De libro en libro

El pasado mes de diciembre me escapé a Detroit un día aprovechando que estaba en Chicago en un proyecto. Paseando por esa ciudad brutal acabé en una especie de museo que hablaba de la historia de algunas de las marcas de coche que situaron a la ciudad en el mapa global y en el imaginario ­colectivo. 
En el viaje de ida en avión entre las dos ciudades, de poco más de una hora, acabé el libro que estaba leyendo, por lo que iba sin lectura para la vuelta. No sé ustedes, pero la sensación de estar sin libro es poco agradable y me obliga a acuciar los sentidos buscando el que será el nuevo compañero de viajes, esperas, desvelos y cafés. Es en estos momentos cuando intento no condicionar la búsqueda y dejar que sean los lineales de una librería y los consejos de un librero los que me desvelen nuevos mundos.
Total, que en la librería de este espacio compré Fordlandia, un ensayo que explica las aventuras de la marca Ford en el Brasil de los años veinte y treinta en su voluntad por crear una ciudad utópica en el Amazonas donde cultivar caucho. El texto estaba bien escrito, explicaba cosas sobre temas de los que no tenía ni idea, que no tenían nada que ver con el trabajo y además no ocupaba demasiado. Ideal para lecturas ociosas. 
Este libro me llevó a otros, como hacen siempre los mejores textos. Una referencia escondida en medio de un párrafo me condujo a una autobiografía de Roger Casament, un bon (muy bon) vivant en el Belém de entreguerras, y a otro ensayo, en este caso sobre la construcción de líneas ferroviarias en el Amazonas por la misma época. Un ensayo terrorífico que deja las tinieblas de Conrad en un mero paseo en barco. 
Todo este conocimiento surgió de un paseo por Detroit. Llegué a la ciudad buscando la monumentalidad de una de las grandes ciudades de la ruina contemporánea y un mes después me considero un aficionado a la vida colonial en el Brasil de principios del siglo XX. Nada que ver y todo que ver. 
Entre nosotros, ¿no es maravillosa la curiosidad azarosa?