Hacia el sol

Me impresiona pensar que ahora mismo, y desde hace unas semanas, hay una nave espacial, la sonda Parker, viajando hacia el Sol: un artefacto humano –el más veloz construido hasta ahora– cruzando el espacio para llegar hasta nuestro astro padre y enviarnos desde allí información me parece una de las cosas más impactantes que he oído en mucho tiempo.

Pienso en todos los seres humanos que, desde el origen de la especie, han mirado al sol y se han interrogado sobre él o lo han venerado. En los sabios que, mientras lo contemplaban, quisieron ir siempre más allá a pesar de todos los obstáculos, nuestros ejemplares Galileo, Kepler o Copérnico, y no dejaron de cuestionar lo establecido e imaginar lo incomprensible. En las infinitas personas que, simplemente, han observado sin perder el asombro el poder de la estrella que nos alienta.

El vuelo de nuestra curiosidad, que siempre nos ha hecho rebelarnos contra los dioses

Si cualquiera de los muchos seres que un día se preguntaron de dónde nacía todo ese ardor levantara la cabeza y supiera que dentro de tan sólo siete años un aparato ideado y construido en la Tierra navegará en medio del viento solar y nos transmitirá algunos de sus misterios, caería sin duda de rodillas ante las mentes capaces de desarrollar semejante ingenio. 

Imagino lo que algunos están pensando: qué pena que seamos tan listos, que tengamos capacidad para llegar hasta el Sol, y no empleemos todo eso en terminar con algunos problemas terrestres tan sencillos como el hambre. Si nuestra inteligencia y nuestra tecnología dan para realizar una hazaña semejante, con mucha más razón deberían alcanzar para resolver asuntos fácilmente solucionables a poco que hubiera interés político en resolverlos. 

Y es cierto, qué duda cabe. Pero déjenme que me aparte por un momento de la realidad más mezquina y me centre en esta otra, tan entusiasmante, que defienda hoy este logro humano, esta realización de un antiquísimo sueño, el vuelo inimaginable de nuestra curiosidad, que siempre nos ha hecho rebelarnos contra los dioses. Seríamos bien poca cosa si, a lo largo de nuestro desarrollo como especie, no hubiéramos ansiado alcanzar las estrellas y no hubiéramos puesto todo nuestro empeño en conseguirlo. Ahora llegaremos al fin a una, a la más cercana, a la nuestra. Y esa proeza, con perdón de todos los terribles asuntos humanos sin resolver, me hace sentirme por un rato orgullosa de formar parte de esto.