La vida secreta del Prado

Búnkers, talleres y salas de máquinas. Laboratorios, gabinetes y archivos. Sótanos, desvanes y tejados. Luz, penumbra y oscuridad. Un viaje por las tripas de la gran pinacoteca, que cumple 200 años, a través de los retratos de sus trabajadores y de unos paisajes privados sorprendentes.

Un suave perfume a nada, a notas de lejía y de pino, acompañadas de silencio y redondeadas con una quietud demoledora. Un señor del servicio de limpieza desaparece por un pasillo con un cubo y un trapo. No puede quedar ni una mota de polvo. Una señora pasa revista y recuenta los lienzos de una de las salas. Todos en posición de firmes: los dioses, presentes. Las princesas, presentes. Las gracias y las santas, los enanos y los faunos, los soldados y sus caballos, presentes. A cada pocos metros, ojo avizor y con la mano en el gatillo, los extintores tensan la mandíbula. Falta un rato para las diez de la mañana y para que abran las puertas al público, pero el Museo del Prado ya hace horas que se ha desperezado, se ha enfundado el uniforme o la bata blanca, se ha bebido el café (de máquina) y se ha puesto manos a la obra. Y a las obras. El antiguo edificio Villanueva se acicala para el 200 aniversario del Prado, que se celebra hasta el 19 de noviembre del año que viene.

“En las obras no hay nada muerto, hay alteraciones químicas de los materiales. Restauras y recuperas su calidad de vida”, dice María Antonia López de Asiaín

Mientras en las salas de exposición Las Meninas se alisan la falda –“¿Ya nos toca salir?”– y el Saturno de Goya se presta a su desayuno diario, en las dependencias privadas del museo madrileño florece otro mundo tan o más espectacular, cotidiano y habitualmente invisible y vedado, al que Magazine ha tenido acceso varios días. Búnkers, talleres y salas de máquinas. Laboratorios, gabinetes y archivos. Sótanos, desvanes y tejados. Luz, penumbra y fundido a negro. Cuadros desvestidos, esculturas a flor de piel.
Por pasillos subterráneos y luego elevados se accede desde la puerta de los Jerónimos (los visitantes ya hacen cola) al Cubo. Allí se halla el departamento de restauración de pintura, cuyos miembros limpian, fijan y dan esplendor. Competencia indirecta a los miembros de la Real Academia Española cuya sede está a un tiro de pincel de este obrador de los prodigios. Chapa y pintura fina. Guantes, escalpelo y sutura. Y sobre el caballete de operaciones iconos legendarios que forman parte de los greatest hits del Prado. Qué es si no La anunciación de Fra Angélico, tabla cegadora con su azul cielo y el dorado de las plumas del ángel. Qué es si no La nevada, gran mural de Francisco de Goya, que se yergue repleto de cicatrices que pronto desaparecerán tras varias sesiones de estética.

Los cuadros son pacientes, seres vivos, tienen achaques, reuma, artritis  y secretan aceites. Es lo primero que explican Enrique Quintana y María Antonia López de Asiaín, del departamento de restauración. “No hay nada muerto, ni las naturalezas, ni los paisajes, estamos ante alteraciones químicas de los materiales. A las obras que restauras les coges cariño, son especiales, recuperas su calidad de vida”, cuenta López de Asiaín en un taller en el que la última tecnología se combina con gracia con muebles antiguos que llevan muchas historias a sus espaldas y que formaban parte de las viejas instalaciones de la sección. Curiosamente, la mayoría de los caballetes son de madera, las lámparas y otras herramientas son high tech.

Lola Gayo y Maite Jover investigan materiales, aislan pigmentos  y estudian técnicas de los pintores: “Por favor no nos ponga que somos el CSI”

Lindando con La anunciación, Alicia Peral, una de las restauradoras, se cala las gafas de aumento, esas que a veces llevan los dentistas, e inspecciona dos cuadros a la vez, dos tablas mellizas, firmadas por Marinus van Reimerswaele (1490-1546), pintor flamenco del que sólo constan once piezas con su rúbrica, entre ellas varias versiones de El cambista y su esposa, los que ahora mismo tiene en la mirilla. “Tener las dos versiones ayuda a comparar materiales, y muchos otros aspectos”, dice Quintana.

Parte del equipo acaba de regresar de clase de inglés. Otra parte está con su criatura respectiva. Una restauradora trabaja en un marco en la gran mesa central. Al fondo de la sala, con vistas al antiguo claustro de los Jerónimos, rodeada de grandes lienzos, Eva Martínez señala los secretos que dejó enterrados el pintor napolitano Massimo Stanzione (1585-1656) en una de sus obras. “¿Si estresa el trabajo? Sí que requiere mucha concentración, no puedes cometer errores y siempre te lo llevas contigo adonde vayas”, cuenta. Entre el atrezzo del taller, viejas fotos de antiguos restauradores, un armario lleno de pigmentos y hasta una minipímer con la que se hacía un engrudo para pegar. También muchas botellas y frascos con soluciones químicas, todos etiquetados. Eva bebe de una visiblemente diferente, para evitar confusiones.   

Lo que más abunda en el laboratorio de restauración no son las telas que necesitan cuidados, sino las radiografías de esas obras, que muestran enigmas, trucos y cambios que decidieron incluir los maestros (y maestras, que la pinacoteca se ha puesto en los últimos meses a reivindicar a pintoras cuyas pinturas y esculturas fueron orilladas durante siglos). Las radios también indican de qué modo están montadas y unidas las tablas del cuadro, fibras, tendones de animales, grapas de hierro… En el taller se trabaja muy estrechamente con un doble equipo de profesionales que dan pistas de qué, con qué y cómo pintaban los artistas.

“Con las radiografías vemos secretos que el pintor no creía que se descubrirían, es como si le miráramos por encima del hombro mientras pinta”, explica Laura Alba

Lola Gayo y Maite Jover están al frente del laboratorio investigando materiales, trazando el origen de ciertos pigmentos y reproduciéndolos químicamente o documentando técnicas de trabajo. Laura Alba y Jaime García-Máiquez se encargan de estudiar con los rayos X (radiografías) y los infrarrojos (reflectografías) lo que las láminas guardan en sus entrañas pero los ojos no pueden percibir. Sus despachos están puerta con puerta. En el Prado, a veces, les llaman con cariño el Gabinete Caligari. 

El laboratorio de Gayo y Jover no huele a nada, ni hay pipetas ni ungüentos. Si acaso se oye el zumbido de los motores del microscopio óptico y el microscopio electrónico de barrido cuando se disparan. “Por favor no nos ponga que somos el CSI”, suplican al unísono con una sonrisa. Su cometido es triple: orientar, investigar y obtener materiales. “Indicamos a los restauradores qué tipo de barniz hay en la obra, cómo se puede retirar…”, cuenta Gayo. Se encargan de buscar pigmentos parecidos a los usados, pero si no tienen un origen idéntico no pasa nada, casi que mejor: “Es bueno que sean diferentes para que a la hora de trabajar se sepa que pigmentos son originales y cuáles se han usado para restaurar”, explica Jover.  A veces, su misión consiste en “conocer mejor las técnicas de cada pintor, no por la restauración en sí, sino por el hecho de saber más”, aseguran. Se nota que se divierten, aunque siempre hay un momento crítico: cuando tienen que arrancar a las pinturas una muestra para analizarla. “Es una mota mínima, pero ahí sí sufrimos”, señala Gayo a un punto rojizo casi invisible metido en una plaqueta de plástico transparente. En el laboratorio, limpio como una patena, luce una foto de Rosalind Franklin, la científica que contribuyó al descubrimiento del ADN y cuyos esfuerzos no fueron premiados con el Nobel, que sí recibieron sus compañeros de laboratorio.

En el museo hay muchas normas y, entre ellas, una casi sagrada: las salas deben estar a una temperatura de 22º y la humedad debe ser del 50%, la climatización es un sistema básico

Si de descubrimientos se trata, en el museo los primeros que suelen gritar eureka son el equipo de Alba y García-Máiquez, los que conocen el making of de una obra, el así se hizo: “Vemos secretos que el pintor no creía que se descubrirían. Miramos las tripas y también la superficie. Con las radiografías y reflectografías entramos en su privacidad creativa. Nos metemos en su cabeza, es como si miráramos por encima del hombro mientras pinta, igual que Felipe IV hacía con Velázquez”, ilustra Laura Alba. “Curiosamente –agrega García-Máiquez– los cambios y retoques suelen engrandecer a los grandes pintores y hundir aún más a los artistas mediocres”. Tal vez lo más bonito de su oficio sea que no siempre pueden dar con todas las explicaciones y que por mucho que miren y estudien, el acertijo no se desvanece. No siempre se puede saber todo… 

Laura Alba siempre lleva un pincel limpio en la mano para señalar detalles, correcciones y guiños de los autores. Por un laberinto de pasillos y puertas atraviesa mundos interiores de la pinacoteca madrileña hasta llegar a un búnker subterráneo cuya puerta de metal lleva una inscripción dantesco-nuclear que no llega al Dejad toda esperanza, pero casi: “Zona vigilada de irradiación. Riesgo eléctrico”. Dentro, en una pantalla iluminada de unos cuatro metros de altura y tres de anchura, lucen  radiografías de algunos de los personajes más famosos de los lienzos de Velázquez, psicofonías gráficas protagonizadas por Felipe IV en varias etapas de su vida, la monja conocida como La venerable madre Jerónima de la Fuente, el niño de La adoración de los Magos, los caballeros, sus toquillas, las damas, los mendigos, los eremitas, los bigotes y barbas. Sus miradas intentar escapar, sus sombras rebotan contra el suelo de cemento pulido con la intención de estirar las piernas, pero de ahí no pasan.

Las primeras horas de la jornada son cruciales para muchos de los profesionales. En vez de ir directamente a sus despachos, aprovechan que aún no han entrado los visitantes para revisar, comprobar, estudiar y mirar las obras sin agobios. Hace unos años, todo eso se podía hacer el lunes, día de descanso del museo, pero ahora El Prado abre todos los días del año excepto en Navidad, Año Nuevo y el Primero de Mayo.

Ahí está Marta Hernández, responsable del Tesoro del Delfín, muestra permanente abierta antes del verano, en la que son casi tan espectaculares la vidriera continua y los sistemas de ventilación e iluminación como los objetos y joyas, algunas muy frágiles, que se exhiben y que tienen su origen en la época de Felipe V. “Existe una necesidad de que nada falle, de que no haya manchas en el vidrio ni defectos en la iluminación. En los zócalos hay medidores del aire, sensores camuflados…”, dice Hernández.

Alejandro Vergara, jefe de conservación de pintura flamenca, también aprovecha los ratos matutinos para buscar detalles en los cuadros de David Teniers hijo (1610-1690). Intenta hallar respuestas, concomitancias entre sus telas y las de Marinus “del que se conocen pocos aspectos y no muy bien, pinta sobre recaudadores, pero ¿es satírico? ¿Llevan ropas anticuadas? Quiero ver si los personajes (de uno y otro autor) se visten igual”. Vergara muestra como Teniers tenía una sensibilidad feminista “un #Metoo del siglo XVII”, explica,  y señala la figura de una mujer que rechaza de un empujón a un hombre que la está acosando.

En muchas obras del Prado perviven mundos que ya se desvanecieron y no sólo los ropajes, las cerámicas, la cristalería, también ciertos animales, algunas razas de caballos, frutas, que con el paso de los siglos y las hibridaciones desaparecieron. Esas pepitas gruesas en las sandías de los bodegones de Luis Meléndez, ¿quién las encuentra hoy en día? ¿Y las rosquillas que aparecen en las naturalezas muertas de Clara Peeters? 

En todas o casi todas las dependencias privadas del museo existe alguna caja con la cinta informativa “muy frágil”. En el Gabinete de Dibujo, que dirigen José Manuel Matilla y Gloria Solache, todo lo es, las fotografías y, especialmente, los grabados cuidadosamente archivados y que sólo se exponen de manera temporal so pena de deterioro irremediable. “El trabajo en papel es más ligero, más débil, el concepto de restauración es muy distinto, a veces utilizamos gomas de borrar especiales”, cuenta Matilla, que informa, sin presumir, de que El Prado posee 500 de los 1.000 dibujos que se le atribuyen a Goya. Sobre la mesa, una muestra de la serie Los Caprichos. Una maravilla indescriptible.

La institución se rige por muchas normas, pero hay una  inamovible, casi sagrada: las salas deben estar a 22º de temperatura y la humedad ha de ser del 50%. Una sala en el Gabinete de Dibujo que conserva una fotografía de formato extraño –un rollo de diez metros de longitud– y valor documental considerable –muestra como el recinto exponía sus obras hace un siglo¬ es la excepción a esa regla, hace más frío.

La climatización del museo es capital y de ella se ocupan Augusto Martínez, Pepe Muñoz y unos pocos compañeros más desde unas dependencias subterráneas presididas por cubas de agua, bombas de aire purificado, válvulas, paneles y circuitos que parecen inspirados en el Nautilus del capitán Nemo. Los tubos de ventilación que discurren por los techos se asemejan a un órgano de catedral gótica. Los últimos avances se confunden con mandos ya fuera de servicio que dan un toque pretecnológico, un aire a la Enterprise de Star Trek. En la sala de máquinas, el aire contaminado de Madrid pasa por varios filtros y sale purificado para climatizar las distintas dependencias. “Aquí está la zona de frío y allá la de calor”,  señala Muñoz, quien, como Martínez, llevan décadas perfeccionando las instalaciones y documentándose sobre cómo lo hacían sus predecesores. A mediados del siglo XIX, al parecer, encendían estufas para aclimatar las salas. 

En el fascinante viaje por la vida secreta del Prado, abundan las sorpresas. Si las salas de climatización son un espectáculo, aunque no necesariamente artístico, hay otros rincones que parecen inimaginables… hasta que se visitan. No es fácil: hay que subir escaleras de hierro verticales, atarse a arneses, sortear tubos de gran diámetro, escalar hasta lo más alto, transitar por claraboyas sólidas que parecen frágiles. Da miedo pisarlas por si se quiebran y uno acaba aterrizando en la sala de los Cartones de Goya o, con el estruendo, estropeando el éxtasis inacabable de alguna Inmaculada Concepción de Murillo. “Los encamonados”, anuncia Augusto Martínez, un término que ha sobrevivido con el paso del tiempo y que se refiere al antiguo revestimiento con cañas de las bóvedas. Hoy en día los encamonados, la última frontera del museo, son lo más parecido a los pasillos de una nave espacial que ilumina algunas salas y se mantiene siempre limpia. Está repleta de extintores y hay alguna forma de vida extinta, naturalezas muertas entrañables, dos lagartijas medio disecadas y una cigarra que pasó a mejor vida dejando un bonito cadáver.

En el penúltimo redoble de tambores de esta gira aérea, Martínez muestra otro esqueleto, casi arqueológico, que da fe de cómo se tramó el forjado a inicios del siglo pasado, vigas de hierro claveteadas y pintadas de blanco nuclear. “Los clavos se calentaban en un hornillo al rojo vivo, se clavaban y se remachaban por el otro lado”, explica tras abrir una puerta que da acceso al punto más alto (o casi) de la pinacoteca. Desde arriba, el museo parece un submarino que ha emergido sin pedir permiso en medio de Madrid y por cuya escotilla se cuelan una luz mortecina, el ruido, la polución y muchos otros peligros del mundo exterior.  Adentro, en cambio, se está a salvo, porque la belleza es protectora. Reconforta estar paseando por la orilla de las playas de Sorolla o zambulléndose en El Parnaso de Poussin, riendo un rato con Las hilanderas de Velázquez o echando un trago con Los borrachos. O ayudando a bajar a Cristo en El descendimiento de Van der Weyden o viviendo una aventura en el Jardín de las delicias del Bosco, aunque a ser posible no en el retablo del fuego eterno. Ahí el calor es insoportable.