Contra el hiyab

No sé si habrán visto ustedes la noticia, pero desde hace algunas semanas se está produciendo en Irán un pequeño movimiento lleno de significado. Desde la implantación de la República Islámica en 1979, las mujeres están obligadas allí a cumplir determinadas normas de vestimenta. Las que no llevan el chador (esa especie de túnica negra que las cubre desde la cabeza hasta los pies) deben al menos tapar su cabello con el hiyab, un pañuelo sencillo, que normalmente es de color blanco.

En diciembre, algunas jóvenes iraníes comenzaron a situarse en lugares públicos, quitarse el hiyab y agitarlo en el aire, colgado de un simple palo. El gesto, por supuesto, está castigado con penas de hasta dos meses de prisión y multas, y se habla de diversas mujeres detenidas por saltarse la ley. Hay fotos suyas en las redes y los medios de comunicación, acompañadas a veces por algunos chicos que muestran así su apoyo a ese deseo de emancipación. Me emociona esa actitud de las iraníes por lo que contiene de lucha por su libertad. Y me hace pensar, una vez más, que buena parte de la izquierda europea se equivoca cuando se empeña en defender el derecho de las mujeres musulmanas –y hasta el de las niñas– a portar el hiyab, asegurando que se trata de una elección libre y no de un triste gesto de sometimiento a la opresión patriarcal.

EL CABELLO FEMENINO ES UN ARMA ENDEMONIADA CAPAZ DE TENAR A LOS HOMBRES


Ciertas interpretaciones estrictas del Corán exigen a las mujeres que se cubran la cabeza –como lo exigió la cultura cristiana durante siglos– porque el cabello femenino es un elemento de seducción, una de las armas endemoniadas del género femenino, capaz de tentar a los hombres. En lugar de plantearse que esos hombres tan débiles deben ser educados y, en todo caso, castigados, las culturas y las religiones patriarcales han optado siempre por someternos a nosotras a toda clase de ­prohibiciones, haciéndonos culpables de nuestros propios cuerpos.

Me gustaría decirles a mis hermanas iraníes que estoy con ellas. Que ese gesto que algunos tachan allí de infantil es en realidad una bomba en el corazón del patriarcado, que abre la puerta a un futuro mucho mejor. No lo tendrán fácil, como no lo hemos tenido fácil las mujeres aquí, pero deben hacerlo. Y, desde este lado del mundo, infinitamente más afortunado para nosotras que el suyo, tan sólo podemos apoyarlas negándonos a aplaudir el hiyab y el resto de los ropajes carcelarios de cualquier mujer.