La fiambrera

En casa de una amiga, refulgente en un estante con sus inolvidables colores –y algunos abollones del uso–, me encuentro de repente una vieja fiambrera, de las de mi infancia: un recipiente metálico, redondo, de un intenso color azul, con unos platos –rojo, amarillo y plata– encajados unos dentro de otros y sirviendo de tapadera.

Ese artilugio, que algunos llaman también tartera, despierta en mí montones de recuerdos extraordinarios. Cada vez que, de niños, hacíamos un picnic, las mujeres de la familia preparaban filetes empanados o tortilla que se guardaban y se comían ahí. Ya adolescentes, la fiambrera nos acompañaba en las excursiones con los amigos a la montaña o a la playa, igualmente bien provista de comida rica.

Si tuviera que comprar ahora una, me volvería loca entre materiales, formas, colores...

“La” fiambrera: que yo sepa, no había más modelos que ese, el metálico de colores alegres. Al menos en Asturias, donde yo vivía. Igual que sólo había, por ejemplo, un tipo o dos de cantimploras –otro elemento imprescindible en las salidas al campo– o, por entrar en otros territorios, un par de diseños de teléfonos, tres marcas de chocolate o un pequeño puñado de coches diferentes. 

Nada que ver con lo de ahora, por supuesto, cuando disponemos de miles y miles y más miles de productos de todo tipo para elegir, da igual que hablemos de alimentos, ropa, objetos de decoración, material de oficina, electrodomésticos o lo que quiera que sea de la infinidad de cachivaches que usamos en nuestra vida. La abundancia y la variedad nos rodean en todo. Tanto, que vivimos medio perdidos entre las infinitas posibilidades del consumo. 

No digo que eso sea malo. Está bien poder elegir, claro: no voy a presumir de que no soy consumista porque sí lo soy. Y supongo además que tanta variedad dará de comer a mucha gente (aunque a menudo será más bien mal comer). Pero a veces anhelo una vida un poco más sencilla, lo confieso. Estoy segura de que si tuviera que comprar ahora una fiambrera –si es que semejante cosa existe con ese nombre–, me volvería loca entre materiales, formas, colores y precios y, probablemente, acabaría comprando una poco útil y volviendo a comprar otra diferente quince días después. Supongo que, en realidad, ese es el truco: que no sepamos ya ni lo que necesitamos. Es lo que hay, pero aquella vieja fiambrera de mi infancia y adolescencia, se lo aseguro, era un chisme perfecto, aunque no hubiese ningún otro con el que compararlo.