La piña americana

De cómo la sabrosa piña americana se convirtió en una linda obra de arte

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¡Más madera! A principios de los años ochenta escribí la novela Gasolina, que protagoniza un artista posmoderno que acaba parasitado por otro que luego ocupa su trono. Imaginé a aquel hombre como el colmo del delirio, desbocado por hacer todo lo que nadie hubiese hecho antes en el universo plástico, aunque ello implicase incoherencia y gratuidad. Es capaz de integrarlo todo y de asumir como un orgullo delirio, incoherencia y gratuidad.

De cómo la sabrosa piña americana se convirtió en una linda obra de arte

Desde entonces no he dejado de seguir con pasión cada nueva noticia que aparece para ratificar que no iba desencaminado. Señores de la limpieza que trabajan en una galería artística, se encuentran con una obra que consiste en un montón de ladrillos, deciden que son los restos de una reforma hecha durante el día y lo tiran a la basura. Esta es una de las que más se repiten, con variaciones: a veces es un montón de listones de madera, a veces son botes de refresco y copas de plástico que parecen los restos de la fiesta de inauguración, en una ocasión un montón de cáscaras de pipas... No hay año sin que nos encontremos una o dos de esas. Hace unos lustros, un artista se dedicó a enganchar pequeñas pinturas –de uno o dos centímetros de lado– en los bajos de las paredes de museos de todo el mundo –la Tate Gallery de Londres, el MoMA de Nueva York...– con lo que, en su currículum, podía presumir de tener obra expuesta en ellos. El año pasado, un muchacho dejó sus gafas en el suelo de una sala del Museo de Arte Moderno de San Francisco. Al cabo de nada, los visitantes las contemplaban con el mismo interés con el que contemplaban el resto de obras de arte y las fotografiaban, asumiendo que también lo eran.

La última aportación, ahora, viene de Escocia. Dos estudiantes de la Universidad Robert Gordon fueron a un supermercado, compraron una piña americana por una libra y se dirigieron a una exposición que estaban acabando de montar en uno de los edificios universitarios. Dejaron la piña sobre un stand que aún estaba libre. Cuando al cabo de un tiempo regresaron, los curadores habían cubierto el stand –con la piña en el centro– con la preceptiva cubierta de vidrio. Dice uno de ellos: “Es lo más divertido que me ha pasado este año”. La asistente cultural de la exposición explica que decidieron dejar la piña “porque está en sintonía con el espíritu juguetón de ese proyecto”. Para mear y no echar gota.