El asombroso mundo vegetal

Siempre que llegan estas fechas y estalla la primavera a mi alrededor, entro sin poder evitarlo en un proceso casi ridículo de exaltación lírica. He dicho “estalla”, porque esa es en efecto la sensación. El resto de las estaciones llegan normalmente poco a poco, sucediéndose las unas a las otras en el paisaje con cierta calma. La primavera es en cambio un fenómeno repentino y asombroso. Una mañana, al levantarte, te asomas a la ventana y ves que, casi desde la nada, han surgido miles de flores, los árboles se han cubierto de hojas frescas y el aire y la luz se han dulcificado. 

En estas fechas, me recuerdo a mí misma en el aula del Instituto Femenino de Oviedo en la que estudié siete años, intentando atender a las clases de alguno de los profesores –muchos de ellos, por cierto, buenísimos–, pero sin poder evitar que mi mente volase más allá de las ventanas, hacia los montes cercanos, añorando, como una Heidi adolescente, echar a correr en busca de todo aquel esplendor. 
Sigo igual, qué quieren que les diga. Mucho más arrugada y con el pelo corto, pero en cuanto asoman las flores y el verde por el horizonte, mi alma entra en éxtasis y sigo pensando que, en estos días, cualquier cosa que no sea estar ahí, en medio de esa belleza, abriendo mucho los ojos y las narices, es una lamentable pérdida de tiempo. 

EN CUANTO ASOMAN LAS FLORES Y EL VERDE POR EL HORIZONTE MI ALMA ENTRA EN ÉXTASIS


Mi devoción por los árboles y las plantas data pues de antiguo. Quizá sea la sangre de antiguos campesinos de los montes de Covadonga que corre por mis venas. El caso es que siento una profunda emoción, un agradecimiento panteísta ante todo eso que llamamos, con evidente menosprecio, el mundo vegetal. Agradecimiento por todo lo que nos dan: belleza, claro, pero también alimento, medicinas, combustible, sombra, lluvia y, por encima de todo, oxígeno, nuestra mismísima vida, que no habría sido posible en este planeta de no haber existido todas esas extraordinarias especies vegetales. 

Mi admiración por las plantas se ha acrecentado últimamente con la lectura de un libro que recomiendo: Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal, de Stefano Mancuso y Alessandra Viola (Galaxia Gutenberg, 2015, en traducción de David Paradela). El título lo dice todo. Sólo añado que, si existe la reencarnación, yo en la próxima vida me pido ser una planta y ocupar mi lugar serenamente, sin dañar, sin depredar, sin abusar de nada ni de nadie. Por favor.