Un planeta endeudado

El nivel de deuda en el mundo diez años después del colapso financiero es superior a los de antes de la debacle económica. En realidad, son cifras sin precedentes históricos, facilitadas por los insólitamente bajos tipos de interés. Ahora que se impone la necesidad de subirlos, el nerviosismo se palpa en los estamentos internacionales. ¿Se está incubando otra crisis?

Cuando te adelanta un Bentley conducido por un chico de 18 años escuchando World Thought de JK Khaled, puede ser un síntoma de que algo va mal en la economía. Y lo cierto es que una de las cosas que llaman la atención cuando conduces por las carreteras atascadas en las afueras de Liverpool (Inglaterra) es la cantidad de cochazos. Hay Jaguar por un tubo, todoterrenos de la marca Porsche. Hasta el Bentley se ha popularizado. En comparación, los muy abundantes BMW y los Audi ya son coches del montón. Es extraño, porque este no es un condado en el que vivan aquellos brokers bursátiles del cinturón verde de Londres. Este es el norte azotado por la crisis, el infraempleo y la precariedad. Hace más de 20 años que el salario medio está estancado. Las viviendas de esta zona suburbial son de clase media media tirando a media baja. “Las casas valen menos que los coches “, cuenta un vecino.

¿Cómo se explica todo eso? Una pista quizás sea la subida disparada de créditos para la compra de automóviles que se ha producido en el Reino Unido en los últimos años. En el 2016 se concedieron préstamos de este tipo por valor superior a 30.000 millones de libras (casi 34.000 millones de euros), una subida del 12% frente al año anterior. Los créditos para la compra de coches equivalían a tres de cada cuatro libras prestadas en el sector de créditos al consumo en el 2016. 

Tras el pinchazo de la burbuja inmobiliaria en el 2009 en el Reino Unido, se impusieron fuertes restricciones sobre los préstamos hipotecarios y se anunció un nuevo entorno restrictivo sobre el crédito. Pero los bancos siempre encuentran alternativas para ofrecer tentaciones demasiado buenas para resistirse a ellas. “Los bancos están aumentando el crédito al consumo porque hay más regulación sobre el que se refiere a la vivienda”, advierte Robert Nobel, de la firma RBC, en un informe bursátil.

Hay quienes pueden pensar que un Porsche vale más que un chalet adosado. Pero, a diferencia de una vivienda, un coche es un activo que pierde valor en cualquier ciclo económico. En general, el valor de préstamos al consumo en el Reino Unido ya se sitúa en 199.000 millones de libras, 8.000 millones más que a finales del 2007. Entonces se dieron las primeras alarmas sobre la catástrofe que se avecinaba con el intento de rescate al banco Northern Rock en octubre del 2007, el banco que había apostado demasiado fuerte por la solidez del mercado de hipotecas. Por su parte, el endeudamiento hipotecario también ha rebasado los niveles del 2007 y se sitúa en 1,3 billones de libras.

Merece la pena arrancar en el Reino Unido la historia de la explosión de la deuda mundial. Y no sólo porque los ingleses tienen los coches mas llamativos. El rescate de Northern Rock hace justo una década, tras años en los que el adeudo privado crecía como la espuma en países como EE.UU. o España, marcaría el inicio de la crisis financiera global, la más grave desde el crac de 1929. Pero el Reino Unido es un sólo ejemplo –y lejos de ser el más grave– de los gigantescos niveles de deuda que existen en el mundo diez años después del colapso. 

La deuda de los estados, las familias, y las empresas ya duplica el valor de la actividad económica a escala mundial. En las economías del G-20, la deuda ha crecido en los años posteriores a la crisis un equivalente al 235% de su PIB

La deuda de los estados, las familias y las empresas no financieras (es decir, bancos aparte) ya duplica el valor de la actividad económica a escala mundial (suma 128 billones de euros, según el Fondo Monetario Internacional). En las economías del G-20, las más robustas del mundo, el débito ha ido aumentando a lo largo de los años posteriores a la crisis hasta alcanzar más de 114 billones de euros, equivalente al 235% del PIB. A escala global, la deuda se sitúa ya en torno al 225% del PIB mundial. Son niveles superiores a los que se registraron antes de la crisis. En realidad, son cifras sin precedentes en los 5.000 años en los que los seres humanos han ido creando deuda. Todo ese tiempo es el cálculo que ha hecho David Greaber, profesor de la London School of Economics, quien considera que el endeudamiento, a la vez que el dinero, apareció en las relaciones humanas hace cinco milenios.

El nerviosismo ante la nueva fase de tipos de interés al alza se palpaba en octubre durante la ultima asamblea anual del Fondo Monetario Internacional en Washington. Jamás se ha atravesado un periodo en el cual los tipos de interés hayan ­estado tan bajos y los niveles de pasivo tan altos. El FMI sabe que es imprescindible que los tipos de interés vayan subiendo hasta niveles más normales para una fase del ciclo ya expansiva como el actual. Si no, sin capacidad para aumentar el gasto público ni para bajar los tipos, no habría ninguna  herramienta para responder a la próxima (e inevitable) recesión. Pero al mismo tiempo, subir tipos cuando el mundo está endeudado hasta las cejas puede ser como encender el secador del pelo cuando aún se está en la ­bañera. “Este territorio es una ­incógnita; los niveles de deuda son los más altos de la historia y vamos hacia una normalización de la política monetaria”, explica María Luz Moreno Badía, econo­mista española del departamento de Asunto Fiscales del FMI.

Aunque los editoriales de los periódicos y los discursos de los ministros de Finanzas suelen echar la culpa del berenjenal en el que nos hemos metido al exceso de gasto y deuda públicos, no es verdad. El origen de los problemas actuales fue la crisis del 2007-2008, y esa crisis, según demuestra el análisis del FMI, empezó con la expansión vertiginosa de la deuda pública en Europa y en Estados Unidos durante la primera década del nuevo siglo. Entre el 2002 y el 2008, el endeudamiento privado de las economías avanzadas –EE.UU., Europa y Japón– se disparó el 35%. Eso, según el FMI, se debió a “la globalización de la banca y el fácil acceso al crédito”. Otros lo llamarían la financialización y desregulación de la economía. Como consecuencia, se produjo una explosión del crédito en casi todos los sectores de la economía privada. Las empresas se endeudaron más. Las familias recibieron más créditos para comprar casas y bienes de consumo. Este descontrol del mercado de crédito sembró las semillas del desastre. “Te metes en líos debido a la expansión de la deuda privada y no de la pública”, resume Moreno Badía. “La probabilidad de una crisis financiera está estrechamente relacionada con la aceleración del crédito privado y no de la deuda pública: obviamente, una vez que estás en apuros, si tienes un nivel elevado de deuda pública, no vas a tener mecanis­mos para superarlo”, comenta. 

El endeudamiento público, que ya estaba en niveles astronómicos, creció aún más con la crisis. Y fue necesario aumentarlo para evitar una catastrófica contracción económica. La deuda estatal creció nada menos que el 25% entre el 2008 y el 2015. “Los balances públicos se deterioran en parte como el resultado de los rescates bancarios”, añade el FMI, citando como ejemplos destacados de esta transferencia de deuda al Estado a Irlanda y España. La profunda recesión provocada por la crisis y el estancamiento posterior fueron los principales factores que dispararon el volumen de la deuda pública hasta los 40 billones de dólares en los países del G-20. 

Una década después del inicio de la crisis, crece la preocupación por una posible bomba de relojería escondida en billones de euros de deuda. Es un peligro global que abarca desde los gigantes EE.UU. y China hasta las economías pequeñas que apenas se mantienen a flote en un mar de endeudamiento cuyo ejemplo más extremo, tal vez, es Grecia. En EE.UU., el ciclo de tipos de interés ya ha pasado por su punto de inflexión, y la Reserva Federal ha dado claras señales de que seguirá subiendo tipos de interés en los próximos meses. EE.UU., cuya deuda pública ya equivale al 108% del PIB, no tendrá problemas a la hora de financiar su pasivo estatal. A fin de cuentas, las subidas de tipos sobre los bonos del Estado atraerá a miles de emisiones de dólares en capitales interesados en la primera rentabilidad sobre deuda segura en una década. 

Pero el problema estriba en lo que puede pasar con las cantidades enormes de productos de mayor riesgo. El FMI ya ha advertido acerca de las inversiones de fondos bastante conservadores como los de pensiones en deuda arriesgada porque era la única clase que daba algo de rentabilidad. Asimismo, al igual que en el Reino Unido, crece la preocupación por el aumento disparado de créditos al consumo, sobre todo en el sector del automóvil. Bancos como el Santander han sido golpeados por una huida de capitales del sector de créditos al automóvil que ha rebasado ya en el conjunto del sistema el billón de dólares. El nivel de endeudamiento de los estudiantes en EE.UU. ha crecido aún más, con 1,4 billones de dólares, tras una subida del 170% en los últimos diez años. 

Una década después del inicio de la crisis, crece la preocupación por una posible bomba de relojería escondida en billones de euros de deuda. Es un peligro que afecta tanto a las grandes economías como a las pequeñas

En el ámbito europeo, a pesar de la recapitalización de la banca, los créditos morosos en la zona euro equivalen ya a más de un billón de dólares. Los bancos más vulnerables a suspensiones de pago alcanzan nada menos que los 8,5 billones de dólares (ocho veces el PIB español). Los bancos nacionales –los que tiene más del 70% de sus activos en su mercado nacional– son mucho más vulnerables que los grandes bancos globales, según el FMI. España ha logrado bajar la deuda privada mas que ningún otro país de las economías avanzadas, menos el Reino Unido. Pero, al igual que los británicos, la deuda privada había llegado a niveles tan elevados, que ese éxito es muy relativo. España y el Reino Unido se encuentran entre los países cuyos bancos nacionales se consideran más vulnerables a los créditos morosos, según el FMI. Los países con más créditos morosos son Irlanda, Portugal, Italia (todos tienen más del 12% de impagos) y luego España, con el 5,7%.

En las economías emergentes, el endeudamiento ha arrastrado a China, cuyo pasivo (tanto privado como público) ha subido del 100% del PIB en 1994 al 250% del PIB en el 2016. América Latina, que había reducido su endeudamiento en la primera década del nuevo siglo –y parecía haber superado para siempre aquellos años de repetidas crisis de insolvencia–, vuelve a registrar subidas disparadas, sobre todo la deuda corporativa. En China, la privada ha subido nada menos que el 75% desde el 2008. Este aumento explosivo corresponde principalmente a las empresas, que han sumado 14 billones de dólares a su debe desde el 2006. Gran parte de esta deuda está comprada en dólares, lo que hace que China sea muy vulnerable si la divisa estadounidense se aprecia. Las familias chinas no se han quedado con los brazos cruzados en la carrera hacia el modelo occidental de deuda astronómica. Al igual que las estadounidenses y españolas en los años anteriores a la crisis, las familias chinas han protagonizado un aumento del 35% de los créditos particulares desde el 2006. Los créditos bancarios en China ya equivalen a tres veces el valor del PIB. Puesto que el banco central chino es el principal comprador de deuda pública estadounidense, todo indica que la emergente superpotencia en el siglo XXI está expandiendo su crédito a ritmo de vértigo, hasta el punto de que es el principal acreedor de la endeudada superpotencia del siglo XX.

Incluso en los países más pobres, en África, el Sudeste Asiático y América Latina, cuya deuda pública fue eliminada bajo los programas de condonación de deuda, esta vuelve a alcanzar niveles que provocan inquietud en el FMI: “Habíamos resuelto el problema de los países pobres, pero el aumento de deuda en estos momentos es global sin excepción”, confirma Catherine Pattillo, vicedirectora de asuntos fiscales del FMI.
Este organismo plantea un posible panorama muy preocupante en el que “los niveles de endeudamiento rebasan umbrales críticos… Esto suscitaría temores de que la deuda no es sostenible y subidas fuertes de las primas de riesgo”. Es decir, una crisis financiera. En ese escenario, el FMI advierte de que habría una caída del PIB mundial en torno al 1,7%. Es decir, una repetición del colapso del 2009-2010. La zona euro sufriría mas que otras regiones debido a la debilidad de su banca, advierte el FMI. 

Pese a todos estas historias de terror, es importante recordar algo en cualquier análisis del mundo endeudado. En alemán, la palabra deuda es un sinónimo de culpabilidad (schuld), al igual que la palabra británica quiere decir bono (gilt). Pero la deuda no tiene por qué ser mala ni pecaminosa. “El ciudadano medio suele pensar que la deuda por sí misma es mala”, dice Colin Ellis, que se dedica a valorar la deuda y el riesgo de insolvencia para la agencia de calificación de deuda Moody’s. “Pero la deuda es necesaria; para cada euro de pasivo hay uno de activo, y si no existiera la deuda, seria imposible mantener el sistema de pensiones”, dice. Es más, su demonización suele afectar al sector público más que al privado pese a que la deuda pública no provoque las crisis, tal y como explica el FMI.

Diversos países han mantenido niveles desorbitados de deuda pública sin grandes percances. La de Japón es superior al 230% del PIB, y la Italia es del 130%. En ambos países, la deuda pública proporciona una inversión segura para los ahorradores nacionales y los fondos de pensiones. Pese a las repetidas advertencias de los grupos conservadores en EE.UU. y Europa, la deuda pública no desestabiliza tanto como la privada. “No es verdad que la deuda pública restrinja el crecimiento; depende de qué se haga con ella y cómo se financie”, ilustra ­Sergio Cutillas, autor del libro La cara y la cruz de la deuda pública.

Lo que sí resulta preocupante en este escenario poscrisis es el elevado nivel de deuda privada y pública. La privada debería haber caído mucho más, y la pública ya debería estar alcanzado un punto de inflexión tras un aumento necesario en este momento bastante avanzado del ciclo. Pero no está ocurriendo, en gran medida porque el crecimiento de las economías ha sido muy lento comparado con otras recuperaciones anteriores. Esto es grave porque la clave a la hora de calcular el grado de riesgo de la deuda es la capacidad de una economía para crecer... “No sabemos exactamente qué nivel de deuda frente al PIB es sostenible, pero el crecimiento es fundamental”, explica Colin Ellis. Lo que sí se sabe es que un crecimiento del PIB que depende sólo de la expansión del crédito no puede ser sostenible. Pero ahora eso es exactamente lo que ocurre. Pese a la creación de empleo, no hay subidas de salarios para impulsar el consumo de forma sostenible ni una clase empresarial dispuesta a invertir en sectores productivos.

Es decir, que una repetición de la crisis es posible y, como reconoce Ellis: “No vamos a ver la crisis antes de que llegue”. Será aún más probable si la Administración de Donald Trump sigue desmantelando las regulaciones sobre la banca y el sector financiero creadas después de la última crisis para evitar una repetición del crédito excesivo y la especulación. Viendo la expansión vertiginosa de la deuda y aquellos Jaguar y Porsche en las calles de Liverpool, viene a la mente aquella respuesta del gran economista polaco Joseph Schum­peter a quienes defendían el capitalismo sin regulación: “El hecho de que un coche no tenga frenos no quiere decir que pueda ir más rápido”.