Gastón Acurio “Pensé que ya no saldría más; cerré los ojos y dormí”

Han dicho y escrito de él que es un político detrás de un delantal. Y casi siempre que le entrevistan le preguntan cuándo piensa presentarse como candidato a la presidencia de Perú. Gastón Acurio (Lima, 1967), que en dos semanas cumple 50 años, responde que no piensa presentarse porque no quiere perder poder. Su padre quería que fuese político y le envió a Madrid para que estudiara Derecho. No pasó de tercero y, a escondidas de su familia, se puso a estudiar cocina. En París conoció a Astrid Gutsche, se casaron e instalaron en Perú. Hoy, Gastón, que gusta de decir que el patrimonio más importante que tiene es su apellido porque su padre fue ministro de Obras Públicas y senador, carece de fortuna y todo el mundo le saluda por la calle, es el chef más influyente de América Latina. Ha levantado un imperio de más de 50 restaurantes por todo el mundo y ha hecho de la cocina su programa político. “Lo toca todo: la educación, el medio ambiente, el emprendimiento, la promoción de un país, la cohesión, la tolerancia...”. Gastón Acurio utiliza hoy el poder de la cocina para hacer marca de país y colocar a Perú en el mundo. Tiene más poder de convicción que los políticos de su país, lo sabe y lo ejerce. Afronta El último día de su vida por correo electrónico y explica en el cuestionario que un día pensó que se iba. Creyó que tenía un infarto y fue al hospital. Estaba en la camilla y pensó que no saldría “nunca más. Y en ese momento cerré los ojos y me dormí. No hubo ni angustia ni miedo, sólo me dormí”.

Hace poco más de un año fallecía su amigo Toshiro Konishi, un chef japonés que residía en Perú desde hace más de 30 años. Gastón le pidió en su despedida un último favor: “Espérame que ahí llego con la guitarra para volver a cantar de nuevo”. Que la espera sea larga.

 

1. Si supiera que mañana es el último día de su vida, ¿qué haría? ¿Cómo lo pasaría?
Con el paso de los años, mi habitual desapego a la posesión de bienes (no colecciono arte, ni vinos, ni cosas, ni sueño con casas en el campo o la playa) me fue afirmando en la idea de que la magia de la vida está en aquello que uno va haciendo en el andar. Proyectos, sueños, momentos que uno va realizando y guardando en el mayor tesoro de la vida: nuestra memoria. Por ello quizás el objeto que más aprecio de mi vida es la gran mesa de madera que habita en la terraza de mi hogar. Una mesa cuya máxima virtud es la de acoger a su alrededor 16 sillas, que esperan con impaciencia esos domingos en que encendemos el fuego y helamos cervezas, para cocinar y celebrar la vida entre amores y amigos, hasta que el sol se esconda al fondo, donde comienza y termina el Pacífico. Allí, entre cebiches y arroces, la vida llena de misterios e injusticias, minuto a minuto de pronto va teniendo sentido. Es la risa espontánea, la palabra de aliento, la felicitación sincera, el beso profundo, el abrazo sin freno, el amor y la amistad, aquello que en cada tarde alrededor de la vieja mesa de madera nos dice al oído que es por estos momentos que todo valió la pena. Que es así como vale vivir. Celebrando cada día como si fuese el último día. Y es así como quisiera vivir el último día de mi vida. 

2. ¿Qué le hubiera gustado hacer y ya no podrá porque no tendrá ­tiempo? 
Yo soy de Perú, el hermoso país de los mil paisajes, tesoros y rostros. De la historia milenaria, la bio­diversidad casi infinita y el mestizaje de todos los pueblos del mundo, que un día decidieron no sólo venir a esta tierra en busca de un sueño, sino que a pesar de sus diferencias, fundaron amores que al comienzo parecían imposibles, pero que finalmente dieron vida al Perú de hoy, que celebra su diversidad con orgullo y esperanza. Un bello Perú que sin embargo vive aún con el permanente desafío de la inequidad. Un Perú que sigue siendo el paraíso para unos y el mundo ancho y ajeno para otros. Desde niño, soñé con que un día, en mi país, todos los niños tendrían la misma suerte que yo tuve, de nacer en un hogar donde nunca faltó nada, y gracias a mis padres, crecí con la enseñanza de que llegado el momento debía hacer todo lo que hiciera falta para que con mis acciones, esté donde esté, ese día llegue más pronto que tarde. Pasa el tiempo, y a punto de cumplir 50 años, llego con la sensación de que no podré ver aquel momento. Que si bien mi Perú ha avanzado mucho, y que ahora son más los que avanzan y menos los que retroceden, todavía son muchas y muy grandes las tareas para alcanzar finalmente ese país de todos y para todos que siempre debió ser. Soñé con que llegaría a ver aquel día, en que ­celebraríamos todos juntos la victoria final, de un hermoso Perú de paisajes, tesoros y oportunidades para todos sin distinción. No tengo dudas de que ese día llegara, ojalá el tiempo me conceda vida para verlo. 
 
3. ¿Qué aconsejaría a los que se ­quedan?
Vivimos tiempos de definición. El mundo conectado se prepara para vivir una revolución que cambiará nuestras vidas en absolutamente todo aquello que jamás imaginamos que podría cambiar. La vida y la muerte, lo real y lo virtual, lo natural y lo artificial, todo enfrentará a nuevas formas de entender la vida que demandarán de nosotros estar muy preparados para que este conocimiento infinito no nos coja desprevenidos ni confundidos de cuál es el camino que debemos tomar para preservar lo más posible nuestra especie. ¿Qué sociedad queremos ser mañana? Esa es la gran pregunta en la cual vivimos hoy confrontados. Esa es la gran respuesta que los que se quedan deberán construir juntos, para que todo ese conocimiento pueda llevar finalmente paz y bienestar a todos aquellos que vengan después y encuentren un mundo mucho mejor que el que nos tocó vivir. 

4. ¿Cómo diría que fue su vida? 
Mi vida fue en primer lugar afortunada. Un hermoso hogar lleno de amor, unos padres ejemplares, una tierra llena de desafíos, ¡qué más se puede pedir! Luego, mi vida también estuvo marcada por la melancolía. Quizás las contradicciones de mi entorno, quizás mi propia naturaleza. Lo cierto es que mis días transcurrieron entre la dicha y el desasosiego. En todo caso, llegado el momento, mi vida estuvo marcada por la acción. Por el placer de hacer más que de poseer. Por la adrenalina de la nueva tarea, del sueño por cumplir, del comenzar de nuevo cada vez que algo se concluye, por el explorar nuevos linderos cuando todo ha sido explorado. En suma, una vida atrapada entre el goce del hacer y la búsqueda incesante del deber cumplido y el intento diario de no defraudar. 
 
5. ¿De qué está más orgulloso? 
Últimamente, al llegar a los 50 años, todo me conmueve y me quiebra mas fácilmente que antes. Miro a mi alrededor y veo a mis hijas ya grandes, opinando con vehemencia acerca de aquello en lo que creen y defienden, haciendo su propio camino con ilusión y compromiso, buscando siempre ser justas y nobles en lo que dicen y lo que hacen. Las veo y las escucho y me siento tan orgulloso de ellas, no por lo que yo haya podido contribuir en su formación, porque de hecho fue mucho más su madre quien contribuyó a ello, sino por ellas y todo lo bueno que sé que harán con su existencia en esta vida. 
 
6. ¿Se arrepiente de algo? 
Hace un tiempo que deje atrás aquella sensación que me decía que los errores eran fracasos de los cuales uno tenía que arrepentirse por el resto de la vida. Hace ya buen tiempo descubrí que los errores son lecciones fascinantes que nos hacen luego todo más sencillo. Son lecciones de vida que nos van haciendo más fuertes y van haciendo nuestro camino más sereno. Pero claro, sería una farsa el decir que no me arrepiento de nada. ¡Cómo no! Si pudiera retroceder todo de nuevo, habría amado más libremente, habría felicitado más intensamente y habría perdonado más rápidamente. Habría gritado y renegado menos, habría dudado menos y habría desconfiado menos. En suma, habría intentado hacer más caso a mi voz interior que a las voces que se colaron en mi alma.
 
7. ¿El mejor recuerdo de su vida?
El verano de mi infancia. Sentados, sobre la vereda, una mañana cualquiera, cuatro amiguitos. Juan Carlitos, llegado de Mallorca al lado de su padre, director de la agencia Efe en Perú. Lalo, el dueño de la pelota, hijo de padres chinos y dueños de la bodega de la esquina del barrio. Lucho, cuyo padre, dueño de la panadería, cruzaba al banco cada mañana con bolsas llenas de monedas fruto de la venta del pan y que en aquel momento nos hacía creer que el era el hombre más rico del planeta. Finalmente Beto, hijo de esposos afroperuanos, vigilantes del edificio en construcción. Y allí, yo, a su lado. Los cinco sentados en la puerta de mi casa, luego de un intenso partido de fútbol. Comiendo un helado de esos que venían con hielo por fuera y crema por dentro. Esperando los gritos de nuestras madres anunciando que el permiso diario había concluido. Que era hora de volver a la realidad de nuestras vidas dependientes. Que una vez más, nuestras horas de libertad, habían concluido. Que mañana el partido continuaría. Que al final, eso era lo único que importaba. 
 
8. ¿Cuál sería el menú de su última cena?
Soy hijo del país de las papas y del ají. Pero también en el hogar soy hijo del arroz blanco hecho al momento cada día de mi infancia. Por ello, aunque suene raro, y defraude a muchos que esperarían un festín, lo mío sería por aquello que me acerque más a aquellos momentos de amor de hogar. Unas papas hervidas simplemente en agua, bañadas de una crema de ajíes amarillos y rocotos. Luego, un arroz recién hecho con mucho ajo, montado de dos huevos fritos a la inglesa. Finalmente, un picarón, ese buñuelo con hueco típico limeño, que solíamos comer con mi padre en el auto aparcado detrás del estadio nacional. 
 
9. ¿Se iría a dormir? 
Hace unos días, tuve un susto. Pensé que tenía un infarto. Fui al hospital corriendo. El doctor me echó en la cama, vinieron más médicos, enfermeros, me hicieron exámenes, al final todo estaba bien. Mi pulso, mi presión, mi sangre, todo en orden. Una vez más es el estrés el que te aprieta, me dijo el doctor con tono aleccionador. Vaya no más y relaje un poco las responsabilidades. Pero hubo algo que me llamó mucho la atención. Hubo un momento en que sentí que era el final, que estaba allí en la camilla y que ya no saldría nunca más. Y en ese momento cerré los ojos y me dormí. No hubo miedo ni angustia, sólo me dormí. 
 
10. ¿Cuál sería su epitafio?
Espero no haberlos defraudado.