El tsunami de las mujeres

El impacto del #MeToo ha iluminado otras campañas en las que mujeres de todo el mundo luchan por derechos básicos que aún se les niegan. El resultado es un mapamundi lleno de protestas que evidencian que, pese a que queda mucho por hacer, la causa feminista nunca ha gozado de tanta energía.

Sindicalistas indias reclaman ante la oficina de impuestos de Bombay la eliminación de la tasa sobre las compresas, en una imagen de enero. HINDUSTAN TIMES

Hace cien años, las sufragistas británicas llevaban un cartón colgado al cuello: “Votes for women”. Con el tiempo, los carteles dieron paso a las pancartas, asambleas, manifestaciones, y a los primeros logros. Llegó la supresión de (algunas) leyes discriminatorias, las protestas, la píldora, la reivindicación del cuerpo como sujeto político y de resistencia, el grito contra el techo de cristal, por la igualdad salarial, los intentos de paridad en política y en muchos otros campos, la denuncia de un machismo exhibicionista, soez, violento y hasta mortal. La batalla sigue en la calle, en casa, en las empresas, en las redes, se bifurca, enraíza y se extiende sin fronteras. ¿Se asombrarían esas sufragistas de la fuerza del feminismo en el 2018? ¿O fruncirían el ceño al ver que queda tanto por hacer?

Sucede que las campañas #MeToo o #TimesUp no sólo están dejando al descubierto las miserias de los abusos sexuales de la industria del cine, sino que también han logrado un efecto dominó mundial que ha ayudado a visibilizar distintos tipos de causas, desde la erradicación de la violencia de género hasta la igualdad salarial, desde los tocamientos generalizados en la peregrinación a La Meca denunciados hace pocos días, hasta la ablación del clítoris. 

Miércoles en Irán. La lucha feminista se abre paso a golpe de hashtag. Las expertas consultadas consideran que el aula debería ser el primer campo de concienciación, pero eso no siempre sucede. La protesta brota entre las piedras, y las redes ayudan. Es lo que sucede en Irán, país que desde la revolución de los ayatolás en 1979 suprimió muchas libertades e impuso el velo a las mujeres. La campaña #WhiteWednesdays está impulsada por la activista Masih Alinejad y consiste en vestir de blanco los miércoles (el negro es el color tradicional de la policía moral femenina) y hacerse una foto o un vídeo ondeando el hijab a modo de bandera y con el pelo al descubierto. Miles de jóvenes iraníes han seguido el ejemplo, algunas mirando desafiantes a la cámara, otras haciendo pedagogía a otras mujeres que les afean su gesto. Una treintena han sido ya detenidas, pero la revuelta se extiende, igual que sucedió con la prohibición de las mujeres saudíes de conducir, que se levantará en junio.

Las iraníes rechazan el velo, las indias desafían al Estado, las turcas reclaman su espacio vital: son luchas interconectadas y protagonizadas por abuelas, hijas y nietas

Revolución de la compresa. A las perennes campañas contra el abuso físico, verbal y psíquico de la mujer india se ha añadido el económico. Ahora, el movimiento #lahuklagan lleva meses presionando al Gobierno indio, que mantiene un IVA del 12% en las compresas (en los condones es del 0%), que impide que muchas mujeres puedan adquirirlas con sus microsueldos. La campaña también reclama un derecho básico como la higiene y enterrar tabúes en torno a la regla. Como rechazo al impuesto, están creciendo la compra de compresas lavables y la solidaridad de muchos hombres indios que en Twitter y Facebook posan con compresas (#PadManChallenge). Hasta existe ya una película sobre ello. 

Turquía, México, Indonesia… Las mujeres de Estambul fueron las que lanzaron dos campañas que han arraigado en otros países por la defensa del espacio personal en los transportes públicos. Una se llama #Cierratuspiernas (#Bacaklarinitopla), la otra #NoOcupesMiEspacio (#Yeresmigaletme). En todos los países de habla hispana ya es clásico el #NiUnaMenos que denuncia la violencia física, que desemboca en miles de asesinadas al año. Los feminicidios de Ciudad Juárez, México, son el ejemplo más evidente, pero la lista es larga. 

Angelina Jolie, embajadora de Acnur, se ha erigido en la defensora de las mujeres rohinyá, el eslabón más débil de la ya de por sí masacrada etnia perseguida por Birmania y refugiada en Indonesia. La premio Nobel Malala Yousafzai continúa trabajando por la educación y la erradicación de los ataques a las niñas pakistaníes. La actriz Emma Watson es la portavoz de la campaña de las Naciones Unidas #Heforshe, en la que los hombres se ponen en la piel de las mujeres. Y la joven poetisa canadiense Rupi Kaur (uno de los recientes fenómenos literarios más sorprendentes) lucha con su trabajo y sus palabras contra el acoso escolar y el suicidio de adolescentes.

El #MeToo de Mongolia. Del efecto Weinstein han brotado muchos afluentes (#Ana_Kaman en el mundo árabe, #QuellaVoltaChe en Italia, #BalanceTonPorc en Francia…) y ha llegado incluso a Mongolia, un país encajonado, en el que una parte de sus tres millones de habitantes son nómadas. A finales del 2017, la sucesión de varios crímenes sexuales despertó la ira de las mujeres y la atención del Gobierno de que la violencia contra ellas y los niños tiene que salir a la luz y eliminarse. Ya no sirve el viejo dicho “lo que pasa dentro de la yurta (la típica vivienda móvil) queda dentro de la yurta”.

Interconexión. ¿Qué está pasando? ¿Hasta qué punto este feminismo bebe o conecta con el pasado? ¿Es el altavoz de las redes lo que magnifica la causa? ¿De qué está hecho el hilo que une todas estas reivindicaciones separadas por miles de kilómetros? “El feminismo que surge entre finales de los sesenta y principios de los setenta lo hizo sin Twitter y también era transfronterizo, era una base que se extendía por los países y que protagonizaron mujeres jóvenes, universitarias y urbanas alejadas de formas de vida más tradicionales o rurales”, recuerda Isabel Morant, catedrática, reciente Medalla de la Universitat de València a su trayectoria y un referente del feminismo de España. “La irrupción del actual fenómeno constata que han cambiado para bien muchísimas cosas, pero otras no, se han hecho mal y ha llegado el momento en que se tienen que cambiar”, subraya. “El movimiento feminista siempre ha sido una suma de teoría crítica y movimiento social. Todo eso coincide ahora con una situación insostenible, insoportable, de violencia contra las mujeres –apunta la escritora y activista Nuria Varela–. Una violencia física y verbal que ha hecho que se rompa el silencio”. Soledad Murillo, socióloga en la Universidad de Salamanca, y pionera en políticas de igualdad de la mujer en la ONU y en el ejecutivo español (2004-2008), también conjuga el verbo romper para afirmar que “en estos momentos, a nivel político, es la sociedad civil y no los gobernantes quien está rompiendo esquemas, quien se ha situado a la vanguardia con sus reivindicaciones. Estamos –considera Murillo– ante un movimiento no sólo internacional sino también intergeneracional”.

Cuatro generaciones. Sea en los discursos mediáticos (el de Oprah Winfrey recibiendo el Globo de Oro), en las campañas virales o en las manifestaciones en la calle (312 simultáneas contra Donald Trump el año pasado), las edades de las mujeres abarcan seis décadas. “Ahora mismo en España hay cuatro generaciones de feministas en activo. Estamos en un momento histórico contra la discriminación, la agresión, la violencia, la precarización económica…”, aporta Nuria Varela, que lleva 17 ediciones de su libro Feminismo para principiantes, aparecido en el 2005 y que ahora reedita Ediciones B en cómic.

"Vivimos una situación insostenible de violencia física y verbal contra las mujeres que ha hecho que se rompa el silencio”, analiza la escritora y activista Nuria Varela 

A su juicio, la eclosión que se respira hoy en día es producto de los muchos años que las mujeres llevan trabajando por la igualdad. Isabel Morant apunta que en España, el feminismo “es como un Guadiana, siempre está, pero a veces no se ve”. Soledad Murillo va más allá: “A veces es Guadiana y a veces partes de cero. Oyes a docentes decir: ‘Yo no trabajo estos temas’ refiriéndose a la igualdad. En ese sentido, en la escuela no ha transversalidad y las inercias siguen mandando. En algunos aspectos estamos en pañales”.

¿Igualdad? Espere al 2188, gracias. ¿Igualdad? ¿Equiparación? Hay datos que suben el ánimo y otros más desalentadores. El último estudio del Foro Económico Mundial (WEF), publicado el año pasado, sitúa en el 2188 el año en el que previsiblemente se alcanzará la igualdad entre hombre y mujer en el planeta. Las previsiones anteriores vaticinaban que la paridad en todos los sentidos llegaría en 80 años, y luego en 120. La frontera se sitúa ahora en los 170. Con todo, en Europa occidental ese objetivo podría alcanzarse en 61 años, en 129 en Oriente Medio y el Norte de África y en 158 en Norteamérica. Otro estudio de la Unesco, el 2005 Convention global report, recién publicado, analiza aspectos laborales del sector cultural en el mundo y concluye que, pese a que este es un campo proclive a la presencia de la mujer, su poder de decisión es bajo o incluso marginal. Sólo una de cada cinco películas europeas está dirigida por una mujer. En Estados Unidos, una directora de museo cobra un 25% menos que un colega en el mismo cargo. Sólo uno de cada tres ministros de Cultura en el mundo es mujer. 

Mayoría minorizada. En España, una mujer cobra, de media, entre un 15% y un 20% menos que un hombre por el mismo trabajo y hasta trabajando una hora más, pero la diferencia de ingresos puede superar el 35% en algunos sectores productivos, según datos de Eurostat del 2017. En prácticamente todos los indicadores sociales, laborales y económicos, la mujer está en desventaja con el hombre y está tratada como una minoría: “Sin embargo no lo somos, somos mayoría en España (el 50,9%). El hombre ostenta el poder, se considera mayoría, pero no lo es, y ejerce el derecho de admisión. Para el patriarcado, el aperturismo es fraude”, denuncia la profesora Soledad Murillo.

La botella medio… “Vivimos un momento de falsa igualdad –analiza Nuria Varela–, porque la brecha entre la igualdad formal y la real está aumentando. El patriarcado no sólo goza de buena salud sino que se ha hecho invisible para seguir ostentando el poder, el 100% del poder religioso y militar, el 95% del económico, el 70% del político…”. Varela entiende que el momento presenta mucha tirantez: “Tanto el abuso del patriarcado como la reacción feminista se están tensando”. De hecho, a su juicio, “nunca en la historia las mujeres han tenido tanta capacidad de decisión sobre ellas mismas”.


“Las mujeres han encendido la chispa, pero es la sociedad la que reacciona”, observa Isabel Morant, referente del feminismo en España desde los setenta


Cuando hablan de esta última oleada feminista, las voces autorizadas la describen como un grifo que ya no puede cerrarse, como la demostración de que se ha perdido el miedo, como un intento de desmontar el sistema, pero también como una obligación de hacer bien las cosas. Isabel Morant constata que “el feminismo siempre ha cuestionado la política. No sólo se trata de denunciar la violencia, sino la manera de construir el mundo, porque este no nos gusta”. Con la perspectiva que le dan los años, esta socióloga apunta una ventaja de la situación actual respecto a los apoyos que tenía el feminismo a principios de los setenta. “Entonces –recuerda– los hombres progresistas decían que primero se tenía que hacer la revolución y luego vendría lo otro.

hora, todo el mundo escucha. La actual protesta sale de las mujeres, pero abarca a muchos hombres que han entendido que el problema no es el hombre en sí, sino el hombre que ostenta el poder”, analiza. Su mensaje es optimista: “Es el feminismo el que ha encendido la chispa, pero es la sociedad la que está reaccionando”. Soledad Murillo añade que una mayoría de medios de comunicación entienden que dejar de lado el debate feminista les convertiría “en rancios y tradicionales” y subraya que el actual Gobierno “no aplica” las leyes aprobadas por ejecutivos anteriores, en los que ella participó. “Me sorprende que después del asesinato de una mujer no se abra una investigación, cuando las estadísticas te dicen muy claramente que hay que actuar”. La reciente sentencia de Mariano Rajoy que habló de “eso” en referencia a la igualdad salarial en una entrevista radiofónica aún colea. 

Feminismo revalorizado. Es cierto que los términos feminismo y feminista gozan de mayor consideración que hace un tiempo. Les han dado un valor añadido movimientos como Femen, voces como la de la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie o las acciones de Carrie Gracie, responsable de la BBC en Pekín, que denunció el sesgo salarial en la cadena. La huella y el mensaje de algunas actrices (y también algunos actores) seguidas por millones de personas, como la india Priyanka Chopra, también aportan visibilidad y prestigio a la causa feminista. Y eso sin olvidar a la campeona del mundo de ajedrez, la ucraniana Anna Muzychuk, que renunció a defender título por no tener que verse obligada a ponerse el velo en el campeonato, que imponía el anfitrión del campeonato, Arabia Saudí.

Aulas y redes. La escritora Nuria Varela advierte que el concepto feminismo aún penaliza. “Las redes –indica– son muy útiles, pero también presentan un campo para la impunidad. El machismo tiene muy poca capacidad polémica, por eso recurre tanto a la violencia”, arguye. ¿Cuál es la asignatura pendiente del feminismo en España? Todas las consultadas coinciden: su presencia en las escuelas, no como una asignatura, sino como un concepto transversal. “La capacidad crítica del feminismo aún no ha llegado a las aulas”, apunta Varela. Y Murillo remata: “¿Quién conoce a Clara Campoamor? Tenemos las aulas universitarias llenas de chicas, pero no les dan referentes femeninos como los que están redescubriéndose ahora: pintoras, científicas, políticas olvidadas que siguen sin enseñarse en clase”. 

El punto final de optimismo (y de advertencia) lo pone la catedrática valenciana Isabel Morant: “No puede haber una revolución de las mujeres sin una revolución social, pero no podemos construir mal las cosas ni dormirnos en los laureles. Hay un mayor reconocimiento del feminismo, pero el mal (el patriarcado) no descansa. ¿Qué es Donald Trump si no?”.

10 VOCES FEMINISTAS

Oprah Winfrey
Su discurso a favor de las mujeres en los Globos de Oro se hizo viral.

Chimamanda Ngozi
Con sus escritos ha conquistado a millones de personas.

Asia Argento
Actriz italiana fue la primera en denunciar los abusos de Harvey Weinstein.

A. Muzychuk
La ajedrecista renunció a revalidar su título mundial antes que llevar velo.

Rupi Kaur
La canadiense abre una inesperada vía al feminismo con la poesía.

Carrie Gracie
Ha sacado los colores a la BBC por su política salarial.

Judith Butler
Referente intelectual del feminismo y el LGBT desde los años setenta.

Priyanka Chopra
La modelo y actriz india ha apoyado varias causas feministas en su país.

Leticia Dolera
La actriz se distingue por su defensa de la mujer en el cine español.

Jimmy Carter
Y entre mujeres, el expresidente se ha volcado contra el maltrato femenino.