Pasando la bandeja

Anteayer fui al dentista. Me mató el nervio de una muela que hacía que viese las estrellas cada vez que tomaba algo caliente o frío. Luego me pusieron un implante. Acabada la sesión me dieron un vasito de plástico para que me enjuagase la boca. Lo hice, me levanté y fui a recepción, a pagar.

Mi sorpresa fue cuando, en el mostrador, vi los logotipos de varias tarjetas de crédito. Nunca había podido pagar con tarjeta. Siempre con dinero contante y sonante, aunque a veces el coste de la intervención subiese a doscientos o trescientos euros. Como había (y hay) confianza, si por despiste no llevaba esa cantidad encima, bajaba a la calle, buscaba un cajero automático, sacaba el dinero y volvía a la consulta. En muchas consultas de médicos de postín me había encontrado en la misma situación. Hará cosa de dieciocho años, mi padre empezó a estar seriamente mal, y unas cuantas veces lo acompañé a un oftalmólogo que finalmente lo operó de cataratas. Siempre tenía que llevar la pasta en billetes. En otra ocasión tuve que hacer lo mismo tras pasar una semana en un hotel de Tamariu, en la Costa Brava. Al llegar el momento de irme y pagar, me dijeron que con tarjeta de crédito no podía hacerlo: tenía que ser “con cash”. Pero en Tamariu no había ni un solo cajero automático. O sea que tuve que coger el coche e ir hasta Palafrugell (seis kilómetros de ida y seis de vuelta) para poder abonar la cuenta.

¡POR PRIMERA VEZ EN LA VIDA HE PODIDO PAGAR AL DENTISTA CON TARJETA DE CRÉDITO!


El motivo del rechazo a la tarjeta de crédito salta a la vista. Si se paga en billetes, el importe abonado puede no declararse a Hacienda. Pero el mundo avanza de forma desbocada, y es ya evidente que monedas y billetes van camino de desaparecer. Ante esa perspectiva, en Francia, la Iglesia católica hace tiempo que ha empezado a ponerse las pilas. Hace año y medio lanzaron una app llamada La Quête (la colecta, en francés) con la que puedes dar tu óbolo sin siquiera ir a la iglesia. Desde el autobús, el sofá, la cama o el retrete; donde quieras. Y desde hace un mes, en algunas parroquias de París, la bandeja que pasan durante la misa para que los fieles depositen sus donativos es ya electrónica. Contactless. Es redonda como la habitual, pero no hace falta llevar dinero encima. Sacas tu tarjeta, la pasas por encima y tecleas el importe que quieres dar: 2, 3, 5 o 10 euros. Es la ultimísima novedad electrocatólica. Con dos mil años de experiencia en el sector financiero, tienen muy claro cuales son las prioridades.