La tierra dormida del Transiberiano

Un camino épico a través de dos continentes y diez mil kilómetros por la Rusia del siglo XXI, así es el tren Transiberiano. Un recorrido legendario que convierte la experiencia en un verdadero viaje interior.

La enorme y ruidosa culebra de hierro atraviesa ocho husos horarios. Tantos, que el viajero pierde la noción del tiempo. Dentro de sus tripas, en invierno, el calor sofoca, y fuera el frío congela los pensamientos. Y así 10.000 kilómetros. Se adormece y despierta al ritmo de las estaciones en que se detiene. Los árboles de la taiga escapan en dirección contraria, y el vodka aletarga los sentidos, borra el pasado y los matices del paisaje. Serguéi es un militar de frontera. Su ­carácter está forjado con frío y con la amenaza del oso en los bosques. Sus historias siempre ocurren en invierno y las explica en el compartimento de al lado. Basta con ir siempre al este para saciar las ansias de llegar al final, a Vladivostok. Si se sale de Moscú y se toma este tren, el Transiberiano, hay que ir siempre hacia oriente. Así es como lo consigues. Así lo cree Alexéi, divorciado, casado ahora con su perro, exiliado a Oriente Medio en busca de oportunidades y también de viaje, de regreso temporal, y sin noción del tiempo, como todos allí.

El tren avanza, pero no tiene prisa, como nadie en estas lejanas tierras. No se sabe bien si el tren contagia a las gentes o son estas las que impregnan de calma la marcha del tren. Unos perros ladran contentos al ver descender los pasajeros en la olvidada estación de Druzhinino. Su alegría dura poco, el frío y los avisos de las provodnitsas, las guardianas del tren, empujan a los pasajeros al interior del vagón. Las colillas de los cigarros sobre el hielo del andén, a medio fumar, son la única huella que queda del efímero paso del Transiberiano.
 

El tren avanza sin prisa, como todos en estas lejanas tierras; no se sabe bien si el tren contagia a las gentes, o son estas las que infunden calma a la marcha de esta enorme y ruidosa culebra de hierro

 

Ya lo avisaba el músico y cantante Vladímir Burdin en Moscú, que decía que el silencio es su idilio con Asya, su joven amada. De hecho, todos los idilios pasan por el silencio, por no tener que decir nada para sentirse unido. Así se fortalece el romance entre pasajero y tren: con el silencio, la reflexión y la meditación. El silencio es la mínima interactuación con el exterior y la máxima con tu interior, explicaba Max, el artista urbano de Yekaterimburgo.

No se tarda mucho en percibir que Siberia es la tierra dormida, la que permanece en silencio. Si acaso, una leve queja, como un lamento, por el frío y el abandono de la tierra hostil por los jóvenes, para acabar en ciudades repletas de sueños y desengaños, de canciones llenas de esperanza compartida, como las que canta Tamara junto a sus amigos en Novosibirsk o Ksenia en Vladivostok, con su voz demoniaca y su espíritu angelical.

El ferrocarril acomete el camino de forma inexorable, devora kilómetros, como escribe Neruda en su poema dedicado a este tren, a través de un paisaje en ocasiones puro por la blancura de la nieve virgen y a veces sucio por esa misma nieve ya manchada y ultrajada. Va dejando horas en el camino que se convierten en semilla, decía el poeta. Avanza igual la vida de Andréi, el vagabundo de Yekaterimburgo, que lo ha perdido todo menos a su hijo, tal vez también a él, pero no lo sabe todavía. ­Sueña con un futuro sin alcohol, sin frío, con un techo y un trabajo. Con la familia perdida.

Valentina ya está retirada y tiene más de 80 años, ella sí que conserva a su nieto Yegor, que es arquitecto. En el calor de su hogar, un sobrio apartamento de Novosibirsk, le cuenta historias sobre su abuelo, que allá en los rincones ocultos de Siberia penaba en los gulags soviéticos. Aquello acabó, pero los cien años que han transcurrido desde la revolución de 1917 no lo han solucionado todo. Para notarlo basta detenerse, por ejemplo, en el lago Baikal y hundir los pies en la nieve de Gremyachinsk a 30 bajo cero, y entre paso y paso, escuchar como chirría la silla de ruedas de Nikolái, el pescador retirado que aguanta cada día un frío inaguantable. U observar como Irina, la doctora, salva las vidas de los jóvenes con sobredosis de heroína, que caen como árboles talados en los baños de los centros comerciales de Trudovoye. 

Cuarenta millones de personas en más de 13 millones de km2 (eso es Siberia) no tienen problemas de espacio; puedes aislarte o buscar compañía, eso va a gustos. Vika, a sus 17 años, sueña con la aldea en la que vive, Hoshun Uzur: ella no irá a la ciudad, le basta con dejarse caer en la manos de Buda y contemplar la puesta de sol desde alguna colina nevada cercana a casa y coronada por estupas centenarias. Ella es buryata, como el señor Ochirov, budistas ambos. A sus 71 años, Ochirov ha presenciado cosas que Vika no puede ni imaginar. Recuerda cuando Rusia era la URSS, con esto está todo dicho. Hoy es otra cosa, ­afortunadamente.
 

40 millones de personas en más de 13 millones de km2 (eso es Siberia) no tienen problemas de espacio; puedes aislarte o buscar compañía, eso va a gustos. Vika sueña con la aldea en la que vive: ella no irá a la ciudad

 

Si uno no se baja del tren, en siete días con sus 24 horas, se da de lleno con el mar del Japón. Pero si el viajero así lo hace, no se entera de nada, al contrario, ve pasar Siberia y el Far East ruso en sentido opuesto y a toda velocidad. Igual que ven pasar la vida, en ese mismo sentido, los internos del Centro de Rehabilitación de Drogas y Alcohol de Izoplit, en Yekaterimburgo: Roman, Andréi y sus compañeros. El frío, el desánimo y la desidia alimentan la sed de vodka en Rusia, aunque es verdad que muchos la sacian con otras cosas. Por ejemplo, Dimitri ha hecho que su vida beba de la familia y del boxeo, un deporte que le hace sudar dentro del gimnasio mientras fuera se hiela el aliento, literalmente.

En Ulan Ude la nieve es gris. Dicen que por la contaminación de la fábrica de aviones de la ciudad. Sus chimeneas no cesan de emitir humo. Casi todo el mundo trabaja allí. Petr es joven y trabaja en esa factoría. La defiende. Konstantin es mayor que Petr y también trabaja allí. Él no la defiende. El carbón que queman sus motores oscurece su futuro, lo deja gris, como la nieve que cubre las calles de la ciudad.

El tren es como una metáfora de la propia existencia que avanza impertérrita, se detiene, vuelve a emprender la marcha, nace y muere, ríe y llora; llora como la anciana semeyskie (los legendarios viejos creyentes rusos) cuando recuerda a sus padres en su aldea Bolshói Kanaléi, o como Yeguguéni, el obrero jubilado de uno de los suburbios de Vladivostok, que a sus 60 años ya ha hecho las paces con todo y todos. Pero Siberia y este viaje también desprenden sonrisas. Como la que regala Serguéi Smírnov al cruzar el cementerio de Shirokorechenskoye; su vida es sencilla, y para él el silencio es sólo eso: silencio. O como la encantadora sonrisa de Alexánder, el mecánico de Vladivostok, que aparece dibujada en su boca mientras te dice que te puedes quedar a vivir en aquella lejana ciudad cercana a Hokkaido. Como hizo él hace años. Pero tal vez haya que recordar sobre todo el porte y la dignidad siberiana, aquella que tan bien representa Anatoli Alexandróvich, el orgulloso almirante retirado, que reconoce que sin ayuda la vida no es posible. 

Siberia es una tierra congelada y silenciosa en invierno, dicen algunos que su nombre significa la tierra dormida, y siendo honestos, al menos en invierno así parece que está, dormida y arropada por un gélido manto blanco.

Alfons Rodríguez ha codirigido con José Bautista el documental The Sleeping Land. www.thesleepingland.com