Chimamanda Ngozi Adichie "El feminismo es bueno para los hombres”

La nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie se ha convertido en un referente intelectual mundial. En sus novelas abre nuevos caminos para la narrativa africana y con sus conferencias a favor de la igualdad de la mujer conquista a millones de personas gracias a su voz firme y al poder de las redes sociales.

Su mensaje feminista se ha propagado como la pólvora por las redes, y su voz literaria, cálida y risueña, ha echado raíces con novelas premiadas y aplaudidas. ¿Resultado? Es muy difícil entrevistarla. Nigeriana afincada medio año en su país y medio año en la Costa Este de Estados Unidos, Chimamanda Ngozi Adichie (1977) se ha convertido en una figura de referencia de las letras africanas con títulos como Americanah (término que se refiere al nigeriano que ha regresado a su país americanizado) o Medio sol amarillo y es un ejemplo de la lucha por la igualdad de la mujer en todo el mundo. Lo es gracias a conferencias TED ya míticas como Todos deberíamos ser feministas, luego convertida en opúsculo, que registra 4,2 millones de visitas en YouTube. Sus mensajes se han colado en canciones de Beyoncé y hasta se han subido a la pasarela de la mano de Dior. Su presencia en España, auspiciada por su editorial, Random House, era largamente esperada, aunque le costó llegar. Su vuelo directo a Barcelona se canceló y, de paso, su madre le aconsejó que no fuese. “Me dijo: ‘No vayas, he visto por la CNN que le pegaban a la gente en la calle”. De adolescente Adichie no fue rebelde, de mayor sí lo es. Así que desoyó el consejo materno y aquí está en una sala del Centre de Cultura Contemporània (CCCB) con respuestas afiladas, una sonrisa y una chocolatina que mordisquea lentamente.

“La palabra activista me da un poco de miedo. La gente espera una cierta pureza, una nobleza, como si fueras 
una santa cantando verdades al poder. Prefiero que la realidad me abrume”

Ha alcanzado notoriedad como activista por sus conferencias y obras cortas centradas en el feminismo, pero se reivindica como novelista. Sucede que los libritos se leen muy rápido... pero las novelas como Americanah exigen mucho al lector y alcanzan las 600 páginas.
Creo que tiene razón con lo del número de páginas, pero lo cierto es que yo no me considero una activista, en parte porque no lo soy, ¿de acuerdo? Creo que para la gente es más fácil leerse el librito, la gente que ha visto todas mis conferencias TED considera que ya les pertenezco literariamente. Mis novelas son las que hablan más de mi trabajo, las que hablan de mí.

¿Qué piensa cuando la presentan como activista?
Es una palabra que me da un poco de miedo. Me siento incómoda con el término porque ser activista requiere estar por encima de muchas cosas, tener un punto de elevación sobre los demás, y eso no me va. El activismo también implica una cierta simplicidad en el mensaje. La gente espera una cierta pureza y también nobleza, como si fueras una santa cantándole las verdades al poder; quiero que la realidad me abrume, quiero reservarme el derecho a ser complicada. 

Trata los temas que ahora mismo mueven al mundo, que son las asignaturas estrella en muchas facultades: identidad, raza, feminismo… ¿Cómo los teje? ¿La identifican mucho con sus protagonistas femeninas?
Todo el tiempo. De algún modo, es divertido, porque cada vez que escribo una novela se supone que la protagonista en La flor púrpura soy exactamente yo, o en Medio sol amarillo. Cuando escribí Americanah, todo el mundo decía que yo era Ifemelu… A los lectores les gusta leer autobiografía disfrazada de ficción. Hay autores que dicen que no hay nada de ellos en sus novelas, y creo que no es verdad. En mi caso, en muchos de los personajes principales hay algo de mí, son rodajas de mí de una manera u otra, en mayor o menor grado.

Disfrazados.
Sí, siempre. Para mí, eso es la magia de la literatura de ficción, disfrazar a los personajes, jugar a ser Dios.

Usted ha alcanzado una gran audiencia con sus charlas y, a la vez, con los libritos que son como panfletos del siglo XVIII, sólo que sin carga difamatoria.

“Ahora que soy madre, me doy cuenta de que no es fácil educar a tu hija en el feminismo. A veces es como si el mundo conspirara contra ti, en las tiendas, con los dibujos animados...”

(Ríe) No pienso que Todos deberíamos ser feministas y Querida Ijeawele: cómo educar en el feminismo sean libros, aunque esto a mis editores no les vaya a gustar. Son como cartas largas. El primero todavía lo veo como una charla; el segundo, como una especie de ensayo. Creo que hay una parte de mí que me dice que no haga más panfletos de momento, porque no es el legado que me interesaría dejar.

En Querida Ijeawele da consejos a una amiga para que eduque a su hija en el feminismo. Ahora que usted tiene una hija, ¿cómo lo lleva?
Lo pregunta como si estuviera yendo mal (risas). Pero va bien. Cuando escribí Querida Ijeawele yo no tenía una hija y creí que todo lo que escribí era fácil, tipo “si haces esto o aquello, todo irá bien”. Pero siendo madre, me doy cuenta de que, a pesar de que sigo defendiendo todas esas ideas y las aplico con ella, no es fácil. A veces es como si el mundo conspirara contra ti. Me pasa cuando vas a comprar o cuando ves los dibujos animados infantiles que lanzan mensajes subliminales sobre lo que son los niños y las niñas. En las tiendas pasa lo mismo, los juguetes de ellas por un lado, los de ellos por otro...
¿Siempre está en alerta?
Todo el tiempo, y es agotador. Pero hay que estar alerta igualmente por una cuestión de amor, pero también de protección. Hay que dar a los hijos el máximo número de herramientas feministas para que las usen cuando les hagan falta.

El término feminismo lleva usándose desde hace décadas, hasta el punto de que está ­desgastado y hasta puede malinterpretarse. ¿Cómo ha logrado darle un nuevo impulso?
Sin pretenderlo, siendo honrada, centrándome en una historia y sobre todo, sin demonizar a nadie en particular. Mucha gente, mujeres incluidas, odia el término feminismo porque hay quien ha insistido en definirlo en su versión más extrema, tipo no depilarse, estar enfadada todo el tiempo, quemar el sujetador… Estereotipos. La gente me pregunta por qué decidí usar el término feminismo, y yo les digo que porque es importante devolver el golpe cuando te lo dan y porque a los problemas hay que ponerles un nombre para solucionarlos. Necesitamos recuperar el término para despojarlo de estereotipos, simplezas, matices negativos. El feminismo es un movimiento de masas que trata de cambiar el mundo.

En los consejos que da a su amiga Ijeawele, el marido de esta aparece todo el tiempo.
Tenemos que explicar y convencer a los hombres de que el feminismo es bueno para ellos. Me parece que hay un tipo de feminismo que trata de demonizar al hombre, y lo que tendríamos que demonizar es el sistema patriarcal, un sistema que les ha dado a los varones todos los privilegios y el poder, pero que a la vez los ha enjaulado, pues la masculinidad es un problema de primer orden. Creo que mis charlas han tenido tanto seguimiento porque la gente sentía igual que yo.

“El feminismo tendría que demonizar no al varón sino al sistema patriarcal que le ha dado todo el poder, pero que a la vez lo ha enjaulado: la masculinidad es un problema de primer orden”

En su último escrito, critica lo que denomina “feminismo light”, algo un poco mejor que el patriarcado, pero un intento que se queda corto.
Eso es interesante. A veces dudo si el feminismo light es mejor que sufrir las consecuencias del patriarcado a secas. Con este ya sabes a lo que te expones. Sin embargo, en la base del feminismo light está esa idea de “tu marido debe tratarte bien, aunque lo haga con superioridad, pero que te trate bien…”. Es perturbador, porque la mujer puede sentirse realmente inferior cuando no lo es, decir “no conduzco, pero viajo en el asiento de delante”.

Eso está a un paso de ciertas maneras de esclavitud que existen claramente en muchos países avanzados y no tanto.
En efecto. En Estados Unidos o en Nigeria el feminismo light está por todos lados. En Nigeria se usa, además, la religión, las referencias a la Biblia del tipo “el hombre es tu amo, pero debe tratarte bien”, cosas así. En Estados Unidos veo muchas mujeres que no se quejan ni se rebelan porque las van a tildar de gruñonas, así que se rinden. Las tratan bien, pero no son iguales. Y de lo que se trata es de ser iguales. 

Otro de los mitos capitalistas contra los que carga a menudo es el de la superwoman
Ser una mujer ya es ser súper. Las mujeres no tenemos por qué ser superwomen, deberían dejar que fuésemos normales y humanas. Me produce desa­sosiego cuando veo que alaban a una mujer por ser una heroína, porque me parece que se aplica un doble rasero. Del hombre superman no se habla.

La autora suele recordar que en el caso del sexismo contra el feminismo es mejor ver la viga propia que la ajena. A veces le preguntan por la situación de la mujer en tal o cual país o, directamente, en África. A lo que ella suele responder: “Hay que mirar en el patio trasero” de nuestras casas, familias o ciudades. Es decir, no hay que irse tan lejos para denunciar falta de igualdad. La entrevista se realizó antes del escándalo de Harvey Weinstein en Hollywood. 

Sus novelas tienen una ironía agridulce y un humor picante. ¿Lo busca o le sale?
Igual sale de mí, yo soy un poco así. En mi familia suelen decir que tengo la lengua afilada por decir lo que pienso, y eso desde que era niña. No me gusta la ironía porque sí, sino la que ilumina. Yo, cuando era adolescente, quería ser como la Ifemelu de Americanah, muy atrevida, pero no lo era.

Ahora viene la parte deprimente. Los hechos y las palabras del presidente de Estados ­Unidos han eclipsado el mundo en muchos sentidos. ¿Es Trump el lavacerebros definitivo? ¿Es más fácil escribir así?
Es interesante porque, si Hillary Clinton hubiese perdido, perdón, ganado... Todavía no me creo, ni he comprendido ni aceptado el resultado electoral. Si hubiese ganado Hillary, no habríamos tenido la marcha de las mujeres, que fue una respuesta a Trump, ni muchas otras cosas que han sucedido. No es que quiera verle un lado positivo a su elección, pero lo cierto es que ha logrado que todos los que negaban que había sexismo en nuestras sociedades ya no puedan hacerlo. El sexismo estaba ahí, a veces de una manera sutil, pero él lo ha esculpido con grandes letras.

¿Le sorprende su lenguaje estilo guerra fría?
Y a la vez tiene como un enamoramiento con Putin, es extraño. Hay una parte del Trump niño que se sentía débil y se convirtió en agresivo y ruidoso, pero hay algo que le falta. Tal vez por eso se siente atraído hacia los hombres poderosos y a la vez ha atraído a hombres, votantes, que quieren luchar hasta el final para mantener esa esperanza de que América vuelva a ser grande de nuevo. Gente que se sintió poderosa y ya no lo es, el suelo que pisan ya no es tan sólido. Hombres que suelen ser racistas, blancos por lo general.

¿Todavía no se acaba de creer, pues, que sea el presidente?
No del todo. La verdad es que no creía que actuaría tan mal como lo está haciendo. Yo sabía que lo haría mal… cuando ganó me sentí destrozada y me preocupé por Estados Unidos, hacia dónde iba. Pero al mismo tiempo pensé que su mandato no podía ser tan negativo. Creía que las instituciones americanas eran tan sólidas y tan asentadas que cualquiera que accediese a ellas y tuviese el mando se tendría que amoldar a ellas. Y no. Casi todos los días me levanto con un sentimiento de pavor. Me llegan alertas al móvil de los diarios y pienso: “Dios, qué ha hecho esta vez, a quién ha atacado”.

Cada día la diana es distinta.
Y mi preocupación va en aumento porque estamos ante una persona que es profundamente inestable, que no tiene empatía humana. Es él el que tiene acceso a los códigos nucleares… ¿Qué pasará cuando tenga un mal día de verdad?

El cuerpo como arma, como sujeto de resistencia y lucha, es un tema muy actual. Lo ha tratado Ta-Nehisi Coates en Entre el mundo y yo, una larga carta a su hijo sobre la violencia racial en EE.UU. En su obra, el cuerpo femenino es un campo de batalla donde se libra esa guerra contra el machismo.
Es una lectura correcta. No es que me siente a escribir y piense en esas cosas, pero sí es cierto que el cuerpo de la mujer es un sujeto importante porque muchas de las cosas que le pasan tienen que ver con su físico. Para mí es interesante observar cuántas culturas y religiones intentan controlar el cuerpo de las mujeres, va de un extremo en el que se dicta que tienes que cubrirlo de pies a cabeza al otro extremo en el que, básicamente, no tienes derecho a decidir sobre tu propio cuerpo porque eres responsable de que la raza humana se siga reproduciendo. Y por supuesto, el concepto de ser humano sexual está fuera de toda discusión. En las culturas occidentales el concepto de slut-shaming (avergonzar a una mujer acusándola de ir vestida como una prostituta) sólo ­sucede con las mujeres, nunca se aplica a los hombres. En este mundo en el que la reputación es tan importante, a nosotras se nos juzga de manera muy estricta.

“Trump ha logrado que todos aquellos que negaban el sexismo en nuestras sociedades ya no puedan negarlo. Sabía que actuaría mal, pero la verdad es que no tanto como lo está haciendo”

Usted vive en Estados Unidos, la meca de esa cultura.
Sí, me acuerdo cuando se publicaron unas fotos íntimas ­robadas a la actriz Jennifer Lawrence que había tomado un novio con el que estuvo mucho tiempo. Lo que más me sorprendió es que muchos medios de comunicación remarcaran todo el tiempo que las fotos estaban tomadas en el contexto de una relación estable, diciéndonos “es una buena chica”. Y yo pensaba: “¿Y qué importa si es relación duradera o de una noche? Puede tomarse las fotos que quiera”.

¿Es usted una africanah? ¿Una americanah?
Soy una mujer (de etnia) igbo y en ocasiones nigeriana. Es complicado y no. Me gusta mucho Estados Unidos, pero no soy ni me siento americana. No entiendo el béisbol ni el fútbol americano, dos deportes que si no conoces te invalidan para ser americano, algo que veo ridículo, incluso peligroso.

En su último trabajo asegura que, últimamente, le preocupa más el sexismo que el racismo.
No sé si preocupada o enfadada, pero a veces me siento sola en esa lucha. No puedo decir que un problema sea mayor que el otro; si no, los activistas antirracistas me dirían: “¿Cómo te atreves…?”. No creo en comparar ni en separar, básicamente porque si eres mujer y negra se juntan las dos cosas de manera automática. En mi círculo íntimo, familia y amigos, todos son objeto de racismo, y no hablo sólo de gente negra, y eso es algo que está ahí. En cambio, con el sexismo siempre hay quien lo pone en duda e intenta diluirlo preguntando: “¿Seguro que es sexismo?”, como si no estuviera tan claro que por ser mujer se decide tal o cual cosa. Tener que estar justificando las razones por las que se sufre el sexismo me hace sentir sola y cansada.°