En voz alta y clara

A finales del año pasado, Antonio Fabregat promocionaba su libro Convence y vencerás, un volumen que explica cómo hay que hablar en público y cómo, a veces, de nada sirve ser un experto en un tema determinado si a la hora de exponerlo uno se azora y se queda en blanco. Fabregat imparte clases de oratoria no sólo a estudiantes de secundaria y de bachillerato, sino incluso de másters. No sé si también en la Universidad Rey Juan Carlos. Si así fuese, quizás habría tenido como alumna a Cristina Cifuentes, la expresidenta madrileña.

Si el alumno no marcaba pausas en las comas y los puntos, el maestro lo corregía

El caso es que leía entrevistas que los medios de comunicación hacían a Fabregat y, en una de ellas, tras subrayar que el miedo a hablar en público ocupa uno de los primeros lugares en el ranking de fobias, el entrevistador le preguntó en qué fallamos. Fabregat respondió: “Fallamos en no enseñar a hablar en público desde primaria. Hablar en público no es mucho más difícil que jugar a baloncesto o conducir un coche. Sencillamente, hay que adquirir unos hábitos, una rutina, y perder el miedo poco a poco. Es mucho más fácil incorporarlo desde pequeños, igual que aprender un idioma. En los países anglosajones, por ejemplo, a partir de los cinco años los niños hacen exposiciones orales o, delante de los profesores, explican frente a la clase qué han hecho el fin de semana”. He vuelto a pensar en aquella entrevista –que recorté y guardé en una carpeta– cuando ahora he visto comentarios sobre la necesidad de impartir clases de oratoria a los estudiantes. El último, en una revista de educación que habla de Neil Mercer, psicolingüista de la Universidad de Cambridge. 

Lo que me sorprende es que recuerdo haber hecho exposiciones orales en mi escuela, una escuela barcelonesa de barrio de lo más sencillo. Y antes de eso, lecturas en voz alta, que es el paso previo. Era a finales de los cincuenta. Yo tendría ocho años y, cada tantos días, el maestro escogía a un alumno diferente y lo hacia salir a la palestra, para que leyese en voz alta un par de páginas de un libro, frente al resto de los alumnos. Si no marcaba con las pausas adecuadas las comas, los puntos y seguido y los puntos y aparte, lo corregía. Aprendías que sólo respetando las indicaciones ortotipográficas los demás entienden qué estas explicando. Luego he visto que eso ha ido de baja. La prueba es que a veces pones la radio y escuchas a locutores a los que tanto les da que haya comas o puntos, porque todo lo leen de carrerilla y no se entiende ni papa.