Orhan Pamuk “En Turquía soy un sospechoso, un chico malo"

Orhan Pamuk está felizmente atrapado entre dos orillas, como los personajes de su nueva novela, como su amada Estambul, por la que siempre pasea con guardaespaldas. Es el precio de ser Nobel y tener voz propia en un país donde hacerla oír puede llevar a la cárcel o al exilio.

Retrato de niño alegre y triste. Pamuk hojeando la portada del The New York Times donde aparece el polémico presidente turco Recep Tayyip Erdogan. Pamuk comiendo una minigalleta de mantequilla por si el café americano amarga mucho o la entrevista le aburre un poco.Si es el caso, disimula. Lleva unas cuantas charlas en pocos días, pero aguanta el tipo. Cita en Barcelona con el cantor del Bósforo, el escritor de un mundo perdido y de un lirismo apabullante. Cita con su pasado, con el niño que jugaba en silencio con los cochecitos en la casa donde se crió y donde ha acabado viviendo. Niño alegre y triste que quería pintar e imitaba muy bien a muchos personajes. Cita con las citas. “Lo que no te mata te hace más fuerte”, dice recordando a Nietzsche a la hora de explicar su papel de contrapoder político en un país donde la crítica al Gobierno a menudo trae consigo multas, cierres de medios de comunicación y un exilio que, como el diablillo imaginario de los dibujos animados, parece tentarle. El niño Pamuk excava, como el pocero de su historia que enamora al lector. El Pamuk mayor (pero aún con cara de niño) recuerda. Tiene memoria para los detalles (si no, los graba, los apunta) y para los ataques sufridos por escritores y periodistas, algunos muertos por sus ideas, como su amigo el editor turco-armenio Hrant Drink, “al que abatieron a balazos en plena calle”, lamenta. El Nobel sobrevive a la sesión de fotos que él, a su vez, fotografía con su móvil. Apura el café. ¿De qué marca debe de ser? Está bueno.

Aprender a ser un poco más feminista. A pintar. A no sentirse un exiliado político cuando da clases en Nueva York, donde puede decir lo que le venga en gana sin peligro. No como en Estambul, donde siempre pasea con guardaespaldas y tiene que navegar por las ondulantes aguas políticas del Bósforo. Orhan Pamuk (1952), premio Nobel de Literatura 2006, ya podría estar desaprendiendo, pero no quiere. Los críticos dicen que se ha vuelto a superar con su última novela, La mujer del pelo rojo, donde se cuenta las andanzas de Cem, ayudante estival de un pocero en los convulsos años ochenta turcos. El lirismo, las sorpresas y un fuerte ambiente político dominan una historia que acaba de editar en castellano por Literatura Random House y en la que la sombra de Estambul crece a cada página. Locuaz, divertido e irónico, Pamuk atiende a Magazine con la idea de hablar de literatura, pero sin rehuir la situación política de la Turquía actual. 

Siempre ha dicho que era duro despedirse de Estambul.

Sí, pertenezco a Estambul, es lo que conozco. Es cierto que la presión política es cada vez más intensa para los turcos, pero sobre todo para la población de otros países que vive allí, que se plantea irse. Pertenezco a Estambul y no pienso en abandonar mi ciudad. Pero ¿quién sabe? Algunos de mis amigos, conocidos, periodistas, están en la cárcel. Y algunos de ellos, bajo acusaciones del todo arbitrarias sólo porque insistieron con valentía en criticar al Gobierno. 

Nueva York es distinto...

En Nueva York disfruto de la cultura, del cine, los museos, y los problemas que hay en Turquía parecen esfumarse, pero al final no deseo estar demasiado tiempo allí, no quiero ser un exiliado político de esos que veo en Nueva York o el Medio Oeste americano, chinos e iraníes que se pasan horas leyendo diarios de su país. No quiero. 

¿Pero usted se siente exiliado político?

No, pero la situación podría ir hacia ahí. De momento me aferro a mi lugar todo lo que pueda y ya veremos qué pasa.

¿Cómo se le ocurrió lo del pocero de pico y pala, oficio ya desaparecido, para su novela?

Un verano estaba escribiendo una de mis obras, el Libro Negro, y vi a un equipo de poceros, a los que acabé prestando atención. Pensé que tal vez escribiría una historia sobre ellos, pero la olvidé durante 25 años. 

“En Nueva York disfruto de la cultura y los problemas en Turquía parecen esfumarse, pero al final no deseo estar demasiado tiempo allí, no quiero ser un exiliado político”

Cavar supone una metáfora de la vida en la que te encuentras rocas duras, arenas secas, tierra fértil y hasta felicidad en forma de agua.

Recuerdo que grabé una entrevista con aquel pocero. Tengo ese hábito cuando estoy en Estambul hablo con taxistas, vendedores de mejillones... A veces me conocen, saben quién soy, a veces no. Les pido entrevistarlos, no como periodista, sino más bien como antropólogo o como novelista… Perdone ¿cuál era su pregunta?

Lo de la metáfora de la vida…

Ah sí, claro, de algún modo cavar se puede asociar con lo que te vas topando en la vida. Hacer un pozo también habla de la gente pobre de Anatolia que se mudaba a las afueras de Estambul, donde no había electricidad ni agua, a veces ni carreteras. 

Excavar también es uno de los primeros juegos de niño. ¿Es más difícil modelar el perfil de sus personajes infantiles?

Creo que es inevitable volver a nuestra infancia porque lo que pasa entonces se queda profundamente grabado en la mente. Y a medida que uno se hace mayor, más rígido, deseamos volver a la inocencia de nuestra infancia. Todas esas historias de niños tienen ese primitivismo naif que me gusta. Insistir en el acto de cavar, de explorar, es lo que me interesa, mucho más que el hecho de encontrar algo interesante. Hay un dicho turco muy popular, “cavar un pozo con un alfiler”, que sugiere ser muy paciente. Eso es para mí, en cierto modo, ser escritor, excavar poco a poco.

Esta es su décima novela, ¿cuántas empezó excavando con alfiler o pala y acabaron en nada, sin encontrar agua?

Tengo muchas inacabadas. Una está escrita cuando empezaba, era política y eran tiempos de dictadura. No puedes publicarla. Proyectos erróneos o muy ambiciosos. Diarios... No encontré agua, pero es posible que las retome en un futuro. Es lo que Italo Calvino llamó grafomanía.

¿Usted la sufre?

Sí, tal vez, pero soy un grafómano feliz. Escribo, escribo y escribo, por eso no necesito doctor. Es como lo que dicen de las manzanas: una frase al día te libra de ir al médico.

En la novela todo el mundo espera algo: Cem aguarda a la mujer del pelo rojo fuera de su piso… ¿Qué sigue esperando usted que aún no ha hallado?

A la pintura. En mis años mozos yo quería ser pintor, era mi gran debilidad. Sin embargo, empecé a leer libros y más libros y a escribir. Han pasado 30 años y he vuelto a la pintura, aunque me temo que de un modo un poco torpe. Estoy intentando sacar el artista que hay en mí, a ese chico pintor, no lo he conseguido del todo, pero me he propuesto ayudarle. 

“En los últimos diez años he dado cada vez más voz a las mujeres en mis novelas, aunque para un turco, para un hombre en general, no sea fácil”

Usted ha escrito que en Turquía hay demasiados padres, el Padre Patria, el Padre Mafia, el Padre Ejército, Dios Padre…; usted no lo nombra, pero también existe el Padre Erdogan. ¿No harían falta más madres?

Sí, tal vez por eso al final del libro les doy voz. No hay que olvidar que en Edipo rey y en la historia de Rostam y Sorhab (del poema de Ferdussi), las madres son víctimas, lloran, forman parte del decorado de la obra, pero no oímos su voz. Una de las razones de escribir este libro es intentar descubrir por qué una mujer que vive en mi parte del mundo se tiñe el pelo de rojo, algo que se asocia a la prostitución. 

¿Teñirse es una postura política, entonces?

Es un gesto individualista, una manera de decir que no te importan los prejuicios ni el hecho de ser diferente. El deseo de serlo conduce a la novedad, a ser más civilizado, al respeto, a la democracia.

La novela tiene un mensaje feminista hasta el punto de que cuando a mitad de la novela desaparece la mujer del pelo rojo, el lector la echa de menos.

En los últimos diez años he dado cada vez más voz a las mujeres, aunque para un hombre turco, para un hombre en general, no sea tarea fácil. Tienes que enten­der a las mujeres, ­meterte en su piel; es difícil, pero me gusta. Cuando escribía Mi nombre es Rojo hablé no con mi mujer de entonces, sino con una amiga sobre qué le gustaba en el sexo para poder perfilar mejor los personajes. Al final, ser escritor es convertirte en esa mujer, en un hombre viejo, en un niño. Muchos de mis personajes no son autobiográficos, pero sí salen de mi deseo de convertirme en esas otras personas. En realidad, de pequeño era un gran imitador, me lo pedía la gente, cuando iba a una tienda o cuando venía un tío a casa, me decían: “Orhan, imita a fulano o a mengano”. Creo que por eso escribo muchas novelas en primera persona como imitando los sentimientos de otros.

Retomando la idea del feminismo, y a partir del movimiento #MeToo…

…¡ah! Yo estaba dando clases en Columbia, en Nuva York, cuando surgió. Me hizo muy feliz, todo el mundo hablaba de ello. De hecho, es de una ironía descomunal que las mujeres en Estados Unidos hayan empezando a hablar no durante el mandato de Obama, sino el de Trump. Es una revolución de primer orden que debe ser respetada y seguida. 

En Turquía también se ha plantado cara con varias campañas que piden respetar a la mujer en los transportes públicos.

En Turquía no es tan fácil, pero en uno o dos diarios opositores lo han explicado muy bien. Además, como no pueden criticar al Gobierno por sus políticas, se centran en dar voz al movimiento de las mujeres y a las iniciativas feministas o a los abusos que sufren, a las violaciones. Es una forma de desafiar al poder: ya no que no pueden criticar sus políticas, cuestionan a los islamistas y nacionalistas cuáles son sus acciones para defender a las mujeres que sufren en Turquía. No puedes escribir “Los horrores del Gobierno”, pero sí al menos “Las mujeres están sufriendo”.

¿Una cosa por la otra?

A tenor de las políticas de este gobierno, el feminismo está creciendo en Turquía. Me gusta porque en mis novelas también sucede. Especialmente en Extraños en mi mente, donde tres hermanas hablan todo el tiempo y se burlan de sus maridos. La historia está un poco inspirada en mi madre y sus dos hermanas, a las que me gustaba reunir para que hablasen de sus maridos y bromearan sobre mi padre y mis tíos. Uno de los tópicos que los occidentales creen de las mujeres turcas es que están tan machacadas que no pueden hablar. 

Pero lo están...

Sí, por supuesto, pero contraatacan, replican con sabiduría, ironía y humor mezclado con enfado, el enfado de las mujeres en la cocina, las que toman las decisiones importantes sin que se note mucho. Cuanto más escribo y más viajo por Turquía, más digo que soy un hombre turco y feminista aunque eso implique una contradicción de términos. Y me aplauden. 

La novela parece una película de Almodóvar en Estambul.

Me gusta mucho su humor, y ese título tan bueno de Hable con ella. También me encanta como combina momentos gloriosos y tristes, humor tonto y tragedia monumental.

También hay muchos giros, algunos inesperados, y la ansiedad de saber qué les ha pasado a los personajes, qué ha sido del destino de Mahmut Usta, el pocero, por ejemplo.

Bueno, escribir también supone ser más astuto que el lector y sorprenderle, sobre todo a aquellos que leen todas tus novelas. Supone mover una pieza del tablero de ajedrez que el otro jugador no espera y así intentar confundirle.

Imagino que en Turquía todo el mundo espera una opinión suya sobre esto o aquello, como si fuera un profeta. ¿Le acaban preguntando más sobre la política turca o los kurdos que sobre literatura?

Es una especie de castigo por ser famoso, por ser premio Nobel de Literatura. Me quejo de ello, pero maniobro como puedo. Es inevitable que me pregunten, pero lo limito. Lo peor es que la gente interpreta que eres una especie de representante político, de diplomático, de co­mentarista, etiquetas que tenía antes de recibir el premio. Insisto, es inevitable en un país con tantos problemas sociales.

Pero su palabra es casi sagrada en Turquía… ¿o no?

¡Qué va! Todo el mundo me acaba atacando por lo que digo. En Turquía no estoy precisamente en un pedestal. Soy un sospechoso la mayor parte de las veces, un chico malo, demasiado cercano a Occidente. Me critican. A mí lo que me preocupa y enfada es que Turquía se aleje cada vez más de Europa.

¿Tiene que ir con cuidado?

Mmmmmm. Tengo que ir con cuidado de no ir con cuidado. Al final tengo que ser yo, con la energía que me sale de dentro. No tengo que ir con cuidado, sino preocuparme de no tener miedo a decir.

En todo caso, en su novela, sutilmente, la política lo abarca todo. Aparecen unos maoístas, los militares, figuras míticas como Edipo o Sorhab, que son exiliados políticos. ¿Es difícil evitar la política en sus escritos?

La dificultad en mi país es hacer periodismo, escribir sobre la actualidad, pero la mía es política desde otro punto de vista. No es cuestión de evitar la política sino de no parecer un comentarista político. 

¿Ser de Estambul, haber crecido allí le da al escritor un abanico más grande de identidades que en otros lugares?

Lo que otros pueden ver como dificultad yo lo veo como riqueza, como un mar en el que hay que navegar con cierta inteligencia para jugar, salvar obstáculos. Lo he hecho durante los últimos 40 años. En todo este tiempo, Turquía nunca ha sido un lugar tranquilo ni pacífico. Siempre hay escritores y periodistas encarcelados o intimidados y hasta asesinatos en la calle. Todo eso lo llevas contigo, pero tengo mi pluma, y me gusta la vida que llevo. Entre el 2005 y el 2007 yo también fui algo así como un exiliado político que regresé a escondidas. Todavía voy con guardaespaldas cada vez que estoy en mi país. Pero es lo que hay, no diré que es muy cómodo, pero lo llevo como puedo.

“Tengo que ir con cuidado de no ir con cuidado. Al final debo ser yo, con la energía que me sale, tengo que preocuparme de no tener miedo a hablar” 

¿Como novelista, intenta que la ficción supere a la realidad? 

La verdad es que no me importa mucho si una supera a la otra o es al revés. Lo que me interesa es la neblina que hay entre realidad y ficción en la que me pregunto ¿esto pasó de verdad? ¿Lo soñé? ¿Creo que lo soñé y fue de verdad? En realidad lo que más me importa es Estambul, ese lugar donde vine al mundo.

Al inicio de Estambul, ciudad y recuerdos, su autobiografía, habla mucho de esa sensación de tener otro yo en algún lado. ¿Se ha topado con él?

Esta idea de doble también es producto de que te sientes inadecuado, imperfecto en la vida y esperando que un día consigas ser otra persona. Y como turco, yo siempre sentí que era incompleto, que una parte de mí es tradicional e islámica y asiática y otra parte de mí es moderna y europea. Tengo dos espíritus. 

Da un poco la idea de los dos niños idénticos, como los de Príncipe y mendigo, la historia de Mark Twain.

Hay muchos dobles míos en mis novelas. Mi contribución a la teoría de los dobles es que yo tengo uno occidental y otro oriental.

El otro día dijo que no quería que lo tomasen por un diplomático sino por un niño. ¿Qué quiso decir?

Ah, sí. Yo lo que quiero ser es un niño irresponsable que juega con ideas irresponsables, lo que, al final, te lleva a la verdad, y la verdad es siempre irresponsable.