Felicidad

Saco una cerveza del cubo de hielo, tomo un par de olivas, vuelvo a meter el cuerpo en el agua

El texto trata sobre gastronomía y psicofísica, sobre la experiencia multisensorial que entraña el gusto y la manera en que las gratas sensaciones que a menudo nos produce la comida no vienen dadas exclusivamente por la calidad del producto ni tampoco por la pericia de las manos que la preparan, sino por un cúmulo de elementos que van mucho más allá del plato en sí." data-share-imageurl="">

Leo un artículo un mediodía no demasiado caluroso sentada en las escaleras de la piscina de mi hermana Ana. El agua me llega hasta la cintura, el sol cae en el ángulo justo, estoy rodeada de plantas, tengo una mesa llena de aperitivos apenas a unos metros de distancia y los míos andan cerca, charlando sobre esas insustancialidades de las que normalmente se habla cualquier perezoso domingo de agosto entre familia y amigos.

Saco una cerveza del cubo de hielo, tomo un par de olivas, vuelvo a meter el cuerpo en el agua

El texto trata sobre gastronomía y psicofísica, sobre la experiencia multisensorial que entraña el gusto y la manera en que las gratas sensaciones que a menudo nos produce la comida no vienen dadas exclusivamente por la calidad del producto ni tampoco por la pericia de las manos que la preparan, sino por un cúmulo de elementos que van mucho más allá del plato en sí. Factores como la forma de la mesa, el peso de la cubertería o la música que suena de fondo aunque no le prestemos atención, por ejemplo, pueden hacer que un entrecot o una lubina al horno potencien su sabor en nuestras neuronas, porque el sentido del gusto se entremezcla con la vista, el tacto o el oído de manera subyacente en un combo de percepciones cerebrales difíciles de separar. 

Dejo un momento la revista sobre el borde de la piscina, me levanto y me acerco a la mesa de los aperitivos. Saco una Mahou del cubo de hielo, me meto en la boca un par de aceitunas, agarro un puñado de patatas fritas, vuelvo a meter medio cuerpo en el agua. Y mientras hago estos simples movimientos, pienso en lo que acabo de leer. Cuánta razón. Ni esta cerveza, ni estas olivas, ni estas simples patatas fritas me sabrían de esta misma manera si hoy yo no estuviera aquí. Ni el gazpacho de ayer sería lo mismo en una noche de noviembre, ni el melón que a diario tomamos de postre en cuencos de barro tendría el mismo gusto si lo comiéramos un día de lluvia en un plato distinto, ni las simples papas aliñás que tengo previstas para mañana me resultarían tan sabrosas fuera del porche abierto de mi casa, en otro entorno y sin olor a mar. 

Es cuestión de meras sensaciones, ciertamente. Pero es así. Por eso nunca hago salmorejo en invierno, y eso que es lo que más me gusta en el mundo. Porque no me genera felicidad.