Esperanza de futuro

Me cuenta una buena amiga que en una asociación dedicada a cuidar de niños discapacitados, en cierta ciudad española, se están produciendo graves errores de gestión que afectan al bienestar y la alimentación de los críos. Alertados los padres y las madres por algunas trabajadoras del centro, la inmensa mayoría no se decide sin embargo a denunciar públicamente la situación. ¿Por comodidad…? ¿Por miedo a que las cosas empeoren si protestan…? Mi amiga, asombrada, no logra encontrar la respuesta.

Podría decirse algo parecido de la sociedad española en su conjunto. ¿Quién no se siente aquí víctima de los abusos de numerosas empresas (hacia sus trabajadores y hacia sus clientes), de los malos modos de la Administración en todos sus niveles, del mediocre sistema de enseñanza, del deficiente funcionamiento en ciertas comunidades de la sanidad pública, de la falta de ayudas sociales cuando son precisas, de las mentiras de muchos de nuestros políticos, del nefasto uso del dinero público, etcétera, etcétera? 


gracias, abuelas y abuelos, por darnos una leccióna todos: onos movemos,o nos aplastan


Y, sin embargo, ¿cuántos de nosotros protestamos, denunciamos y exigimos cambios? Igual que ocurre con los padres timoratos o indiferentes de esas pobres criaturas, España y sus numerosas carencias, atropellos y arbitrariedades, públicas y privadas, se sostienen sobre el inmenso silencio de buena parte de la población. Una mayoría de los ciudadanos, me temo, parece resignada a vivir aguantando toda clase de injusticias, como si eso fuera lo normal. 

Creo que es por esa razón por lo que tanto nos ha sorprendido la movilización de los pensionistas. Nadie contaba con las quejas de ese sector fundamental de nuestra sociedad, al que todos creíamos conformista y sumiso. Sí, ya lo sabíamos: lo pasan fatal. Las pensiones apenas les llegan para vivir, los precios de las cosas fundamentales están por las nubes y las ayudas públicas, entre tanto, son prácticamente inexistentes. Pero, dado el sumiso carácter nacional, tan probado durante los interminables años de crisis y poscrisis, nadie contaba con que se organizasen y se movilizasen para protestar, más allá de lamentarse con sus amigos, sus hijos o la tendera de la esquina. 

Pero ahí están, valientes y cargados de razón, manifestándose en la calle y clamando por sus derechos. Y dándonos una lección a todos: o nos movemos y chillamos, o nos aplastan. Gracias, abuelas y abuelos de España. Vosotros sois la mejor esperanza del futuro.