Se acabó

ya no puedo intervenir en el texto, la historia ha quedado fuera de mi control

Entre las páginas quedan, ya inamovibles, los personajes que yo creé, las escenas que compuse con ellos dentro, los derroteros que decidí para cada cual." data-share-imageurl="">

Termino de repasar un viernes a mediodía las galeradas de mi nueva novela; en cuanto las correctoras incorporen los últimos detalles, volará a la imprenta. Se acabó, me digo. Carpetazo al texto, alea iacta est; a partir de aquí, que sea lo que Dios quiera. Me voy a comer con mi agente y mi editora, charlamos de mil cosas distintas, de otros libros y otros autores, de nosotras. Se acabó, me insisto tras un trago de vino, como si quisiera convencerme de que he llegado al final.
 

ya no puedo intervenir en el texto, la historia ha quedado fuera de mi control

Entre las páginas quedan, ya inamovibles, los personajes que yo creé, las escenas que compuse con ellos dentro, los derroteros que decidí para cada cual. A una de las protagonistas –son tres hermanas– la hice enamorarse del hombre menos conveniente y llorar luego a mares corroída por la culpa. A otra la crucé con un verdadero príncipe frágil como el cristal. A la más chica la llevé a ambicionar un estrellato que nunca cuajó. A veces tengo plena conciencia de cómo nació cada una de ellas y del momento en que decidí sus respectivos caminos, en otras ocasiones soy incapaz de recordar. ¿Cómo se te ocurrió esto o aquello?, me preguntan a veces periodistas y lectores. ¿En qué te basaste, de dónde lo sacaste, qué te inspiró? No lo sé, reconozco a menudo. Juro que no lo sé.

Atrás quedan dos años de trabajo, pico y pala mes a mes, con días buenos y días atroces, momentos a punto de gritarme a mí misma olé y montones de ratos con ganas de estamparme contra la pared. Los primeros meses, como siempre, fueron magníficos: todo nuevo, ilusionante, prometedor. Después llegó la larguísima travesía del desierto, como ir abriendo un canal a machetazos, poco a poco, alerta siempre, sabiendo que no puedes bajar la guardia ni el ritmo, pimpán, pimpán, pimpán. Finalmente, las últimas y desesperantes etapas, cuando crees que las neuronas se te han secado y no vas a ser capaz de construir ni un párrafo más.

Se acabó, me vuelvo a repetir mientras entro en un taxi al terminar la comida. Ya no puedo intervenir en el texto ni para cambiar una coma, la historia ha quedado fuera de mi control, soy consciente de que la novela ha dejado de ser exclusivamente mía para empezar en breve a volar por libre. Ahora sólo me queda prepararme para acompañarla. Para enseñarla a sobrevivir.