No cedan su asiento

Si usted es de esas personas que, cuando viajan en metro, autobús o tren, todavía conservan la costumbre de, cuando divisan a un anciano, levantarse para ofrecerle su asiento, piénselo dos veces. Porque su generosidad puede resultarle perjudicial; al anciano, no a usted. Es algo tan lógico que cae por su propio peso, pero hasta ahora nadie con prosapia le había prestado atención. Ahora sí. Ahora –¡por fin!– un catedrático de Oxford ha avisado de los peligros que eso comporta. Que sea de Oxford mola porque, junto con las universidades de Cambridge, Yale y Harvard, es de las que más prestigio tienen, incluso entre los que nunca han puesto un pie en ellas. 

¡Basta ya de tratar a los viejos con remilgos, como si fuesen ancianos!

Dice el catedrático en cuestión –Muir Gray, por si a alguien le interesa– que las personas mayores deben caminar, subir por las escaleras en vez de en ascensor y estar de pie, no todo el día tumbados en el sofá viendo un programa de tele tras otro. A medida que envejecemos debemos estimular nuestra actividad física. Dice Gray: “No ponga un salvaescaleras para sus padres cuando se hacen mayores. Póngales un segundo pasamano. Y antes de ceder su asiento en el autobús o en el tren a una persona mayor, replantéeselo. Para ellos, estar de pie supone un magnífico ejercicio”. Este ejercicio puede dar marcha atrás al empeoramiento físico y evitar que, cada vez más, los vejetes necesiten ayuda de otros. Además, mejora la habilidad cognitiva y, por si fuera poco, reduce el riesgo de demencia. Tienen que ir al gimnasio, apuntarse a grupos de esos que salen a andar como si no pudiesen hacerlo solos, darse en cuerpo y alma a la jardinería o asistir a cursos de cocina. Todo ese dinamismo, cuanto más frenético mejor, hace que la salud y el bienestar de los ancianos –incluso los que tienen enfermedades crónicas– mejoren y puedan vivir la mar de bien en casa en vez de ir a una residencia, convertidos en personas dependientes.

Afortunadamente, por lo que veo en el metro o en el autobús, apenas hay ya gente que ceda su asiento a los ancianos. Los ocupan –con la vista enganchada al móvil o no– y, si pueden, con los pies en el asiento de delante. Muchos viejos se quejan: “¡Menuda falta de educación, la de esta juventud de ahora!”. Pues que no se quejen. Lo hacen por su bien, para que se mantengan en forma hasta el día en que, indefectiblemente, estiren la pata y ya no necesiten que nadie les ceda ningún asiento.