Qué sé yo

Hace siete siglos y huyendo de la peste de 1348, diez jóvenes se refugiaron en una villa próxima a Florencia. Ese retiro les permitió hablar de lo humano y lo divino, dando origen sus cuentos, historias y relatos a un libro más serio de lo que se cree y menos licencioso de lo que se dice, el Decamerón. Huyendo de la peste actual, seis amigos, no tan jóvenes, nos dimos cita en un paraje idílico de la Aquitania, departamento de Dordoña, distrito de Bergerac y cantón de Vélines. El paraje es extraordinario por su belleza, desde luego, pero tanto o más por su carácter simbólico. Allí nació, vivió y murió Miguel de Montaigne, señor de aquel dominio. Durante unos días conversamos también nosotros de todo lo humano y lo divino, sin evitar los asuntos licenciosos (en realidad, de aquello que en política es obsceno). Fueron en verdad dos días memorables. Ni siquiera la tristeza que cruzó de modo pasajero, como pasan los ángeles, algún pensamiento íntimo, nubló la alegría que reinaba en el grupo. Al contrario, acaso fuese esa tristeza la que “acendró la alacridad”, dicho en expresión del señor de la Montaña.

quien pueda hacerse esta mítica pregunta de montaigne ya tiene mucho andado

Pertrechado con mi primer Montaigne (unas páginas escogidas y editadas hace cien años en un tomito de viaje que el sabio Alfonso Reyes tenía por la joya de su biblioteca), nos acercamos a ese lugar que hoy se llama Saint-Michel-de-Montaigne. Él habría sido el primero al que le hubieran hecho gracia esos equívocos guiones que le acercan a la santidad, teniendo en cuenta que “nada de lo humano” le fue ajeno. Sus Ensayos, que debieran retitularse Ensayos íntimos, nos retratan maravillosamente a un gran hombre (no por su estatura) juicioso, divertido, culto, inteligente, noble, desprovisto (casi siempre) de prejuicios, atento a los detalles exactos, sincero (ma non troppo: “No siempre hay que decirlo todo”), leal con el amigo (“porque era él, porque era yo”, así resumió, de modo sublime, su amistad con Étienne de la Boétie) y siempre animoso en el fragor de los negocios, de la política, de la guerra, de la peste (también él) y de unos achaques de salud que a otro hubieran malhumorado o amargado. La vuelta a casa la hicimos pertrechados con una de sus míticas preguntas: Que sais-je? Quien está en condiciones de hacérsela ya sabe y tiene andado mucho. Nosotros, modestamente, también: la peste pasará.

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