Francisco Ibáñez “Cuando me siento a trabajar me olvido del reuma”

El dibujante barcelonés, de 1936, es un mito de la historieta, padre de personajes como Mortadelo y Filemón, Rompetechos, el botones Sacarino, Pepe Gotera y Otilio, o el vecindario de 13 Rue del Percebe. Al pie del cañón a sus 81 años, celebra el 60.º aniversario de sus desopilantes agentes de la T.I.A. con un álbum en el que viajan a Korea d’Aliba con la misión de neutralizar a un dictador llamado Pxing Pxong.

Sus aficiones.
Antes, dominó y póquer con mis amigos. Ahora que la mayoría están bajo tierra, la lectura.

Su aportación al cómic.
Quizá más acción y dinamismo.

¿Cómo mantiene la motivación?
Yo llego a una firma y saldría corriendo, pero veo a seiscientas personas… Sé que no soy Sara Montiel, pero cosas así me dan fuerzas. Además, Mortadelo no ha dejado de crecer, ¡no conoce la crisis!

En su última obra habla de los achaques de la edad con diversión y filosofía. ¿También en la vida real?
¡Qué remedio! Cuando cada mañana paso por delante de ese cacharro espantoso que llaman espejo, me digo: “Menudo careto tienes”. Pero luego me siento frente al tablero y me olvido del reuma. Con el trabajo se me pasa todo.

¿Ha sido de cuidar la salud?
No, no. Me gusta andar, y solía ir a la piscina. Nada más. Un traumatólogo me dijo una vez que eso del gimnasio era una mamarrachada y me fue de perlas.

En su nuevo  álbum aparecen sosias de Kim Jong-un y de Trump. ¿Le atrajo su carácter bufonesco?
Mire, los utilizo porque son elementos de actualidad. Si no metiera gente y sucesos de hoy en día, me llamarían momificado. Son como lechuguitas frescas.

¿Qué es para usted un buen humorista? 
El que genera una situación graciosa, nada más.

Su humor a base de mamporros y frenesí no siempre se entendió.
Al principio, a veces, me tildaban de bruto o violento, pero mi principal fuente de disfrute fue y sigue siendo coger un momento realista y darle una vuelta disparatada, imposible. 

Algún editor tampoco creyó que su obra pudiera traspasar fronteras.
Uno me dijo que el humor era algo local, así que no tenía sentido vender mis obras en el extranjero. ¡Y luego han sido un éxito en Dinamarca, Francia, Italia…!

Sus obras bebieron de los grandes genios del humor hollywoodiense.
Si ha habido algo que me ha gustado en este mundo ha sido “el celuloide rancio”: Chaplin, Keaton… En sus películas el tema no importaba, sólo que ocurrieran mil cosas: atropello de gags, persecuciones, caídas… Es lo que hago yo, traspasado a las viñetas. 

¿Encuentra divertido el poshumor?
Yo no entiendo de eso, soy del humor de toda la vida. Provengo de la familia de los payasos. ¿Cuándo se ríen los niños en el circo? Cuando el payaso tropieza o recibe una bofetada. Por desgracia, lo que sigue haciéndome reír como un loco es la portada de algunos diarios.

¿Ha incorporado la tecnología?
Utilizo las herramientas de siempre. Sólo cambié la máquina de escribir mecánica por una eléctrica. ¡El día que  un ordenador piense y me haga la historieta completa ya hablaremos!

¿Aceptaría que otro dibujante heredara sus personajes?
¡Claro que sí! Hay muchísimos dibujantes con talento en España. Otra cosa sería encontrar a un guionista a la altura. Generar buenas ideas es el mayor desafío del historietista.

¿Qué consejo le daría a quien quiera dedicarse a este oficio?
Que se dedique a otra cosa. El negocio de las historietas está en las últimas. Y si insiste, que trabaje, trabaje y trabaje. 

¿Tendremos álbum dedicado al Mundial de fútbol de Rusia del 2018?
Ya estoy en ello. Aunque el fútbol nunca me ha importado un pimiento.