Pantalones ridículos

Hace tan sólo unas semanas, se habló sin parar de las agresiones sexuales sufridas por numerosas actrices –y algunos actores– a manos de productores y directores de cine. Es más que probable que, cuando este artículo llegue a sus manos, el tema ya se haya olvidado: así van las noticias de rápidas en estos tiempos. Pero que el asunto ya no sea portada de los periódicos no quiere decir que haya dejado de existir. Simplemente, otros temas más novedosos habrán ocupado su lugar.

Entre tanto, en estos días de rápido olvido, millones de mujeres habrán seguido soportando situaciones semejantes. Resulta más que evidente que esa forma de abuso no ocurre solamente en el circuito de las estrellas: el mundo está lleno de tipejos convencidos de que su poder, sea el que sea, les autoriza a forzar a las mujeres a cambio de otorgarles el acceso a lo que ellas necesiten, un papel en una película, un trabajo en una oficina o un cuenco de arroz en un campo de refugiados. (A las mujeres y, en algunos casos, también a otros hombres: la condición de homosexual no excluye de manera automática la de canalla.) 

Por cada cuerpo que toquen sin permiso, un millar de miradas acusadoras caerán sobre ellos

No es fácil hablar de eso. No siempre se les puede denunciar, por falta de pruebas. Además, las víctimas tienden a dudar de su propia condición y a menudo se preguntan hasta qué punto son ellas las que han hecho algo mal, dando pie a que el otro malinterpretase sus intenciones. Pero lo peor es que suelen estar convencidas de que nadie querrá creerlas, porque el abusador es alguien muy influyente al que todo el mundo desea halagar. Y llevan razón: señalar con el dedo a ciertas personas que, en el nivel que sea, mueven determinados hilos es algo que muy poca gente tiene el valor de hacer. Extremadamente común, ese silencio cómplice hace muchas veces más daño que la agresión en sí.

Así que hablemos de ello. Solemos saber quiénes son. Digámosles –díganles el resto de los hombres, sobre todo– que resultan patéticos y repugnantes, que dan asco y que por cada cuerpo que toquen sin permiso, un millar de miradas acusadoras caerán sobre ellos. Que oigan bien alto y claro que la inmensa mayoría de las mujeres no está en venta. Hagámosles entender que ni su poder (grande o pequeño), ni su dinero ni fama les librarán de ser despreciados. Quizá de esa manera se metan las manos en los bolsillos y suban de una vez por todas las cremalleras de sus ridículos pantalones.