Monna Bell

No debe de faltar mucho para que los telegramas desaparezcan también en españa

Muchos pipiolos se sorprenden cuando descubren que hubo una época en la que en la mayoría de las casas no había ni teléfono." data-share-imageurl="">

Ya no hay telegramas en Bélgica. Se han acabado para siempre, y la noticia es significativa porque la capital de la Unión Europea está precisamente en ese país. Estos últimos tiempos sólo los usaban los juzgados, que necesitan garantías legales de que una notificación se ha enviado y recibido. Pero con los burofax ya no son necesarios. El mismo día que los belgas enviaron su último telegrama se cumplieron ciento setenta y un años del primero, entre Bruselas y Amberes.

No debe de faltar mucho para que los telegramas desaparezcan también en españa

Muchos pipiolos se sorprenden cuando descubren que hubo una época en la que en la mayoría de las casas no había ni teléfono. En la mía, si era necesario telefonear, bajábamos al bar. No tuve hasta los doce años. Era de baquelita negra. Lo pusieron en el pasillo, junto a la cocina. Antes de eso, si había algo urgente, se enviaban telegramas. Eran unos papelitos azules, cerrados a guisa de sobres. Dentro, el mensaje en mayúsculas, sin tildes y en tiras de papel blanco pegadas. Se recibían en contadas ocasiones y a menudo anunciaban algo malo. A casa sólo llegaban desde el pueblo de mis abuelos, en Granada. Generalmente, para avisar que tal día o tal otro mi tía y mi prima venían a Barcelona a pasar la Navidad. También fue por telegrama como supimos que mi abuelo había estirado la pata: “PAPA HA MUERTO”. Aunque quizá pusieron “PAPA MURIO” para ahorrar una palabra, porque la estrategia era escribir lo mínimo posible. Se pagaba por palabras, de modo que cuantas menos, mejor. Eso creó un estilo que recuerda al de los actuales SMS o watsaps. 
Como ya no hay telegramas en medio mundo, he ido a mi oficina de correos. A un trabajador con el que he creado cierta relación (porque a menudo está en la puerta fumándose un pitillo) le he preguntado si aquí todavía hay. Me ha dicho que sí, pero que apenas nadie usa ese servicio. Me ha explicado que el sobrecito azul con tiras de texto pegadas dentro pasó ya a la historia. Para explicar a las nuevas generaciones la importancia cultural que tuvo el telegrama quería acabar esta columna citando una canción de Monna Bell: “Antes de que tus labios / me confirmaran que me querías / ya lo sabía, ya lo sabía, / porque con la mirada / tú me pusiste un telegrama / que me decía, que me decía: / destino: tu corazón, / domicilio: cerca del cielo, / remitente: mis ojos son, / y texto: te quiero, te quiero...”. Pero ¿para qué, si los que no saben qué es un telegrama tampoco saben quien fue Monna Bell? Mejor para ellos.