Los premios IgNobel

Hace un cuarto de siglo, cuando empezaron a concederse los IgNobel, cada año los esperábamos con ansia. Por si todavía alguien no sabe de qué van, diremos que son unos galardones que parodian a los premios Nobel. La ceremonia de entrega tiene lugar en Harvard, ahí donde la prestigiosa Universidad Rey Juan Carlos monta cursos de verano, y no sé si da másters también. Los IgNobel –un juego de palabras que remite a “innoble”– premia estudios científicos absolutamente serios (deben haber sido publicados en revistas de postín) pero que provocan la sonrisa, si no la risa. 

La decadencia de esos premios paródicos tiene una explicación: internet

Los esperábamos con ilusión entonces. Los columnistas no desaprovechábamos la oportunidad de analizarlos. Pero últimamente pasan inadvertidos y tienes que estar al loro para que no se te olvide la fecha de concesión. El motivo es que internet se ha llenado de tantas animaladas que los IgNobel empalidecen. Y eso que son estudios concienzudos. Pero la avalancha de noticias falsas es tal que ya nadie se emociona por nada, por mucho que aparezca publicado en, por ejemplo, The Journal of the American Osteopathic Association

Este año premian maravillas como (en el apartado de Medicina) el estudio “Validación de un modelo funcional renal para la evaluación del paso de cálculos cuando se viaja en montaña rusa” que, como indica su título, verifica hasta qué punto subirse a esa atracción ayuda a expulsar cálculos renales. En esta edición, el premio más celebrado ha sido el del doctor Akira Horiuchi, por un estudio en el que detalla cómo se hizo una colonoscopía a sí mismo. Sobre el escenario en el que se celebraba el acto y acompañado de su colonoscopio se sentó en una silla y explicó a los asistentes cómo se la hizo, con sólo una “ligera molestia”. Cuando le pidieron que, por favor, se hiciese otra ahí mismo dijo que no, supongo que por pudor. A mí, el premio que más me gusta es el de Química, que ha ido a parar a tres científicos portugueses por el estudio “La saliva humana como producto de limpieza para superficies sucias”. En mi época noctámbula, cuando cerraban los bares, a menudo ayudaba a los camareros a limpiar la barra. En aquella época el producto utilizado era ginebra barata –Giró, Larios–, que limpiaba mejor que cualquier detergente. No me imagino haciéndolo a base de escupitajos, pero hace de ello muchos años: era cuando los IgNobel todavía nos ilusionaban, imagínense. Sic transit gloria mundi.