En una gran ciudad

¿Cómo serán nuestras ciudades dentro de cincuenta años? La mayor parte de las predicciones que oímos de niños quedaron muy lejos de la realidad. Recordemos únicamente cuatro de las utopías más circuladas entonces: nos alimentaríamos, como los cosmonautas, con píldoras, erradicándose así el hambre en el mundo; nuestras ropas estarían confeccionadas con tejidos indestructibles que nos defenderían tanto del frío como del calor; la amenaza de las invasiones marcianas uniría a las naciones de nuestro planeta en una federación idílica y, por último, en veinte o treinta años a más tardar, los coches volarían. Sin embargo, en lo que respecta a estas profecías, lanzadas desde laboratorios y universidades, seguimos como en la edad media, y hambrunas, dislocamientos climáticos y guerras devastadoras siguen campando por sus respetos, y nos pasamos la vida en los atascos. ¿Y las ciudades? ¿Cómo se pensaba que serían?

seguimos como en la edad media, y hambrunas y guerras siguen campando

Estaban llamadas a convertirse en lugares donde sería fácil ganarse el pan y gastarse el excedente de los salarios de forma divertida y excitante. Pero en este punto sucedió lo imprevisto, y apareció el teocrático, belicoso, hostil islam. Hasta entonces los países árabes, que salían de la tutela colonial, apenas eran otra cosa que decorados de Lawrence de Arabia. Desde hace apenas diez años no hay estadio de fútbol, discoteca, bulevar concurrido, mercado, metro, tren o templo donde uno o varios fanáticos no puedan sembrar el terror.

Ignacio Echeverría, el joven que perdió su vida tratando de salvar la de un policía atacado por unos islamistas, se había mudado a Londres hacía un año atraído por las promesas que ofrece una metrópoli. Lo que le convierte en héroe fue que corrió hacia el peligro, en defensa de una desconocida, en vez de huir de él. El primer impulso de los que no tenemos su valor sería acaso buscar refugio en pueblos, villas y despoblados y dejar nuestras ciudades a merced de quienes querrían convertirlas en menos aún que las ruinas de Palmira.

Pero ahí estaba ese muchacho dispuesto a defender con su vida estadios, discotecas y mercados, pero también museos, teatros, bibliotecas y todo aquello que da sentido a la nuestra, esas cosas que sólo son posibles en una gran ciudad y sólo en una gran ciudad.