Se nos van

Tenía planificada esta columna desde hacía semanas. El tono iba a ser sarcástico; el punto de vista, en primera persona, y el tema, un asunto recurrente cada vez que las temperaturas rondan los 30°C: la faena que nos hacen las aerolíneas y los problemas que acarrean sus barrabasadas. Pretendía comentar cómo Vueling me dejó tirada tras soltar una larga sarta de mentiras: que si problemas técnicos, que si más información en una hora, que si patatín que si patatán, para al final cancelar el vuelo.

Octogenarios, una generación estoica, tenaz que caminó por la vida con lucidez 

Quería también contar cómo esas empresas que tan encantadoras parecen en su publicidad se quitan el muerto de encima con un descaro apabullante a la hora de las reclamaciones: que si usted sacó el billete con Iberia, así que Vueling no tiene responsabilidades; que si como la cancelación era de Vueling, Iberia se lava las manos... Era también mi intención narrarles por encima y con cierta guasa la actitud de ciertos empleados de hoteles al solicitar algo que no están obligados a hacer, pero que tú sabes que con una pizca de buena voluntad puede conseguirse: recepcionistas  que repiten negativas como si fueran mantras, directores que pierden hasta el oremus y se revuelven contra los clientes acusando de maquiavélicas conspiraciones...

El suplicio de viajar en verano, en fin. Ese quería yo que fuera mi texto, y sin embargo va a terminar siendo otro. El rumbo lo cambió un watsap que saltó en mi móvil ayer por la mañana. Una amiga me ponía al tanto de la muerte del padre de otra amiga común. Lo lamenté en el alma y me puse a contar con los dedos. ¿Cuántas despedidas similares llevo en menos de un año? ¿Siete? ¿Ocho? ¿Nueve? Padres de mis amigos, amigos de mis padres, mi propio padre se nos ha ido. Octogenarios que nacieron justo antes de la guerra o durante la contienda, que fueron niños en aquellos ásperos años cuarenta, que se enamoraron a ritmo de boleros en los cincuenta o los primeros sesenta, trajeron hijos al mundo sin importarles el número y trabajaron a destajo sin pronunciar jamás palabras como estrés, frustración o agotamiento. Se nos va una generación ejemplar, tenaz y estoica, que se adaptó modélicamente a los cambios y caminó por la vida con lucidez y coraje envidiables. A la sombra de su memoria y sus lecciones de vida, hasta las perrerías que les narraba se hacen más soportables.