos, los dos tenistas que han mantenido una larga y sana rivalidad durante lustros han brillado por encima del resto. El mallorquín ha vuelto a ser número uno como quien no quiere la cosa. El suizo vive una tercera juventud. “No enterréis a Federer todavía, que ya lo habéis matado muchas veces”, nos espetó una vez Nadal a los periodistas en Wimbledon. De eso hace ya casi diez años.

Más fuerte, más lejos, más limpia. A las puertas de unos Juegos Olímpicos de invierno y con el reciente veto al deporte ruso, adquiere más valor ser un deportista limpio… aunque durante años te quedes siempre fuera del podio, que ocupan competidores que acaban siendo sancionados por dopaje continuado. Ahí emerge la figura de la haltera española Lydia Valentín, que este mes de diciembre se ha proclamado triple campeona del mundo en Anaheim, California. La atleta ha visto como, en varias ocasiones, tendría que haber recibido medallas olímpicas que sólo le han concedido a posteriori. En el 2008 quedó quinta y acabó siendo oro. En el 2012 fue cuarta y, con el tiempo, obtuvo la plata. La única vez que ha subido de verdad al podio en unos Juegos fue en el 2016, quedó tercera. Ser ético no parece estar de moda, pero a veces tiene premio.

Reírse de uno mismo es muy sano.
De los cerca de 182.500 millones de mensajes anuales que vuelan del nido de Twitter los hay que explican, que insultan, que atacan, que agradecen, que aplauden, que ríen, que hacen reír y, mejor aún, que autoparodian. Si hubiera que elegir uno, sólo uno, el premio gordo se lo llevaría el CD Leganés, el cada vez menos modesto club de fútbol que en pleno agosto, con tanto calor y bochorno, hizo sonreír a todos con un tuit que merece ser conservado en la memoria. El equipo inauguró la Liga en un partido de viernes por la noche y venció. Les quedaban 37 jornadas por disputar, pero su mensaje fue: “Bueno, señores, se puede acabar La Liga aquí... Gracias por participar y hasta siempre!! #LaChispaDeLaLiga#VamosLega”. 

Hygge: 500 libros, ¿pero qué es? Según datos recogidos por The Spectator Index, China encabeza los países con más títulos publicados del mundo (440.000), seguido de Estados Unidos (304.912), Reino Unido (184.000) y así hasta la decimotercera plaza, donde se halla España (44.000 títulos). ¿Demasiados? De todos ellos, no menos de 500 hablan de un fenómeno que se llama hygge (pronúncienlo como quieran, nosotros hemos desistido) y que, en resumen, es la quintaesencia del bienestar nórdico, danés para más señas, y que en el fondo busca vender mantas, velitas y leña. Lo mejor es que, de los 500 títulos, la mayoría se han publicado fuera de Dinamarca. Títulos de próxima aparición: Nueva enciclopedia de pirotecnia valenciana, por King Kong Bum. Informática. Primeros pasos, de Vladimir Login (seudónimo) y el libro de autoayuda Sé diplomático y harás que América sea great again, de Ronald McDonald.

Donald Trump insinuó que él iba a ser la personalidad del año de la revista ‘Time’, pero el honor lo comparten las mujeres que han tenido la valentía 
de denunciar casos de acosos y abusos sexuales en todo el mundo

Los chicos buenos van al cielo... Y los que no, a todas partes. Por eso Justin Trudeau, primer ministro canadiense (empático, buenas formas, ideas poderosas à la Obama y fragilidad ¿ensayada?), es un ejemplo del premier que muchos querrían tener. Por eso Trump, Putin y King Jong-Un (cualquier parecido con los autores anteriores es pura casualidad) copan las portadas y la personalidad del año de Time. Con todo, Trump se ha llevado un chasco. Llegó a presumir de que este año le tocaría a él, pero el reconocimiento ha sido para las mujeres que han tenido la valentía de denunciar casos de acosos y abusos sexuales de machos alfa del establishment de Hollywood. Las acusaciones han dado paso a una oleada de protestas mundiales en las que han aflorado muchos casos más y que han abierto una nueva vía de reivindicación feminista, un movimiento que parece reverdecer su discurso ayudado por las redes sociales, la lucha por la igualdad de género, contra la violencia machista y por voces que han sabido captar a nuevos fieles a la causa. “Hay que convencer a los hombres de que el feminismo es bueno para ellos”, explicaba a este suplemento una de las protagonistas de este resurgimiento, la novelista nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, que alerta de que “el sistema patriarcal ha dado todo el poder al varón, pero a la vez lo ha enjaulado: la masculinidad es un problema de primer orden”.

La crisis se irá... Pero no nos aban­donará nunca. El pasado verano, cuando se cumplían diez años del estallido de la burbuja de las subprime, Magazine ­entrevistó a algunos de los más prominentes escritores, economistas, historiadores y analistas para preguntarles qué lecciones habíamos aprendido. Cada experto expuso consecuencias e ideas macro y microeconómicas, sociológicas, políticas y personales. Se implantó el low cost, la banca privada tuvo que ser rescatada con dinero público, la legitimidad de los partidos políticos quedó en entredicho y, a la vez, la sociedad ha mostrado un grado importante de resistencia, de solidaridad y de lucha. Tal vez la enseñanza más trascendental es que la crisis ha cambiado los hábitos de toda una generación, aunque no está claro que los conocimientos adquiridos salten a la nueva, que posiblemente olvide todas estas lecciones. 

Todo se acaba. “Nuestros ríos son las vidas que van a dar en la mar, que es el morir”. Cuánta razón tenía Manrique. Algunos, como Johnny Hallyday, se han ido en Harley-Davidson; otros, como el actor John Hurt, con una sonrisa y un toque de varita mágica como las que vendía en la saga de Harry Potter. La actriz francesa Emmanuelle Riva se fue dándonos una lección de vida: los principios son importantes (su actuación en Hiroshima, mon amour), pero los finales (su papel estelar en Amour) lo son más. Tom Petty se fue cantando Free Fallin’. Y si nos ponemos pesimistas, así estamos todos, en caída libre, irremisiblemente. Pero si nos ponemos el traje de Nochevieja del optimismo, podemos pensar que igual llegamos a la edad de Kirk Douglas (un winner de los de verdad), que hace tres semanas cumplió 101 y al cierre de esta edición estaba vivo. Lo apuntamos por si acaso. Ya saben, mejor prevenir que prever.
 
Querido lector, querida lectora, disfrute de lo que queda del 2017. Del 2018 ya hablaremos un rato de estos, a más tardar esta noche, con las uvas. No importa si las nuestras tienen pepitas.